Realeza

Las finanzas de la reina por dentro: hasta dónde llegaba la fortuna de Isabel II y cómo se administrará ahora

La monarca fue una administradora diligente de los asuntos empresarios de la familia, pero descartó las innovaciones radicales.

Isabel II fue una de las personas más acaudaladas del mundo, con propiedades que iban desde bienes raíces de primer nivel en el centro de Londres a campos por todo el país, pero su capacidad de lucrar con esos activos, y mucho menos venderlos, era limitada.

Su padre, el rey Jorge VI, decía que la familia real era "la Firma" y un exasesor de la familia calificó a la reina como "una posición no ejecutiva" en lo que se refería a asuntos financieros y empresarios. Pero la posición de la reina era distinta a las de una compañía convencional, y su facultad para actuar como un típico emprendedor, inversor o director empresario estaba fuertemente restringida por la tradición y las leyes.

Ella conservaba la autoridad final respecto de decisiones importantes en una casa real con cerca de 400 empleados, de ingenieros a chefs, y supervisaba el funcionamiento y las remodelaciones de palacios que se cuentan entre los edificios más famosos del mundo. Con todo, en el día a día, muchas de esas decisiones las tomaban una red de cortesanos.

El estilo de administración de la reina estaba guiado de manera inevitable por las demandas específicas de la monarquía constitucional y dio forma a un enfoque gradualista ante los cambios que descartaba las innovaciones radicales.

Una de las preguntas clave que afronta su sucesor, Carlos III, quien como Príncipe de Gales era conocido por ser participativo y por sus ideas firmes sobre el medio ambiente y temas de planificación, es si querrá o estará en condiciones de inaugurar cambios audaces respecto de la forma en que ella manejaba sus tareas.

Isabel II fue una de las personas más acaudaladas del mundo, pero su capacidad de lucrar con esos activos, y mucho menos venderlos, era limitada.

Lo que a menudo suele llamarse, de manera confusa, "la fortuna de la reina", estaba dividida en verdad en una cantidad de sectores altamente regulados, la mayoría de los cuales escapaban a su control directo y ahora pasarán a su sucesor.

Su mayor patrimonio de tierra y propiedades era administrado por la Hacienda de la Corona, que pertenece al monarca reinante "por derecho al trono". La cartera de propiedades por 15.600 millones de libras incluye grandes porciones del centro de Londres, como Regent Street y St James, además de parques y campos fuera de la capital. También le pertenece el lecho marino hasta 12 millas de la costa, cuyo valor repuntó desde 2021 gracias al alquiler lucrativo de los derechos para desarrollar proyectos mar adentro de energía eólica.

El director de la Hacienda de la Corona informa anualmente a la monarca sobre el estado de la cartera, aunque desde 1760 los reyes han permitido que las tierras reales sean administrados en su nombre. Los ingresos excedentes van al Tesoro, que a cambio hace un pago anual fijo al monarca, al principio mediante lo que se conocía como Lista Civil, y desde 2012, mediante la "donación soberana".

Si la reina mantuvo una relación distante con la Hacienda de la Corona, se vinculó de manera más directa con el destino de la donación. En 2016, se acordó que la proporción de los ingresos de la Hacienda de la Corona que se distribuía a la monarca pasara del 15 al 25 por ciento, mayormente para permitir una renovación a 10 años del Palacio de Buckingham por 369 millones de libras.

Reformas clave

Una fuente más directa de ingresos independientes provenía del Ducado de Lancaster, una hacienda que desde 1399 ha pertenecido al monarca reinante. Sus propiedades abarcan 18.248 hectáreas y el valor neto del ducado es de 653 millones de libras. Esos activos incluyen tierras en Cheshire, Lancashire, Staffordshire y Yorkshire, propiedades comerciales -especialmente el Savoy en Londres-, inversiones financieras, casas y derechos mineros y costeros. Las cuentas de la reina, denominadas el "monedero privado", solo se beneficiaban de los ingresos de la hacienda, que en 2021-22 exhibió un superávit neto de 24 millones de libras.

Fue ese ingreso el que en 1990 la reina aceptó que se utilizara para pagar a otros miembros de la familia real. Como parte de la reforma de la Lista Civil, solo ella y, en aquel entonces, el príncipe Felipe y la reina madre, podría recibir dinero directamente del Tesoro. También se anunció que ella pagaría impuestos a los réditos y a las ganancias de capital sobre el Ducado de Lancaster y sobre otras inversiones privadas, aunque el gobierno aceptó que las "cesiones entre soberanos" quedarían exentas del impuesto a la herencia. En consecuencia, el Ducado de Lancaster pasa al sucesor libre de impuestos.

