Massa vs Milei

Un balotaje sin precedentes para la Argentina: quién ganó en siete duelos similares en Latinoamérica

No es la primera vez que la región se enfrenta a una elección con estas características, donde una opción que impulsa la ruptura de consensos democráticos llega competitiva y con chances reales de conquistar el poder, a una instancia definitoria

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No es la primera vez que Latinoamérica se enfrenta a un balotaje con estas características, con una fuerza de posturas extremas que llega competitiva y con chances reales de conquistar el poder, a una instancia definitoria. Pero sí es el primer desafío de este tipo para la Argentina en sus jóvenes 40 años de democracia. En siete oportunidades, la región fue testigo de batallas similares y solo una vez perdió.

Por eso este 19 de noviembre de 2023 ya entró en los libros de historia de nuestro país. Y el resultado del voto de millones de argentinos y argentinas que concurran hoy a las urnas determinará cómo se recordará esta fecha en los años por venir, por nosotros y nosotras como por las próximas generaciones. Tal es la importancia de lo que hoy se pone en juego.

Desde 2011 hasta acá, las expresiones extremas que alientan el quiebre de pactos y consensos democráticos con discursos y propuestas rupturistas han alcanzado siete veces la instancia definitoria de segunda vuelta en Latinoamérica. Solo ganaron una vez: en Brasil, en 2018, para perder en un ajustado margen al plebiscitarse cuatro años más tarde.

Todas esas expresiones tienen un común denominador: se alimentan de las frustraciones y un enojo genuino, tornan la insatisfacción de los sectores populares por años y décadas de promesas incumplidas contra aquellas fuerzas que históricamente las representaron y las movilizan para defender intereses ajenos a su clase

Bajo consignas como "secar el pantano de Washington", "barrer del mapa a los rojos" o "terminar con la casta", apelan a los instintos primarios con soluciones demagógicas. Y cuando pierden, construyen la épica de su derrota alentando los fantasmas del fraude que ningún tribunal electoral convalidó. Tampoco aquí en la Argentina donde la Justicia citó a los apoderados de La Libertad Avanza, principales responsables de promover esas versiones, y no pudieron sostener con pruebas sus acusaciones.

Donald Trump solo reconoció su derrota del 3 de noviembre de 2020 poco más de dos meses después de perder en las urnas y cuando el Capitolio ya estaba manchado con la sangre de sus seguidores y seguidoras que intentaron tomarlo para suspender la sesión que consagraba a la fórmula ganadora Biden-Harris. El entonces vicepresidente Mike Pence se había diferenciado de Trump y su aval a la teoría de la conspiración electoral y se negó a boicotearla.

El mandatario Jair Bolsonaro demoró solo dos días durante los cuales las rutas de Brasil se bloquearon con camiones y partidarios del brasileño denunciando el robo de la elección. Diversos sectores brasileños, económicos y sociales, exhortaron al Presidente derrotado a deponer su actitud que amenazaba con calentar más el clima polarizado en el país de la alegría. 

Así y todo, Bolsonaro activó la transición sin dejar de sembrar dudas por las "injusticias" contra sus votantes. Igual que Trump. Ambos quebraron, con su salida, el pacto más sagrado de la democracia: el reconocimiento del resultado por parte del perdedor, sobre el que se asienta la legitimidad del ganador de la elección y el consenso que es la base de la competencia democrática a partir de un proceso plural, justo y transparente. Con todos esos antecedentes, es sugestivo que Milei se referencie en estos dos expresidentes y siga estrategias similares.


La ruptura de los pactos políticos de la democracia

Esta última semana, el politólogo Steven Levitsky -coautor del libro "Cómo mueren las democracias" con Daniel Ziblatt-, grabó un mensaje que Fundar circuló a través de las redes sociales. Allí el académico de Harvard puso el foco en otro pacto que está en riesgo en la Argentina y que no es menor.

Remarcó que 40 años de sucesión ininterrumpida no deben menospreciarse a la hora de valorar la historia de la democracia sin que ello reste importancia a los problemas económicos y sociales que afectan a gran parte de la sociedad, con niveles de inflación y pobreza que no pueden continuar. 

