Egipto y Siria atacan por sorpresa a Israel en pleno Yom Kippur. Estados Unidos anuncia un puente aéreo para respaldar a su mayor aliado en Oriente Medio. Como represalia, los países reunidos en la Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo decretan un embargo.
En pocos días, el precio del barril se cuadruplica. En ciudades de todo el mundo se forman colas interminables por el combustible y Estados Unidos sufre uno de los peores shocks inflacionarios de su historia. Es octubre de 1973; es la crisis del petróleo.
Pasó más de medio siglo. Otra vez estamos ante una guerra en la que Washington e Israel se enfrentan a un enemigo que considera una aberración la existencia de un Estado judío en Oriente Medio y que define a la presencia estadounidense en la región como satánica. Y vuelven a temblar los mercados ante el temor a una suba brusca del petróleo. Pero hasta ahí llegan las coincidencias.
El Golfo Pérsico sigue siendo estratégico. De ahí sale gran parte del crudo de Arabia Saudita, Irak, Kuwait, Emiratos, Qatar e Irán, que debe atravesar el estrecho de Ormuz para llegar al Mar Arábigo y desde ahí a los mercados mundiales. Una vía de apenas 33 km de ancho en su parte más angosta, siempre a merced de la amenaza iraní de cerrarla. Pero el mundo ya no depende del Golfo como en 1973. Entonces explicaba alrededor del 40% de la producción global. Hoy es el 30% de una torta más grande y más diversificada.
La mutación crucial es que Estados Unidos, que hace 50 años era importador neto y por lo tanto extremadamente vulnerable, se convirtió en el mayor productor mundial, con cerca de 14 millones de barriles diarios. De comprador pasó a vendedor. Esa transformación es hija de la revolución del shale oil, el petróleo no convencional que cambió la economía energética y que para Argentina significa una oportunidad enorme.
Ese es uno de los motivos por los que Trump, obsesionado con bajar el precio de la nafta, se animó a avanzar con esta ofensiva en un año electoral. Sabe que el riesgo de desabastecimiento doméstico es nulo. Y sabe que, aunque Ormuz siga siendo un cuello de botella crítico, el volumen que pasa por allí ronda el 20% del crudo comercializado globalmente. El impacto existe, pero ya no es el de 1973. Hasta este viernes, la suba se mantenía por debajo del 20%.
Todo tiene que ver con China
Pero la razón más importante es otra. Esta guerra es, como buena parte de lo que hace Trump desde su regreso, un movimiento contra China. Puede ser más fuerte que Estados Unidos en varias áreas estratégicas, desde la capacidad industrial hasta minerales críticos, pero tiene un punto débil: es importador neto de petróleo y depende en gran medida del Golfo.
Eso explica que China, aun siendo socia de Irán, haya adoptado una posición cautelosa, pidiendo desescalada para evitar una crisis energética. La palabra de Pekín pesa en Teherán porque compra la mayor parte de sus exportaciones de crudo, además con descuentos, una consecuencia no buscada de las sanciones estadounidenses.
Por eso, bloquear Ormuz de forma total sería una decisión suicida. No es un camino que pueda descartarse por completo en un régimen donde religión, guerra y política se confunden. Pero lo que queda de la Guardia Revolucionaria, hoy a cargo del país tras la muerte del Líder Supremo, va a hacer lo posible por sobrevivir. Sin ingresos petroleros, no podría sostener un aparato represivo que necesita más que nunca.

Eso ayuda a entender por qué el barril subió, pero no se disparó como en 1973, incluso con el estrecho prácticamente paralizado y buques esperando a ambos lados. No porque Irán haya montado un bloqueo naval formal, sino porque amenaza con hundir a quienes crucen, y ya hubo ataques que empujaron a las navieras a frenar.
Trump apuesta a que la suba, como la guerra, no durará más que algunas semanas. Para seducir a las navieras propuso un seguro subsidiado contra riesgos políticos, para abaratar el costo de navegar una zona hoy casi inasegurable. También dejó sobre la mesa la escolta militar como alternativa de última instancia.
La expectativa de una guerra acotada es otro factor que modera precios. Aunque el sábado Trump planteó que busca un cambio de régimen, el Pentágono bajó el objetivo a metas operativas: destruir el programa nuclear, degradar la capacidad misilística, neutralizar la flota naval para impedir cierres de rutas marítimas, y cortar canales de financiamiento de la red terrorista que Irán sostuvo durante 47 años. Con el poder aéreo combinado de Estados Unidos e Israel, parece difícil que esas metas no se cumplan rápido.
También hay una diferencia política crucial con 1973. La región era entonces, con pocas excepciones, un bloque antiisraelí. Hoy la mayoría de los líderes árabes opera con una mentalidad de modernización, estabilidad y negocios. Se ven interpelados por Trump, que no les habla de democracia sino de acuerdos de inversión, tecnología y defensa. Ya asumieron que Israel no va a desaparecer. Para estos líderes, Irán es un actor tóxico que aumenta el riesgo regional. No necesariamente desean su caída, pero sí que quede debilitado al punto de dejar de ser amenaza.
Argentina: riesgos y oportunidades
Para la Argentina el corto plazo es incómodo. La suba del petróleo aumenta presión sobre precios, en un momento en el que la inflación se siente más de lo que le gustaría al gobierno. Y en un mundo más riesgoso, los países frágiles pagan con mayor riesgo país y más fuga hacia el dólar.

Pero a mediano y largo plazo se abren oportunidades. Un orden global más conflictivo aumenta el atractivo de producir en lugares seguros, lejos de cuellos de botella bélicos, sobre todo si son países amigables para los negocios. Esta crisis refuerza el interés en el petróleo no convencional y puede acelerar inversión en Vaca Muerta, además de empujar capitales hacia minería y otros sectores estratégicos.
Y hay un capítulo especial: el gas. Europa necesita fuentes alternativas y el gas natural licuado se consolida como el commodity energético del futuro. Si Argentina sostiene reglas claras y escala exportadora, esta guerra puede terminar empujando uno de los sectores con mayores perspectivas de crecimiento para el país.
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