Del "me quiero ir" al "lo queremos ido"

Si algo ha definido la motivación del voto en nuestro país en los últimos 30 años, ésta ha sido la economía. Los estudios de opinión la ubican dentro de los principales problemas y, en un desglose de cuatro categorías, tres tienen que ver con la recordada frase "es la economía, estúpido": inflación, pobreza y pérdida de empleo.

A más de un año de las elecciones presidenciales de 2023, el cruce interno de la coalición de gobierno -en on y off- se incrementa exponencialmente. Sucede lo mismo con la oposición, pero en este caso no es materia de análisis.

La diferencia de contexto entre la frase que el entonces ministro de Economía Hernán Lorenzino dijo en una post entrevista televisiva con una corresponsal de la televisión griega (el famoso "me quiero ir"), con el actual momento que atraviesa Martín Guzmán, el discípulo de Joseph Stiglitz, es básicamente un tema de poder. Había algo más que un bastón y una banda presidencial. Aquel Gobierno tenía bien definido quién administraba y gestionaba. Los circuitos de poder estaban claramente identificados tanto a nivel nacional como provincial. 

Esta mirada comparativa actualmente no es exclusiva para un ministerio u organismo en particular. Lo que busca dejar en evidencia es que más allá de la forma radial que tenía el gobierno anterior, a la hora de visibilizar un funcionario, quien gestionaba intereses del sector privado sabía con quién hablaba y qué se podía esperar de una acción de relacionamiento.

Todo tiempo pasado fue...

Más allá de los perfiles de funcionarios, de los mensajes claves previamente definidos, los roles asignados o ir con un documento excel o resumen "one page", había una contraparte que planteaba la negociación, dejando claro el rumbo. La agenda pública marca el norte y la privada debe encontrar las rendijas para entrar.

Los asuntos públicos de las empresas (internos y externos), además de anticipar jugadas -como decía Aristóteles Onassis: "El secreto de un negocio es que sepas algo que nadie más sabe"-, necesitan comprender ese tablero de piezas y cuál es el mejor tiempo para entrar en la conversación. Cuanto antes se logre, mayor capacidad de operación o margen de maniobra hay.

Hoy debemos sumar la complejidad de una gestión cruzada de intereses y miradas disonantes. La trillada frase: "El dos no responde al uno y el tres a ninguno de los dos", hace de los asuntos corporativos una profesión que exige algo más que competencias académicas. No sólo porque potenciales gestiones pueden quedar durmiendo el sueño de los justos sino porque equivocar el interlocutor puede minar una relación construida en tiempo y forma.

En este contexto, el rol de los Directores de Asuntos Corporativos de las compañías ha ido creciendo y revalorizándose con el correr de los últimos años. Así lo demuestran los datos del último estudio del Círculo DIRCOMS -grupo que nuclea a ejecutivos de comunicación corporativa, Relaciones Institucionales y Asuntos Públicos de grandes firmas del país- que en noviembre 2020 encargó a la consultora SEL para conocer a fondo cómo es visto hoy ese profesional puertas adentro del mundo corporativo. 

La encuesta contó con la participación de 173 CEOs, directores y gerentes de primera línea. Frente a la pregunta de cómo evolucionó el rol del DIRCOMs, 8 de cada 10 consideran que éste ha ganado relevancia en los últimos años. Y dentro de las tareas más destacadas que se le asignan, están: definir e implementar una política de comunicación integrada incorporada a la estrategia global; asesorar en la identificación y mitigación de riesgos de reputación; funcionar como consejero del CEO y los principales líderes de la compañía; ser referente en la tarea de sostener y mejorar la reputación para contribuir a la creación de valor para el negocio; ser responsable de preparar a los directivos para que puedan desarrollar una comunicación efectiva con sus públicos clave; y articular el vínculo de la empresa, el CEO y los principales líderes con los grupos de interés.

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