Opinión

Javier Milei y los liderazgos de un nuevo tipo

Tal como era previsible, el tsunami de la Nueva Política llego finalmente a la Argentina. El golpe ha dejado paralizados a la clase política profesional y a buena parte de los analistas políticos, aun cuando era casi obvio para cualquiera que haya seguido con atención la política comparada y, en especial, las conmociones que vienen sacudiendo a la casi totalidad de las democracias de la región.

La victoria de La Libertad Avanza y de su líder Javier Milei guarda paralelos inequívocos con procesos muy similares a los que encumbraron en su momento a Donald Trump en Estados Unidos y que han derrumbado sistemas políticos que muchos juzgaban ya consolidados como el del Chile de la Concertación o el México de la tetrarquía del PRI, PAN y PRD.

En este sentido, el ascenso triunfal del economista libertario no es muy diferente del protagonizado en su momento por el empresario ultraliberal Guillermo Lasso en Ecuador -o mucho aun antes por el economista liberal Rafael Correa, devenido rápidamente líder bolivariano extremo, bajo la influencia central de otras dos figuras igualmente disruptivas, capaces de destrozar los aparatos de la partidocracia tradicional como fueron en su tiempo Hugo Chávez en Venezuela o Lula Da Silva en Brasil.

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A pocas horas del batacazo de Milei en la mayoría de las provincias argentinas, que hoy lo sitúan casi en las puertas de la presidencia 2023, luego de dejar fuera de juego a las figuras centrales y partidos integrantes de Juntos por el Cambio y colocarlo en condiciones de enfrentar mano a mano al peronismo en el poder, la onda subterránea ha golpeado con fuerza inusitada a otros dos países. Súbitamente, casi sin temblores que lo anunciaran, el terremoto sacudió a Ecuador y Guatemala, con el irresistible ascenso de dos exponentes muy similares a Milei, aunque de signos políticos diferentes y opuestos.

En el caso de Ecuador, desde el costado derecho del espectro político, en una arremetida espectacular iniciada algo más de 72 horas antes de las elecciones, el joven empresario Daniel Noboa -heredero de una fortuna multimillonaria, dedicada desde siempre a la política- logró frustrar sobre la hora el triunfo casi descontado en primera vuelta de la candidata ultracorreista Luisa Gonzalez. Su discurso, que muy seguramente lo proyectara a una victoria en el balotaje es idéntico al del resto de los outsiders de la nueva política, todos encumbrados desde las redes sociales y en abierto desafío a la política tradicional. El coctel triunfante es una combinación desordenada y auto contradictoria entre consignas de lucha sin cuartel contra la corrupción, mano dura frente a la violencia y el delito y libertad económica a ultranza. Una mezcla explosiva entre anarcocapitalismo de mercado, aceptación instrumental de la democracia, cuestionamiento al establishment tanto empresario como sindical y en rumbo de colisión con los medios de comunicación tradicionales.

En el caso de Guatemala, esta vez desde el costado izquierdo de la política, el triunfo correspondió a Bernardo Arévalo, un sociólogo y exdiplomático nacido en Uruguay, hijo nacido en el exilio del expresidente Juan José Arévalo -un reflejo de lo que fueron en el continente muchos líderes del primer populismo de mediados de los '40 como Vargas o Juan Domingo Perón- . Su candidatura era casi desconocida al comenzar el actual proceso electoral y, en poco más de dos meses de campaña, logró casi el 60% de los votos, derrotando a la exprimera dama, Sandra Torres. Los componentes, han sido casi idénticos a los del resto de los líderes de la Nueva Política: lucha anticorrupción, populismo punitivo frente al de borde del delito, reivindicación de los excluidos y lucha sin cuartel contra el establishment económico y mediático de su país, el más poblado y no de los más empobrecidos de América Central.

Con la llegada de Milei se instala en la política argentina una nueva agenda. La misma que destrozó el consenso post pinochetista en Chile o que marcó la emergencia de liderazgos todos igualmente disruptivos como el del maestro Pedro Castillo en Perú -hoy ya en la cárcel- el del estrafalario Dr. Rodolfo Hernández, encumbrado en Colombia con el solo recurso de una campaña en redes sociales -sobre todo TikTok- y a la postre derrotado, ya sobre el final, por el exguerrillero Gustavo Petro -hoy tambien acusado de graves hechos de corrupción.

Todas trayectorias fulgurantes y repentinas, que han terminado en su mayoría incinerados en la hoguera que prometían apagar. Desde Trump hasta Jair Bolsonaro en Brasil o Andrés Manuel López Obrador en México. Todos en el borde mínimo que separa al sistema político del precipicio del populismo de uno u otro signo ideológico. Todos encumbrados por una súbita ola de reacción colectiva, inspirada en la indignación, la desconfianza hacia las instituciones, el anhelo de unja reparación moral contra el clima de corrupción supuestamente enseñoreado entre las oligarquías partidocracias.

La crisis de legitimidad de la Justicia -particularmente la justicia criminal- y el sectarismo de los medios de comunicación tradicionales ofrecen un material adicional para esta nueva definición de la política a partir de un decisionismo fundamentalista que singulariza a los nuevos liderazgos y los convierte en personajes casi excluyentes de la escena mediática.

Las democracias del continente afrontan así un nuevo punto de inflexión. A los lideres 'funcionales' de la etapa de transición de los primeros años '80 - los Alfonsín, Sarney, Neves, Cardozo, Sanguinetti, o Lacalle sucedieron en una segunda fase, a partir de los '90, un nuevo tipo de 'liderazgos de popularidad', nacidos de una primera frustración popular frente al fracaso de los partidos para resolver los problemas de la crisis económica, la deuda y, sobre todo, la emergencia amplias capas sociales empobrecidas, frustradas y excluidas frente a las promesas de la transición democrática . Será la época de los Menem, Fujimori, Lula y Lugo, y la amplia gama de líderes 'bolivarianos', inequívocamente representados y en buena medida liderados por Chávez y Correa, José Mujica o los Kirchner. Fueron liderazgos que tuvieron como correlato internacional, la combinación entre personalismo y espectacularizacion de la función presidencial que va desde Bill Clinton y el segundo Bush hasta el astro mayor, Barack Obama, con expresiones europeas detonantes como la de Valéry Giscard, François Mitterrand o Silvio Berlusconi.

El nuevo tipo de líderes que emergen y se instalan como protagonistas de un nuevo ciclo democrático es un liderazgo antisistema. Personas comunes con vidas también comunes, capaces sin embargo de corporizar una reacción de protesta emocional frente a lo conocido. Que con su extravagancia idiosincrática logran cuestionar las reglas de juego y pregonar un 'que se vayan todos' que incluye a los grandes medios de comunicación, los economistas profesionales y lo que a partir sobre todo de 'Beppe' Grillo, creador del Movimiento Cinco Estrellas italiano paso a denominarse en toda Europa "la casta".

El resultado es todavía incierto, pero el proceso representa un verdadero terremoto social, largamente anunciado por temblores profundos de tierra, producto sin duda del choque entre las placas tectónicas que subyacen a una sociedad desencantada, desilusionada y agrietada, para la que la política parece haber perdido, al menos por un buen tiempo, toda capacidad para interpretar el mundo y sobre todo para prefigurar y garantizar el futuro.

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