El consenso forjado en torno a la valoración de los DD.HH. y la no intervención de los militares en la política es uno de los pilares sobre los que se asienta la continuidad pacífica de las cuatro décadas. Este consenso es el que se puede romper, advierte Levitsky, entre otros pactos que parecían sellados en la Argentina como el fin de la violencia política.

"Por primera vez estamos viendo el ascenso de políticos que no comparten el consenso en torno al 'Nunca Más', que le restan importancia al accionar de las dictaduras pasadas, y cuyo discurso hace eco del de los años setenta. En palabras del gran politólogo argentino Guillermo O'Donnell: 'Con la democracia no se jode'. Para garantizar un futuro democrático no podemos olvidar las lecciones del pasado", previno.

La Argentina solo había resuelto su Presidencia en una ocasión por balotaje: fue en 2015, cuando Mauricio Macri se impuso al candidato del Frente de Todos, Daniel Scioli, en unos comicios que se definieron por un cerrado desenlace, por unos 600 mil votos de diferencia. Aggiornado ya su histórico bipartidismo al formato de las coaliciones, quienes llegaron al duelo final fueron representantes de las dos grandes frentes en los que se habían abroquelado los partidos tradicionales. Ninguno de los dos puso en duda el pacto democrático, ni antes ni después de la elección.

Quizás por ello se dio, en esta oportunidad, la reacción encolumnada de tantos sectores ubicados en polos opuestos del arco ideológico democrático, en torno al candidato de Unión por la Patria, Sergio Massa,  otro rasgo llamativo de estos comicios que no tiene precedentes en la Argentina. Desde varios empresarios, como Teddy Karagozian y  Marcelo Figueiras (Richmmond), se pronunciaron a favor de Massa hasta diversos fandoms -los sweefties, los rolling, los otakus y hasta los fanáticos de Harry Potter-, incluso dirigentes políticos de todos los colores, aún de aquellos partidos aliados con el candidato rival, hicieron lo propio. 

Todo esto que resulta tan novedoso para la Argentina, no obstante, tiene sus precedentes en la región donde fuerzas y candidatos con discursos extremos llegaron a la instancia del balotaje siete veces durante los últimos 12 años.


Cuántas veces las fuerzas extremas llegaron al balotaje

La primera vez que una fuerza de extrema derecha llegó al balotaje en la última década latinoamericana lo hizo de la mano de un partido tradicional, Fuerza Popular, en Perú. Keiko Fujimori, heredera del mandatario que quebró el orden constitucional en su país durante su mandato, levantaba gran parte de las banderas de su padre, quien terminó prófugo de la Justicia en Japón y más tarde condenado por violaciones de los derechos humanos. 

Entonces, la reacción democrática encolumnó a personajes tan disímiles como Ollanta Humala y el escritor Mario Vargas Llosa para frenar el retorno del fujimorismo al poder. La elección se resolvió por el 51,4% contra el 48,5% a favor de Humala. Pero Fujimori volvería a quedar en instancia de balotaje en otras dos oportunidades más: en 2016, contra Pedro Pablo Kuczynski y en 2021, contra Pedro Castillo. 

En ambas oportunidades, ella y sus aliados se estacionarían en el 49,8% aunque nominalmente su caudal de votos en segunda vuelta trepó en un millón a lo largo de esos diez años. Un dato llamativo en un sistema frágil como el peruano es que las posiciones más conservadoras se fragmentaron a la par del resto del universo político al punto que, en los últimos comicios presidenciales, la oferta de candidatos y candidatas a la Jefatura de Estado llegó a 13 opciones. 

Ni Fujimori ni Castillo alcanzaron, individualmente, el 20% de los votos en la primera ronda, dato que describe un escenario de múltiple dispersión electoral. Y en el balotaje, también Fujimori apeló a las denuncias de fraude que la Justicia no convalidó, en lo que la prensa catalogó como "trumpismo andino". 

Castillo finalmente se consagró pero con una base tan endeble que lo llevó a cometer errores políticos -el último de ellos incluso de naturaleza inconstitucional- y no tardó en sumarse a la extensa lista de mandatarios destituidos -o que renunciaron para evitar su suerte- por parte de un Congreso en manos del fujimorismo y sus aliados.

