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Las dudas financieras piden una reacción antes de que sea tarde

Si hay un dato que no debe olvidar ningún gobierno, es que cuando la economía y la política no están coordinadas, empiezan a moverse en tiempos distintos. La gestión debería ser una única partitura que guíe a toda la orquesta, pero cuando los ministros pierden el ritmo o desafinan, los agentes económicos prefieren escuchar su propia música.

No es una tarea fácil, desde ya. Sobre todo en la Argentina, donde las coaliciones de gobierno muchas veces se frustran por su incapacidad para superar este desafío.

Alberto Fernández la tuvo difícil desde un comienzo, aunque la pandemia sirvió para que muchas decisiones quedaran rezagadas por el cambio de prioridades que impuso el flagelo sanitario del Covid. Si detrás había un desacuerdo interno era un tema que quedaba en el segundo plano.

El paso del tiempo, no obstante, no cura los problemas. Puede ayudar a comprenderlos mejor, o puede generar cierto alivio si en el interín alguna condición externa cambia y aporte un beneficio. Pero por lo general, su potencial impacto se indexa como si tuviera una tasa de interés. Un ejemplo visible de estos días es el gasoducto de Vaca Muerta, que incluso podría no estar listo para 2023, agravando el actual faltante de gas y de dólares.

El dato que no debe pasar por alto el Gobierno es que cuando política y economía se desacoplan, la reacción se vuelve aún más veloz en el plano financiero. Es que el precio de los activos refleja su situación futura, moldeada por la proyección que hoy hacen los operadores sobre el contexto en el que deberá moverse el Ejecutivo dentro de seis meses. Los políticos suelen estar más atentos al dólar del día; los inversores, a la capacidad de repago de la deuda.

Es por eso que el derrumbe de los títulos CER ocurridos la semana pasada compone una señal que debería ser atendida con alguna reacción oficial en el corto plazo. Es un llamado de atención a la política, que no tiene que ver solo con las especulaciones que pueda hacer cualquier economista sobre lo que debería hacer quien asuma dentro de 18 meses. Un contexto similar deterioró la gestión de Mauricio Macri en 2018, cuando a partir de un proceso global de salida de capitales, el mercado empezó a tener dudas serias sobre cómo se iba a financiar el gasto el año siguiente. Macri llamó al FMI y el final de la película ya es conocido.

La incertidumbre financiera no representa un mensaje solo para Guzmán o para el BCRA. Traduce la necesidad de que el Ejecutivo recomponga el mediano plazo. En lo político, ese reclamo lo sostenía Cristina Kirchner. Pero ahora también lo empuja Sergio Massa.

Alberto Fernández probablemente reaccione si la inflación no muestra mayor tranquilidad en julio o agosto. Lo que no debería olvidar es que la capacidad de respuesta ante determinados problemas se vuelve menor con el transcurso del tiempo.

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