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Se suele decir que la historia sirve para no repetir errores. Lucio Victorio Mansilla, general y escritor argentino del siglo 19, escribió otra cosa: “El pasado no prueba nada. Puede servir de ejemplo, de enseñanza no”. La frase sigue vigente para quien lee hoy a los clásicos.

En España y en otros países hubo militares que fueron también gobernantes, filósofos, escritores y poetas. En la Argentina, que a mediados del siglo 19 transitaba sus primeros años de independencia de la tutela española, ese perfil lo encarnó Mansilla, autor de Los siete platos de arroz con leche y Una excursión a los indios ranqueles. Un militar que, como otros en España, también escribió, y cuya frase todavía invita a pensar cómo leemos el pasado.

Un collage de las tapas de distintas ediciones del libro Una excursión a los indios ranqueles.
Un collage de las tapas de distintas ediciones del libro Una excursión a los indios ranqueles.

¿Quién fue Lucio V. Mansilla y por qué fue importante en la historia argentina?

Mansilla fue un general de división del Ejército argentino, que también se destacó como periodista, escritor, político y diplomático. Fue gobernador del Territorio Nacional del Gran Chaco entre 1878 y 1879. Como si esto fuera poco, era sobrino del conocido Juan Manuel de Rosas, que gobernó la naciente Confederación Argentina con mano de hierro entre 1835 y 1852 y a quien muchos llamaron dictador.

Nació el 23 de diciembre de 1831, y fue primogénito del coronel federal Lucio Norberto Mansilla, héroe de la batalla de la Vuelta de Obligado -en la cual la Argentina se defendió de una invasión naval inglesa y francesa-, y de Agustina Ortiz de Rozas, décima y última hermana de Juan Manuel de Rosas. Además, su hermana fue la conocida escritora y periodista Eduarda Mansilla.

De joven recorrió la India, Egipto y otros lugares de Oriente. Su padre lo envió en una misión comercial, pero también quería alejarlo de una Buenos Aires siempre compleja, tras el escándalo de un noviazgo fuera de su clase social que terminó en un intento de fuga desbaratado. Según el historiador Enrique Popolizio, fue el primer argentino en escalar los picos menores del Himalaya.

Apenas volvió, tuvo que irse nuevamente, esta vez a Europa, junto a su padre y su hermano, a raíz del derrocamiento de su tío en 1852. Cuando regresó, se casó con su prima Catalina y fue extraditado de Buenos Aires -separada entonces del resto de la Confederación Argentina- luego de retar a duelo al escritor José Mármol por el honor de su familia, etiquetada como rosista. Ejerció el periodismo político y, una vez reunido el país, fue diputado en la Convención Constituyente de 1860.

Más adelante, intervino en la Guerra del Paraguay y, finalmente, en 1870, hizo su famosa excursión al territorio ranquel donde conoció a los caciques Mariano Rosas, Ramón Cabral y Baigorrita. Tras la experiencia, escribió una serie de cartas, publicadas en el diario porteño La Tribuna como folletín y luego editadas en formato de libro. Este relato, como ya se dijo, constituye su obra literaria más conocida, Una excursión a los indios ranqueles, un clásico de las letras argentinas.

Tras varios cargos políticos y misiones diplomáticas, murió en París en 1913, dejando una prolífica obra literaria e histórica que sigue resonando en las letras y la historia de su país de origen.

El significado de la frase de Mansilla “El pasado no prueba nada. Puede servir de ejemplo, de enseñanza no”

Mansilla escribió la frase en cuestión en medio de un relato que puede parecer fantástico: el de un soldado que volvió de la muerte después de ser dejado detrás de las líneas enemigas, durante la Guerra del Paraguay. Un poco antes, Mansilla señala que “los abismos entre el mundo real y el mundo imaginario no son tan profundos” y que “las ideas son precursoras de los hechos”, hasta que finalmente se dice a sí mismo que tiene que dejar la pedantería y volver al relato del soldado.

Mansilla no explica la frase, pero puede leerse como una distinción entre ejemplo y enseñanza. El ejemplo muestra que algo sucedió; la enseñanza pretende que sirva de regla para lo que vendrá. Desde esa lectura, lo que pasó ilustra, pero no demuestra ni anticipa.

Su modo de escribir, algo desordenado, con un tono muy parecido al relato oral, es lo que hace atractivos los escritos de Mansilla en el siglo 21. Nos permite acercarnos a una época pasada y descubrir que los impulsos humanos, la necesidad de explicarnos ante nosotros mismos y la visión de la historia que tenemos no han cambiado tanto con el paso de las décadas y los siglos.

Leemos historias reales y de ficción como una forma de armar mentalmente el mundo para comprenderlo, pero no como una prueba judicial imposible de modificar. El mundo no es inmutable, y lo que pasó no es indicativo de lo que pasará, aunque el pasado nos sirva de ejemplo.