Opinión

Diversidad e inclusión: un factor clave en los equipos efectivos

Las organizaciones habitan en sociedades diversas y a su vez las personas que las integran y sus clientes son cada vez más heterogéneos. Por otra parte, las formas de trabajo en redes, no solo locales sino muchas veces también globales, aumenta la necesidad de establecer vínculos y relaciones con mayor cantidad de personas.

Más aún, las nuevas dinámicas del mundo laboral hacen que los individuos en sus trayectorias tengan que integrar diferentes equipos y compartir metas a alcanzar. En este contexto, el potencial que tenga un equipo de trabajo para generar compromiso y alcanzar un desempeño efectivo, dependerá de la capacidad para incluir su naturaleza diversa.

Si bien diversidad e inclusión tienen que ser dos caras de una misma moneda, no deben confundirse sus significados. En el ámbito organizacional diversidad supone contar con los distintos talentos necesarios para contribuir al cumplimiento de los objetivos, respetando sus diferencias, de todo tipo. Mientras que la inclusión es la que pone en acto la diversidad y verdaderamente puede constituirse como un factor estratégico al integrar y potenciar las diferencias dentro de los equipos de trabajo.

¿Por qué la inclusión de la diversidad es un factor crítico para lograr un equipo efectivo? ¿Cómo la diversidad e inclusión pueden colaborar a generar un estado emocional y racional positivo en sus integrantes? 

Las respuestas a estas preguntas las encontramos al analizar y reflexionar sobre las instancias que atraviesa un grupo desde su constitución. En términos generales, un grupo transita por cinco estadios de desarrollo hacia la conformación de un equipo eficaz.

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En una primera etapa de conformación, las personas se encuentran unas con otras y comienzan a conocerse entre sí y a comprender la finalidad que los reúne. Cada integrante del grupo llega con expectativas, inquietudes, incertidumbres y una combinación única de emociones.

En segundo lugar, los integrantes del grupo suelen empezar a reconocer sus diferencias y tender a acercarse a quienes consideran afines a sus pensamientos, creencias, estilos, formas. En esta instancia de asimilación es probable que algunas personas comiencen a suprimir sus individualidades ante el deseo de pertenecer al grupo.

Son los desafíos que enfrenta el grupo en su día a día los que pueden llevarlo a una tercera fase de transformación. Dependerá de la actitud de cada integrante del grupo y sobre todo de quien tenga el rol de liderazgo el poder convertir los conflictos y problemas laborales en oportunidades para poner en acto la diversidad.

De lograr lo anterior el grupo avanzará a una cuarta fase de inclusión que lo convertirá en un equipo, al haber podido resolver los desafíos de manera inclusiva. En esta etapa de madurez las personas comparten un sentimiento de pertenencia y a su vez perciben una valoración individual, frente a la posibilidad que tiene cada integrante de ser uno mismo y sentirse único. Esta condición es la que genera el nivel de motivación necesario para que cada persona quiera dar la mejor de sí.

Llegar a la instancia de inclusión es entonces la clave que posibilita la quinta fase de consolidación de un equipo. En este último estadio la percepción de unicidad alcanzada por una combinación de miradas de respeto y acciones inclusivas lleva a las personas a una actitud positiva de responsabilidad compartida y propósito común, que finalmente aumenta el compromiso de todos los integrantes del equipo y con ello su desempeño y efectividad.

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