Carlos fue un partidario temprano de la idea de que la familia real debería vivir por fuera de los ingresos de la Hacienda de la Corona. Sin embargo, como príncipe de Gales y duque de Cornualles financió sus actividades privadas y de caridad y las de su familia con ingresos del Ducado de Cornualles, una hacienda privada establecida en 1337 por Eduardo III.

La reina se involucró de cerca en esta fase crítica de la reforma de las finanzas de la monarquía. En 1986, un equipo de contadores de Peat Marwick McLintock, los auditores de la reina, dirigido por Michael Peat, había revisado el estado de la casa real. Su informe revolucionó las finanzas reales.

Las recomendaciones -188 en total en un informe de 1200 páginas- mejoraron la eficiencia y redujeron costos. En su biografía, La reina, Ben Pimlott señaló que la intervención de la monarca fue "pequeña pero notable" (se asegura que preguntó: "¿Por qué tengo tantos pajes?"). Los cambios la mantuvieron a ella y a la familia en buen nivel cuando en los años 90 la muerte, los divorcios y los escándalos enfocaron otra vez la atención pública sobre la manera en que se conducía la monarquía.

Peat, quien se convertiría en uno de los administradores del monedero privado -equivalente al director de finanzas de la Firma- también fue una fuente invaluable de consejos sobre la cartera personal de la monarca. Otro miembro de la casa real recuerda que ella hacía preguntas agudas sobre sus inversiones en startups al comienzo de la burbuja de las puntocom en 2000.

Sus posesiones privadas incluían el palacio de Belmoral.

Sus posesiones privadas también incluían los palacios de Balmoral, en Aberdeenshire, y Sandringham, en Norfolk, la colección de sellos reales (excluyendo los de la Commonwealth que ella recibió y guardó en nombre del país), y sus caballos de carrera, en los que tenía un interés personal, tanto por su rendimiento en las pistas cuanto por su valor como animales reproductores.

Quienes trabajaron con la reina son unánimes respecto de su ética laboral y su eficiencia. "La reina es muy concreta. Le envías un memorando y lo devuelve al día siguiente, o ciertamente dentro de las 24 horas", contó un excortesano a Andrew Marr en su libro de 2012 The Real Elizabeth. "No entraba en las pequeñas cosas, pero sí tomaba las decisiones principales", declaró al FT otro exconsejero.

Las decisiones eran cuidadosamente preparadas por cortesanos de alto nivel, quienes acercaban recomendaciones para que ella las aprobara. "No es como cualquier otra organización convencional, en la que las órdenes descienden desde arriba", aclaró un exasesor de la familia real, que habló de una "toma de decisiones por ósmosis".

Lord Robin Janvrin, secretario privado de la reina entre 1999 y 2007, expresó: "Diría que su acercamiento a cada punto era el de un ‘implacable sentido común'. Claro que aceptaba muchos de los consejos que recibía, pero si no eran sensatos desde luego que se daba cuenta".

Intervenciones prudentes

Aunque la reina siempre decidía las actividades a las que asistía, era harto consciente del poder de su cargo y de la necesidad de calibrar con cuidado cualquier otra intervención, en particular en temas financieros o empresarios.

A menudo una mera consulta del Palacio de Buckingham bastaba para afectar una decisión. Según un funcionario de la corte, cuando en los años 2000 la Hacienda de la Corona quiso vender un bloque de viviendas económicas, los moradores preocupados protestaron ante la reina. Dos consultas cuidadosamente redactadas de la monarca impulsaron a la hacienda a venderlas con descuento a un propietario adecuado. En otras ocasiones dejó en claro su rechazo a permitir que el Ducado de Lancaster se desprendiera de tierras agrícolas que había poseído desde el siglo XIV. "Si fueron buenas para Juan de Gante (duque de Lancaster desde 1362), también serán buenas para mí", manifestó.

La pregunta es si Carlos III estará en condiciones de inaugurar cambios audaces respecto de la forma en que ella manejaba sus tareas.

Como príncipe de Gales y duque de Cornualles, su hijo Carlos demostró un método más intervencionista. Encabezó en persona el Consejo del Príncipe, el directorio del Ducado de Cornualles, que en el informe de 2022 registraba activos netos por 1050 millones de libras y un superávit de 23 millones de libras. La cartera incluye gran parte de las islas Sorlingas, amplias porciones de Dartmoor y el predio de cricket The Oval, en Londres.

