

Durante los tres períodos de gobierno del kirchnerismo hubo decisiones económicas que marcaron los tiempos. La gestión de Néstor Kirchner (2003-2007) tuvo un hito en la reestructuración de la gigantesca deuda en default (en 2005) y el pago al FMI (2006). El primer mandato de Cristina Fernández (2007-2011) estuvo signado por otro hecho clave: la estatización del sistema previsional, mediante la eliminación de las AFJP (en 2008). La renacionalización de YPF será sin dudas otro punto de inflexión en la historia económica argentina, y está llamada a erigirse como el símbolo el segundo período presidencial de CFK.
La historia no se repite, pero tampoco es inconexa. Nadie puede aventurar el futuro de la nueva YPF. Pero vale la pena repasar en perspectiva cómo le fue al kirchnerismo con las otras decisiones cruciales que tomó sobre la economía.
En siete años que transcurrieron desde la reestructuración de la deuda en default, la relación deuda/PBI pasó de representar el 126% al 24% (neta de deuda intraestatal). Ello acarreó un considerable oxígeno para las arcas públicas, bajo la forma de menores pagos de vencimientos de deuda, y contribuyó a cimentar el proceso de crecimiento sostenido de los últimos nueve años.
Pero no se reflejó en plenitud en los índices que marcan el costo del endeudamiento del Estado, y por lo tanto tampoco benefició de manera significativa el flujo de crédito hacia las empresas privadas del país. De hecho, pese a presentar mejores indicadores económicos (fundamentals, en la jerga de los economistas), el riesgo país de Argentina sigue ampliamente por arriba del de naciones como Ecuador, Rusia, Turquía, Ucrania e inclusive Venezuela. Ni hablar de países como Brasil o Uruguay.
En 2008 el kirchnerismo tomó otra decisión trascendental: la estatización del sistema previsional. La tasa de personas con cobertura previsional pasó en cuatro años de 77% a casi 90%. Se lanzó la Asignación Universal por Hijo y el Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS) de la ANSeS que heredó los activos de las AFJP duplicó su valor (pasó de $ 98.000 millones a $ 200.000 millones) en cuatro años. Aunque el organismo no deja de estar exento de las presiones para financiar los crecientes baches financieros del Tesoro.
¿Qué lecciones nos dejan estos dos casos? Que el kirchnerismo no duda en tomar decisiones cuando lo considera necesario y que, bajo determinadas condiciones, tiene capacidad para gestionar con eficiencia. Aunque no es una regla, porque del otro lado se pueden citar los ejemplos de Enarsa o Aerolíneas Argentinas.
Paradójicamente, la estatización de YPF es el testimonio más claro del fracaso de Enarsa, empresa para la cual se gastaron miles de millones de pesos, creada en 2004 por Néstor Kirchner para funcionar como caso testigo del sector energético.
Aerolíneas Argentinas, en tanto, ha sido el ejemplo más citado frente a la estatización de YPF. Pero es tal vez el menos comparable. Por dos motivos. Primero, la designación de Miguel Galuccio (un especialista en la materia, sin trayectoria política activa) muestra una asimetría evidente respecto a la cúpula de Aerolíneas, encabezada por Mariano Recalde (sin conocimientos previos en el mercado aerocomercial, más allá de su militancia política). Segundo, a diferencia del mercado aerocomercial (que da pérdidas en todas partes del mundo, hasta en los países donde se gestiona eficientemente), la explotación petrolera arroja jugosos beneficios desde EE.UU. hasta China. David Rockefeller decía que el mejor negocio del mundo es un pozo petrolero bien administrado. Y el segundo mejor negocio, un pozo petrolero mal administrado. Sería una rareza que el kirchnerismo no lo logre.
Pero Aerolíneas e YPF sí tienen algo en común. Ambas fueron vaciadas por malas gestiones privadas. Aunque mientras a Aerolíneas se la estatiza para (intentar) evitar un agujero fiscal mayor, a YPF (que reditúa con jugosas ganancias) se la nacionaliza porque se había convertido en un problema mayúsculo para la economía argentina. Por dos motivos: los crecientes subsidios que demanda el sector energético, que deteriora el resultado fiscal del país, y las también crecientes importaciones que demanda, lo que atenta contra el superávit comercial. Es decir, al Gobierno hoy le faltan dólares y pesos (genuinos, no emitidos por el BCRA) para comprar esos dólares. YPF se había convertido en un limitante en ambos casos.
Pero el problema no es YPF, sino el sistema energético en su conjunto. Estatizar YPF (el 30% del mercado) no soluciona todo. La apuesta es transformar la compañía en un benchmark (caso testigo, de referencia) del mercado. Y eso redobla la responsabilidad del Gobierno en esta gestión. Porque no se trata de si es pública o privada, sino de gestionar eficientemente recursos que, en definitiva, son de todos los argentinos.













