Biden demuestra que sólo los moderados pueden gobernar desde la izquierda

Los billones de dólares en alivio fiscal, ayuda y planes de obras resultan menos llamativas que la capacidad del presidente norteamericano para proponerlo sin ningún costo político.


Antes era una cifra tan exótica que no tenía una definición consensuada. Ahora es el umbral por debajo del cual Joe Biden apenas se molesta en hablar. Entre los legados más extraños de la pandemia de coronavirus está la normalización, de un día para otro, del "billón".

Los u$s 1,9 billones de alivio fiscal del presidente de EE.UU. se sumaron a los u$s 3,1 billones de ayuda del año pasado. Incluso los u$s 2 billones que quiere destinar a la construcción son sólo la primera parte de un plan de obras de infraestructura que se extenderá durante toda la década. Se espera que la segunda parte, que anunciará esta primavera, alcance de nuevo la cifra de 13 dígitos.

Con los ojos en China, Joe Biden anunció su plan de u$s 2,25 billones para modernizar la economía 

En un punto, estas cifras resultan menos llamativas que la capacidad de Biden para proponerlas sin ningún costo político. Hace más de una década, los republicanos describían al presidente Barack Obama como un despilfarrador por mucho menos. Contra Biden, la misma línea de ataque provoca más risas que aceptación.

El presidente Joe Biden y Janet Yellen, la secretaria del Tesoro de Estados Unidos

Para los progresistas preocupados esto deja una lección en Westminster, París, Berlín, Canberra y más lejos también. Sólo un moderado respetado puede ganar desde la izquierda y luego gobernar desde ahí.

Cuanto más aparentemente inofensivo es un líder, más audaces serán los planes que podrá introducir al amparo de su afabilidad superficial. Los periodistas nunca los ven venir. Los votantes los respaldan para que no se extralimiten. Los opositores que alegan extremismo irradian una histeria impropia.

En todo caso, Biden es uno de los ejemplos menos vivo de este fenómeno. Todos los grandes reformistas estadounidenses del siglo pasado se destacaron por haber hecho lo que nadie esperaba.

Franklin Delano Roosevelt: un sangre azul que heredó en lugar de elegir su afiliación al partido demócrata. (Franklin "De-La-No", como lo conocía Huey Long, un fanático que se cansó de su cautela). Lyndon Johnson: amigo de la intransigencia sureña hasta que, en materia de derechos civiles, dejó de serlo.

Los presidentes John F. Kennedy y Obama tenían la juventud y la grandilocuencia de su lado. Eran los agentes del cambio más evidentes. Pero el precio de esa obviedad fue que el país los vigiló desde el principio.

Podían inspirar, pero Biden puede hacer algo incomparablemente más útil. A fuerza de edad y de historial de votación, puede desarmarse. Nadie espera que su administración sea audaz.

Molesta a los progresistas que la inversa de esta regla no sea del todo válida. La derecha no necesita presentar a un moderado tranquilizador para ganar votantes y, a partir de ahí, promulgar su credo. Es difícil pensar en un Ronald Reagan demócrata, que durante mucho tiempo telegrafió su conservadurismo, lo puso en práctica y luego vio cómo un heredero más o menos a su imagen y semejanza tomaba el poder.

Donald Trump es otro que hizo una campaña tan mordaz como lo fue su gobierno. De hecho, cinco años después del auge mundial de los populistas, llama la atención la escasez de populistas de izquierda en el poder.

Los votantes no parecen castigar el entusiasmo por igual. La izquierda puede enfurecerse ante la injusticia, o puede aceptar que sus ideas están mejor representadas por líderes que parecen creer menos en ellas.

Si todo esto hace que la política parezca un asunto irremediablemente superficial, bueno, odio tener que decírselo. La medida en que incluso los votantes informados se guían por las características externas de los líderes se mantiene en el tiempo.

Desear la superficialidad de la política es en sí mismo una frivolidad. La cuestión es inclinarla a favor de uno mismo. Conscientemente o no, Biden está dando una clase magistral. Nunca lo sabremos, pero sospecho que está gastando más de lo que un presidente Bernie Sanders o una presidenta Elizabeth Warren podrían haber gastado como izquierdistas declarados.

Corresponde a los republicanos describir a un antiguo reformista de la asistencia social de 78 años y partidario de la guerra de Irak de Delaware como una amenaza roja. No son ni las pruebas ni la lógica lo que falta en su argumento: piensen en todos esos billones de dólares. Es una verosimilitud superficial.

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