También fue un gerente activo de la hacienda, acostumbrado a reunirse en persona con sus moradores, y se ganó el apodo afectuoso de "el jefe" de parte del personal, señala un documental de ITV de 2019. Un empleado de ducado habló de una ética similar a la de su madre, según la cual Carlos devolvía en pocos días con notas manuscritas los documentos que le entregaban.

"La participación personal y el toque personal y la comprensión de las familias y las vidas de las personas es lo que importa en cuanto a la administración", declaró Carlos en el programa.

El Ducado de Cornualles pasa ahora a su heredero, el príncipe Guillermo. Carlos preparó a su hijo para asumir el gobierno de una hacienda de 52.450 hectáreas, que incluye tierras y propiedades, mayormente en el sudoeste de Inglaterra, para que no se repitiera lo que llamó el "bautismo de fuego" que vivió al asumir el ducado en 1969 con apenas 21 años.

Desafíos para el rey

Transferir un estilo de conducción más activo a su nuevo papel será difícil. Como "jefe" de la Firma, el rey afronta más limitaciones sobre sus instintos intervencionistas, y así lo ha reconocido. En 2018 Carlos declaró a la BBC que como soberano tendría que "operar dentro de los parámetros constitucionales". Ante la pregunta de si siendo rey continuaría con sus campañas públicas, su respuesta fue que "no soy estúpido. Me doy cuenta de que ser soberano es un ejercicio distinto".

La reina también ejerció el liderazgo como jefa de la familia, otro papel heredado por Carlos. Durante las reuniones de verano en Balmoral o en Navidad en Sandringham, ella era la encargada de fijar el tono general de la conversación.

Para Carlos III, transferir un estilo de conducción más activo a su nuevo papel será difícil.

En un momento crítico en su reinado, supervisó los intentos de adoptar una visión más formal y estratégica del futuro, guiada y asistida por su esposo, quien tuvo un papel activo en los asuntos familiares hasta su muerte en 2021. Después del "annus horribilis" de 1992 -que estuvo señalado por los problemas maritales de tres de sus cuatro hijos y un devastador incendio en el castillo de Windsor-, la reina fue alentada a crear lo que se conoció como el "Grupo para Salir Adelante", formado por miembros centrales de la familia y funcionarios de alto rango. El grupo se reunió de manera regular hasta 2005 para abordar asuntos de largo alcance, desde el tamaño de la familia real oficial hasta el papel de la reina como jefa de la Iglesia de Inglaterra. A medida que envejecía, fue haciendo más espacio para que Carlos, Guillermo y los miembro más jóvenes de la familia se encargaran de algunas de sus funciones públicas.

Por haber sido la jefa de Estado en el período en que las empresas británicas modernizaron su administración y marketing, la reina era consciente de la necesidad de ajustar y pulir la "marca" de la familia real.

Esa marca volvió a sentir la presión al final de su reinado, cuando el espíritu de renovación que había anunciado el casamiento en 2018 de Meghan Markle y el príncipe Enrique se desintegró en enconos y acusaciones públicas. La exitosa celebración del jubileo de platino en 2022 puso de manifiesto hasta dónde la reputación de la familia dependía de la dedicación y el sentido del deber de la monarca.

Excortesanos hablan de la estrategia del "tarro de Marmite" para definir la evolución de la imagen de la monarquía durante el reinado de Isabel II, una referencia al cambio imperceptible en el diseño del envase de ese producto, que se ejecutó con tanta lentitud que los fanáticos ni siquiera se dieron cuenta de que había ocurrido.

"Ella nunca habría hecho nada buscando un beneficio rápido y de corto plazo", aseguró Sir Alan Reid, administrador del monedero privado entre 2002 y 2017, y ahora titular del consejo del Ducado de Lancaster. Y aun así no se opuso a cambios que tenían sentido y a menudo desautorizó a cortesanos que suponían que se resistiría a la modernización.

Refiriéndose a uno de los más famosos cambios de marca de su tiempo, una persona que trabajó de cerca con la reina dijo que ella era consciente de la necesidad de cambiar, "pero no queremos (crear) la ‘Nueva Monarquía' como si fuera el ‘Nuevo Laborismo'". Según este funcionario, su método de conservar y hacer avanzar la Firma era similar al del príncipe en El gatopardo, la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa: "Hace falta que algo cambie para que todo siga igual". Ahora le toca a otra generación conducida por Carlos III tratar con los crecientes llamados a acelerar esa transformación. 

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