OPINIÓN

Los partidos se adaptan a la exigente demanda social

El esfuerzo de los partidos políticos tradicionales para asumir y administrar la crisis de credibilidad social que los aqueja alcanzó momentos límite durante las jornadas de presentación de candidaturas.

El proceso supero todas las expectativas y plantea algunos interrogantes de fondo acerca del rumbo futuro del sistema de partidos, en la línea de lo que avanzamos en una de nuestras notas anteriores.

En julio ( ver "Las PASO, una prueba de fuerza para las instituciones") ya hemos sugerido la importancia de algunas transformaciones en el sistema de partidos que preanuncian transformaciones mayores que redundaran a su vez en pruebas de fuerza mucho más exigentes de nuestro sistema institucional.

Ideado inicialmente para simplificar el sistema de representación , reducir drásticamente el número de partidos y eliminar partidos y organizaciones artificiales, el sistema de PASO sigue sin cumplir ninguno de esos objetivos. Por el contrario, sus efectos sobre el sistema de partidos parecerían marchar más bien es un sentido exactamente opuesto al esperado. Las nuevas evidencias alucinan. A los 44 partidos nacionales y 654 distritales con personería política reconocida, se sumaron, en las últimas semanas, de forma aluvional, centenares de partidos en formación, consorcios electorales, nombres de fantasía, sellos de goma que, agrupados en alianzas y coaliciones electorales generadas para la ocasión, de generaron a su vez un numero indirecto de alternativas en competencia. La digestión de esta nueva realidad por parte del sistema de administración electoral y de financiamiento de la actividad electoral sorprenderá en poco tiempo una ciudadanía que asiste estupefacta a este nuevo alarde de imaginación creativa de los profesionales de la representación político.

El impacto en la opinión pública ha sido notable. Las candidaturas abarcan desde referentes sociales desde hace ya tiempo presentes en las ofertas electorales de los partidos hasta nuevas figuras, provenientes del mundo académico, el periodismo y la sociedad civil. Los partidos tradicionales han vuelto a mimetizarse en un paisaje social hostil. Se aprestan a desarrollar el reflejo defensivo siciliano, según el cual Se vogliamo che tutto rimanga come e, bisogna che tutto cambi (G. Tomasi di Lampedusa: Il Gattopardo. Ed. 1961. MIlan: Feltrinelli, página 42): "Si queremos que todo siga como siempre, es necesario que todo cambie"

La adaptación de los partidos tradicionales a las nuevas demandas de una sociedad cada vez más exigente e indignada con el desempeño del sistema debe ser visto como una adaptación inteligente a fuerzas que los superan. No es casual en este sentido que las nuevas listas y candidaturas registren un fuerte componente de candidaturas "testimoniales" - expresada por la presencia de gobernadores, intendentes, legisladores y funcionarios-

Las razones de la presión colectiva no escapan a los dirigentes más experimentados. Los dos últimos procesos electorales nacionales alumbraron coaliciones electorales exitosas, que llegaron al poder rodeadas de la confianza y el entusiasmo propio de las grandes renovaciones de época, pero cuyos resultados medidos en términos de acción de gobierno fueron catastróficos. Con mucho menos componente de frustración colectiva, los sistemas de partidos tradicionales de países como México, Brasil, Chile, Perú, Ecuador o Venezuela prácticamente se han volatilizado, abriendo serias incógnitas acerca del futuro de democracias en casi todos los casos ejemplares.

De allí el clima de sospecha con que siete de cada diez argentinos avizora a capacidad del sistema de partidos para cumplir con algunas de las funciones esperadas. Desde hace ya tiempo, parece haberse roto el consenso social inicial en torno a las posibilidades de los partidos para seguir operando como instancias de representación de ideas y propuestas, selección y capacitación de dirigentes, diseño y gestión de políticas públicas y construcción de escenarios de consenso y desarrollo colectivo.

Hasta no hace mucho, nadie hubiera cuestionado la idea de que la democracia exige un sistema de partidos eficiente, capaz de articular demandas sociales, generar consensos superadores y, sobre todo, hacerse cargo de responsabilidades del gobierno. La democracia exige partidos y los partidos exigen más y mejor democracia.

Este consenso parece haberse esfumado y las expectativas acerca del sistema son muy diferentes. Una experiencia de frustraciones y desencantos parecía haber convencido a amplias mayorías de ciudadanos de que las coaliciones políticas capaces de ganar elecciones tropiezan, casi por definición, con dificultades insalvables para traducirse en coaliciones efectivas en el gobierno. Hasta parecería que el tipo de confianza en que se apoya la conducta electoral es muy diferente del tipo de confianza necesaria para aceptar y acompañar el tipo de esfuerzos y sacrificios exigidos por la tarea gubernativa.

Más aún, parecería que tipo de integración social propio de las democracias consolidadas es muy diferente del tipo de integración que desarrollan las democracias todavía en transición. En los periodos de consolidación del sistema tienden a desarrollarse concepciones y conductas individualistas y hasta egoístas, en las que sobran los partidos. En las fases transicionales, los partidos son en cambio esenciales, en la medida en que aportan un tipo de integración e identidad colectiva en la que importan mucho más las ideas, los liderazgos y los propósitos colectivos.

Si esta hipótesis es correcta, la Argentina habría comenzado a marchar hacia un agotamiento del sistema de partidos tal como lo conocimos a partir de la transición iniciada en 1983. Los centenares de partidos que disputaran las próximas elecciones podrían así estar prefigurando un sistema diferente, orientados hacia "presidencialismos de coalición" similares a los de 2015-2019 y 2019-2023 en un esquema en muchos aspectos similar al del Brasil contemporáneo.

El periodo que se abre cobra así un carácter de cierto modo experimental, que podrá a prueba no solo las capacidades de supervivencia y adaptación de la política tradicional. También implicara una seria prueba para la confianza de una sociedad suspicaz, informada y cada vez más exigente.

La dirigencia tradicional ha decidido compartir cargas y responsabilidades con nuevos dirigentes y candidatos. Busca que todo cambie, para que nada cambie. El sistema funciona y es de esperar que a prueba y el error arrojen un balance constructivo que nos devuelva a confianza perdida. Después de todo, es una noticia alentadora, en una sociedad en la que desde hace ya muchos años los partidos no registraban una afluencia de interesados en el cada vez más difícil y arriesgado territorio del compromiso político.

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Comentarios

  • DA

    Dario Antocha

    28/07/21

    No veo propuestas y planes para encaminar el futuro de la nación, que es en definitiva lo marcara el destinos del país y es lo que se debe votar, sino nos convertimos en simples expectadores de luchas electorales

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