

A la hora de elegir una cocina, una de las dudas frecuentes suele surgir por la elección entre una placa de inducción, una vitrocerámica convencional o una cocina de gas. Si bien todas permiten realizar las mismas tareas básicas, su funcionamiento y consumo son diferentes.
Según explica la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), las placas de inducción son más rápidas y eficientes que las vitrocerámicas tradicionales. Por su parte, el gas puede resultar más económico por el coste de la energía, aunque presenta otras exigencias relacionadas con la limpieza, la instalación y la seguridad.
Qué sistema consume menos
Entre las alternativas que funcionan con electricidad, la inducción es la más eficiente. A diferencia de una vitrocerámica convencional, que utiliza resistencias para calentar el cristal primero y luego el recipiente, la inducción genera un campo magnético que actúa directamente sobre la olla o sartén.
De acuerdo con la OCU, aproximadamente el 75% de la energía utilizada por una placa de inducción se transforma en calor. Además, estas placas pueden consumir entre un 20% y un 40% menos de electricidad que una vitrocerámica tradicional.

En cambio, la vitrocerámica tradicional necesita calentar las resistencias situadas debajo del cristal antes de transmitir esa temperatura al recipiente. Esto vuelve al proceso más lento y hace que parte de la energía se pierda calentando la superficie.
Por el contrario, la OCU señala que el gas suele ser más barato que la electricidad, por lo que cocinar con este sistema puede tener un menor coste energético. Sin embargo, el gasto final dependerá de la tarifa contratada y si de la vivienda ya dispone de suministro e instalación de gas.
Cuáles son las ventajas y desventajas de una placa de inducción
La inducción tiene como principal ventaja la posibilidad de calentar rápidamente los alimentos, además de que consume menos electricidad que una vitrocerámica convencional.
También, suele ser más fácil de limpiar. Como el sistema calienta directamente el recipiente y la superficie alcanza una temperatura menor que una vitrocerámica tradicional, los restos de comida y líquidos derramados tienen menos posibilidades de quedar quemados sobre el cristal.
Además, la OCU destaca la seguridad de la inducción. Esto se debe a que no existe una llama y las placas se apagan cuando se retira el recipiente. Además, la superficie puede conservar calor transmitido por la propia cazuela o sartén, pero alcanza temperaturas inferiores a la de una vitrocerámica convencional.
Sin embargo, la inducción tiene dos inconvenientes. Por un lado, el precio suele ser superior. Por otro, se necesitan recipientes compatibles que incorporen una base ferromagnética, como determinados utensilios de hierro o acero.

Qué se debe de tener en cuenta antes de elegir un sistema u otro
Las vitrocerámicas tienen a favor el precio inicial inferior al de las placas de inducción, además de que permiten usar recipientes de distintos materiales. Como contrapartida, tardan más en alcanzar la temperatura deseada y en enfriarse.
Por su parte, la cocina de gas permite utilizar cualquier olla o sartén y brinda una respuesta rápida a los cambios de potencia, aunque requieren una conexión a la red de gas o disponer de bombonas y son más difíciles de limpiar. Además, al funcionar mediante una llama hay mayor riesgo potencial de incendios que en los sistemas eléctricos.
Antes de decidir, también es importante comprobar la potencia eléctrica contratada si se elige una placa eléctrica. Según la OCU, una placa de inducción con tres zonas puede rondar en conjunto los 7000 W de potencia máxima, aunque alcanzar esa cifra requeriría utilizar simultáneamente todas las zonas a máxima potencia.












