Opinión

Lecciones de la reforma liberal chilena en primera persona

El éxito de la gestión consolidó el llamado ‘modelo chileno' que le permitió al país crecer de manera consistente durante los siguientes 20 años

Hernán Büchi fue ministro de Hacienda de Chile entre 1985 y 1989. Desde ese rol condujo el proceso económico durante la etapa que desembocó en la transición a la democracia. Se concentró en estabilizar las variables luego de la brutal crisis de 1982-83, y en reimpulsar la liberalización. El éxito de su gestión consolidó el llamado ‘modelo chileno' que le permitió al país crecer de manera consistente durante los siguientes 20 años, y ponerse a la cabeza en materia de desarrollo en América Latina. En su libro "La Transformación Económica de Chile" describe, con lujo de detalles, las reformas que puso en marcha, los obstáculos que encontró y las enseñanzas obtenidas.

Muchos de esos conceptos pueden quizás ser útiles hoy para la flamante administración Milei. Hay evidentes puntos de contacto en materia económica, entre la situación de Argentina y la del Chile de aquellos años. Büchi, por cierto, no fue un espectador, sino un protagonista de primer orden de ese período. Y por eso su experiencia puede resultar valiosa en el contexto actual. A continuación, se destacan algunas de sus reflexiones.

- Las oportunidades para liberalizar una economía son escasas. Hay que aprovecharlas, pues no se presentan con mucha frecuencia.

- Tres ingredientes son clave para el éxito de un proceso de apertura económica: Voluntad política, un equipo profesional e idóneo, y mística para hacer las cosas.

- Modernizar un país no es tarea para gurúes o personajes elegidos. Sino más bien para un conjunto amplio de políticos sensatos, técnicos competentes y gobernantes realistas.

- No hay una única fórmula de vigencia universal, aplicable en todos los países. Los principios y lineamientos de una reforma de liberalización son similares. Pero el cómo hacer las cosas, a que ritmo, y con que prioridades, es propio de cada caso.

- Las posiciones muy rígidas pueden ser dañinas. La flexibilidad dentro de ciertos rangos a la hora de hacer política económica no solo es recomendable, sino necesaria. Lo importante es tener claros los objetivos.

- La estabilidad vale la pena. En el pasado, los gobiernos latinoamericanos han tendido en general a subestimar la inflación, dados los costos asociados al logro de la estabilidad. Pero olvidaban que cuando llega la crisis, la inestabilidad crónica se convierte en explosiva.

- Las reformas deben ser integrales y profundas para que se mantengan en el tiempo. Tienen que abarcar la mayor cantidad de áreas posibles, de modo que los funcionarios y técnicos de las diferentes reparticiones del Estado se involucren y trabajen alineados en pos de un mismo objetivo.

- Shock o gradualismo. Aunque en los papeles se postule una política de shock, en la practica la ejecución de las medidas casi siempre es gradual. La tensión de fondo pasa por hacer o no hacer las cosas, antes que por la velocidad.

- Los equilibrios macroeconómicos no garantizan por si solos la modernización de una economía. Sirve de poco, por ejemplo, bajar aranceles y establecer un tipo de cambio competitivo, si al mismo tiempo no se liberan los puertos o se cuenta con una buena legislación aduanera. Hay un sinfín de temas que atender de manera simultánea.

- Con el sector externo no se juega. Casi no hay países contemporáneos que hayan logrado el desarrollo sin un crecimiento sostenido de su sector exportador. Un tipo de cambio real alto -que no debe confundirse con tipo de cambio nominal alto- es una variable esencial. Pero debe acompañarse con medidas macro y microeconómicas que mejoren la competitividad. No exportar impuestos, liberar sectores reservados, y brindar apoyo para acceder a mercados externos, entre otras.

- Los mercados de capitales son una valiosa ayuda. Al inicio de un proceso de estabilización, la capacidad de maniobra de la política monetaria suele ser muy acotada. Cuando existe un mercado de capitales funcionando, el Banco Central tiene algo de margen para neutralizar, vía emisión de documentos, las expansiones que está obligado a realizar en esas circunstancias. En Chile, la verdadera autonomía del Banco Central solo pudo hacerse realidad una vez que el mercado de capitales local empezó a desarrollarse. Sin esa palanca, no hubiera podido despojarse de su rol de prestamista del fisco y de algunos sectores de la economía.

Por último, y al momento de identificar lecciones, Büchi hace hincapié en dos cuestiones. De poco sirven las leyes o normas si no están en sintonía con el sentir dominante de la sociedad en ese momento. El mérito no recae tanto en promover leyes que favorezcan al sector privado, sino en convencer al público de que el mercado sirve mejor al propósito del bien común que el intervencionismo estatal. Hay que generar consensos, en especial en la base social, en la gente común.

Asimismo, un proceso de reformas económicas no debe estar direccionado a uno o a varios sectores en particular. Ni entenderse como propiedad de un grupo, de un partido o de un gobierno. Cuando por fin la ciudadanía y las autoridades hagan propia la idea de que las políticas económicas correctas son buenas para el país en su conjunto, y aquello empiece a echar raíces en la cultura de esa sociedad, se podrá avanzar en la solución de los problemas reales, sin tantos obstáculos ni carga de ideología política.

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