El ascenso al poder de Donald Trump en los Estados Unidos marcó el crecimiento en Latinoamérica de dirigentes de discursos extremos y disruptivos a su imagen, cuyas carreras dieron un salto inesperado desde las márgenes del sistema democrático apalancados en el fracaso de las fuerzas conservadoras tradicionales

José Antonio Kast, en Chile; Bolsonaro, en Brasil y Rodolfo Hernández, en Colombia, con sus matices, se enmarcan en un mismo fenómeno: el de la debilidad de la democracia a la hora de corregir las desigualdades del sistema y dar respuestas a sus sociedades.

De ellos, solo Bolsonaro pudo ganar en 2018, con su rival más competitivo en prisión. La primera vuelta lo dejó al borde de la victoria, con el 46% de los votos frente al 29,2% de Fernando Haddad, en la peor elección del PT desde que 1998, año en el Lula da Silva perdió con Fernando Henrique Cardoso. El balotaje se definió por el 55% (57 millones de votos) contra el 44,8% (47 millones) del exministro de Lula da Silva. 

Cuatro años después, en 2022, la primera vuelta quedó tan polarizada entre las dos coaliciones, que la batalla entre Bolsonaro y un Lula da Silva reinstaurado por la Justicia se convirtió en un virtual balotaje que terminó 43% a 48,4% a favor del petista. Así y todo hubo segunda vuelta porque ninguno había superado el 50%. Y esa instancia obligó al líder metalúrgico a ampliar todavía más su diseño de unidad nacional y realizar la mejor elección de su vida y de la historia del PT para vencer a Bolsonaro por solo dos millones de votos de diferencia, 50,9% (60 millones) a 49,1% (58 millones). 

De vicepresidente de Lula, en 2022, fue el socialdemócrata paulista Geraldo Alckmin, el gran rival de 2006 frente al cual el dirigente sindical había registrado hasta entonces su mejor performance en votos para vencer en segunda vuelta. La posibilidad de un nuevo turno de Bolsonaro en el poder contribuyó a forjar esa alianza a la que se sumaron otras fuerzas de centro y hasta de cuño conservador.

En Chile el resultado fue mucho más holgado, con la particularidad que tanto Kast como Gabriel Boric se catapultaron a la segunda vuelta electoral en 2021 sobre la erosión de las fuerzas tradicionales y sus candidatos y candidatas. Ambos significaron el fin de una era de dominio político entre la Concertación y la centroderecha agrupada en torno a Renovación Nacional y la UDI. 

El duelo se saldó con un 55,8% de los votos a favor de Boric frente al 44,1% de Kast. Así y todo, la polarización, las presiones de sectores conservadores y los errores no forzados en la gestión del joven Presidente determinaron el fracaso, en gran medida, de su principal bandera política: la gestación de una nueva Constitución por el voto de la misma sociedad que lo había llevado al poder con esa consigna un año antes. Ahora el proceso se reformuló y avanza en sus instancias finales con una Constitución que el progresismo andino denuncia por mostrar más regresiones en derechos que la Carta Magna vigente.

Por último, Colombia, en 2022, también definió su Presidencia en un balotaje cerrado que dio el triunfo al primer presidente catalogado como de izquierda en ese país: Gustavo Petro. El exalcalde de Bogotá debió moderar gran parte de su perfil para crear un amplio consenso que frenó al exalcalde de Bucaramanga de posturas misóginas y discurso xenófobo, Rodolfo Hernández, por apenas 800 mil votos de diferencia: 50% (11,2 millones) a 47,3% (10,6 millones).

Dicho consenso, no obstante, no se tradujo luego en un acompañamiento duradero en la gestión, en particular en el plano legislativo, lo que puso en peligro gran parte de las promesas de reformas profundas de Petro, a nivel económico y social. Un llamado de atención sobre la fragilidad de las democracias latinoamericanas y la necesidad de que los pactos políticos no se agoten en las noches electorales sino que se traduzcan en cambios concretos para las sociedades.

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