Fue un verano más complicado en lo económico de lo que se prevía. La inflación no dio respiro y tuvo un pico en marzo cuando llegó al 3,4% mensual. La actividad económica, que había subido fuertemente en diciembre, sufrió una caída del 2,6% en febrero. El riesgo país, que venía bajando después de las elecciones de octubre para consolidarse bien por debajo de los 500 puntos, sufrió un revés con la guerra en Irán y volvió a los 600 puntos. Reinaba un clima enrarecido, que se complicaba por internas en el Gobierno.

Sin embargo, de a poco la situación ha ido cambiando y pareciera que ese famoso “lo peor ya pasó”, que tantas veces se ha mencionado, esta vez tiene visos de que se haga realidad. Vale la pena hacer un breve repaso de las razones que pueden explicar el verano caliente y el otoño templado. Lejos estamos de una euforia, pero si cerca de una economía que muy gradualmente comienza a mejorar.

En gran parte, los problemas que se vivieron en el verano fueron una consecuencia de las presiones cambiarias que generó el año electoral y las políticas que se implementaron para contenerlas. Queda claro que en ese momento el Gobierno apostó a que el dólar no se disparara, lo que le impuso costos a la economía, aunque sin duda le ayudó al gobierno a ganar las elecciones de medio término,

Un costo fue el aumento de la inflación que tuvo su pico en el verano, en el que influyo el aumento del tipo de cambio a partir de la adopción de la banda cambiaria. El tipo de cambio se depreció casi un 35% entre abril, cuando se adopta la banda cambiaria, y octubre, cuando llega brevemente a su techo antes de las elecciones. Sin embargo, el traspaso a precios fue mínimo. Lo que ocurrió fue que ese traspaso se fue dando más lentamente que el pasado, pero seguramente explica una parte importante de los aumentos en la inflación que vinieron más adelante.

La suba del dólar tras la adopción de la banda cambiaria impulsó la inflación, aunque el traslado a precios fue más lento que en otros períodos.

Es cierto que hubo otros factores que influyeron. El aumento en el precio de la carne impactó entre diciembre y marzo. Y en marzo, cuando la inflación toca un pico de 3,4% influyeron también subas en bienes estacionales, y algunos reacomodamientos de precios y tarifas; a lo que habría que sumarle el efecto de la suba del petróleo por la guerra. Pero también es cierto que la suba del tipo de cambio del año pasado impactó.

La baja en la inflación en abril trajo cierta tranquilidad, y lo que deberíamos esperar es que la inflación vuelva a un camino descendente. Sabemos por la experiencia internacional que no va a ser fácil bajarla muy rápidamente, porque el proceso de reacomodamiento de precios es largo y requiere de muchas iteraciones hasta que se logra un equilibrio que se mantenga en el tiempo.

El segundo impacto fue causado por el apretón monetario y el significativo aumento en las tasas de interés que se implementó para frenar al dólar. Esto, sumado al error que fue dejar a la economía sin una tasa de interés de referencia (con la eliminación de las Lefis) y una política de encajes que dejó al sistema financiero ilíquido, tuvo un efecto negativo directo sobre la actividad económica y el consumo.

El principal impacto es que el sistema financiero frenó el crédito, porque iba a ser muy difícil para los deudores repagarlos con esas tasas de interés excesivamente altas. Lo que no se pudo evitar fue un aumento de la mora, que primero les pegó a las familias, con niveles de morosidad que en algunas entidades llegó al 40% de la cartera, y más recientemente se está viendo con mayor morosidad en la cartera de empresas.

No hay duda de que el apretón monetario de octubre afecta la actividad hoy, porque lleva tiempo hasta que las empresas pueden recomponer su balance (especialmente aquellas que viven del mercado local que hoy está deprimido), mientras otras van quedando en el camino. Eso se complicó porque los salarios reales cayeron con el aumento inesperado en la inflación y por la caída en el empleo.

Sin duda fue un verano difícil, pero en las últimas semanas se empieza a percibir un cambio en el clima económico que hace presumir una leve mejoría.

La inflación bajó en abril al 2,6% y se espera que siga bajando en mayo y junio. La actividad subió 3,5% en marzo comparado con febrero y, aunque los números de abril no son muy promisorios (y puede haber una pequeña caída) muy probablemente se recupere nuevamente en mayo. En realidad, la actividad muestra un serrucho desde noviembre del año pasado, pero con una pendiente levemente positiva.

¿Por qué se puede pensar que lo peor ya pasó? Porque hay un conjunto de variables que muestran un punto de inflexión. Además de las mejoras en la inflación y en el nivel de actividad, vemos que el Banco Central ya ha comprado más de u$s 9000 millones de dólares y sigue comprando y acumulando reservas. Sumado a esto, se ha bajado significativamente la tasa de interés para impulsar el crédito, la actividad y el consumo porque el riesgo país está nuevamente en un camino descendente y le están subiendo la calificación crediticia al país porque hay una cosecha récord, porque las exportaciones están un máximo histórico y varios otros hechos de los que me estoy olvidando.

Pero… Siempre hay un pero. La mejora, aunque real, es todavía gradual y asimétrica. El consumo masivo sigue deprimido, el empleo muestra estancamiento —y en algunos sectores retroceso—, y los salarios reales acumulan una caída que no se recupera de un día para el otro. La confianza en el gobierno, además, ha cedido terreno.

En definitiva, conviven hoy dos economías dentro de una misma: la de los sectores transables —energía, minería, agro, servicios profesionales— traccionan con fuerza, mientras que la construcción, la industria, el comercio, y el consumo siguen sin despegar. Seguramente el otoño va a ser templado, aunque muchos seguirán sintiendo el frío. Esperemos que el próximo verano sea más placentero para todos.