En las últimas décadas, previo a la presidencia de Javier Milei, la Argentina sufrió un gravísimo problema de inflación crónica acompañada, como es lógico, por un escenario de estancamiento persistente junto a elevados niveles de pobreza. A modo de ejemplo, el escenario de la economía que dejaron el presidente Alberto Fernández y su pésimo ministro de Economía Sergio Massa, se caracterizó por una inflación próxima a una hiper del orden del 25% mensual, un nivel de pobreza superior al 50% y una fuerte caída en los niveles de actividad. Resulta evidente, entonces, que los daños de tan elevada inflación dejaron a la nueva administración una economía totalmente desequilibrada y próxima a una peligrosa estanflación (recesión junto a elevados niveles de inflación).
Sin embargo, a nivel mundial, es difícil encontrar otras economías que hayan sufrido tan significativo deterioro económico y social. ¿Cuál ha sido, entonces, la característica diferencial que nos distingue del resto de las naciones? La respuesta debe encontrarse en el creciente tamaño de nuestro Estado elefantiásico que, a través de un gasto público exorbitante, provoca fuertes déficits fiscales, financiados con continuas emisiones de dinero que a -lo largo de los años- han destruido a través del impuesto inflacionario el valor de nuestra moneda. En efecto, el promedio anual de crecimiento del PBI durante el periodo 1993/2005 fue de apenas un 2%.
A este respecto, a la fecha, existe consenso académico y profesional en el sentido que los procesos inflacionarios crónicos superiores al 5% anual son, básicamente, fenómenos monetarios. Esto es: la inflación en nuestro país, como sostenían las anteriores autoridades, no tiene un origen microeconómico “multicausal” (maniobras monopólicas y especulativas, “formadores de precios agiotistas”, sectores protegidos, etc) sino que, por el contrario, se produce por un exceso macroeconómico de emisión de dinero (oferta monetaria) por sobre la demanda (propensión de los agentes económicos a mantener efectivo). Dicho de otro modo, en la economía argentina la suba de precios se produce debido a que la excesiva emisión para financiar el déficit no se compadece con un incremento en la demanda del mismo, ya que la sociedad -harta de sufrir el deterioro temporal del valor de la moneda nacional- no desea mantener más pesos que los estrictamente necesarios para transacciones elementales. En consecuencia, los excesos del circulante monetario necesariamente se canalizan a compras de bienes, servicios u otras monedas presionando fuertemente los precios. Debe quedar claro, entonces, que el problema se genera por un combo de oferta monetaria (emisión) desbordada sumada a una escasa demanda de dinero, provocando un claro desequilibrio macroeconómico.

Un análisis de lo sucedido en EE.UU. durante los últimos años permitirá clarificar este concepto. En efecto, a partir de la Gran Recesión 2008/2009 y hasta principios del 2022, su autoridad monetaria (Fed) -a través de una política de estímulo de inyección de dinero- expandió su base monetaria multiplicándola hasta la fecha, aproximadamente, seis veces, mientras que en igual período, la inflación anual promedio fue del orden del 2,5% ¿Qué sucedió? ¿Cómo es posible que tan fenomenal emisión monetaria no haya provocado un severo proceso inflacionario? Muy simple: este incremento del circulante de dólares fue absorbido por una creciente demanda monetaria doméstica y global, ávida por ahorrar en dólares y no por consumir desenfrenadamente. En consecuencia, al no aumentar en forma abrupta la demanda de bienes y servicios, el exceso de emisión no se traslada en la economía americana a precios.
Es claro, entonces, que se equivocan quienes –citando el ejemplo de lo sucedido en EE.UU.– afirman que en la Argentina el exceso de la emisión para financiar el déficit no genera inflación. En efecto, la comparación no es correcta pues solo tiene en cuenta la oferta monetaria sin considerar la importancia de su demanda monetaria ya que la misma es mínima ya que nadie quiere mantener (ahorrar) pesos que se desvalorizan en forma creciente Si se acepta la hipótesis de que la inflación es un tema esencialmente monetario y macroeconómico que se origina por un exceso de oferta sobre una demanda monetaria menor, entonces se estará de acuerdo en que la posición del anterior gobierno de considerar la inflación como un fenómeno “multicausal” -y esencialmente microeconómico- era equivocada.
Este grave error de diagnóstico de la administración de A. Fernández respecto a las causas de la inflación tiene consecuencias gravísimas. En efecto, para quienes defienden la inflación multicausal y microeconómica no es necesario bajar el gasto público sino “simplemente” financiar los déficits con emisión (actual o futura vía toma de deuda) y “combatir” la inflación con medidas microeconómicas tales como, entre otras: controles de precios, canastas de alimentos con precios “cuidados”, subsidios tarifarios, fideicomisos y atraso cambiario. Todas ellas destinadas al fracaso.
Afortunadamente, el gobierno de J Milei definió como correcto el diagnostico de desequilibrio macro monetario como principal causa de la inflación estructural de nuestro país. En consecuencia, al comienzo mismo de su período de gobierno, atacó de inmediato la inflación vigente con un ajuste de shock del gasto público, eliminando el déficit fiscal y cuasifiscal del orden del 15% llevándolo a un superávit del orden del 1% del PBI, cortando, de esta manera, la emisión monetaria. A este respecto, como lo indica la correcta teoría macro monetaria, el cortar el déficit y el respetar la no emisión permitió provocar una fuerte y rápida desinflación, llevando el nivel de precios de 25% mensual en diciembre 2023 a 2,9% en febrero del corriente año.
Sin embargo, a pesar del éxito inicial, a partir de mayo del año anterior la inflación comenzó a repuntar desde el 1,5% mensual al 2,9% en febrero del corriente. Debe aclararse que, si bien el esfuerzo de abatir la crónica inflación de nuestro país fue realmente significativo, lo cierto es que una suba de precios del orden del 3% mensual (43% anualizado) resulta elevado a nivel mundial (los 10 primeros países medidos por su PBI tienen una inflación promedio menor al 3% anual).¿Qué sucedió? ¿Resulta, entonces, que el diagnóstico macro/monetario es equivocado para nuestro país? La respuesta es negativa. En efecto, lo que acontece es que todavía está actuando la llamada “inercia inflacionaria”. En países como el nuestro con décadas de inflación, ¿qué se entiende por inercia? Se trata de un tema cultural por el cual las unidades económicas, basadas en experiencias anteriores de continua emisión y suba permanente de precios, por precaución tienden a ajustar los mismos por encima de la inflación presente, generando un peligroso circulo vicioso. Mientras persista este fenómeno, no será posible llegar a inflaciones menores al 5/10% anual. Sólo el tiempo y la confianza de los agentes económicos en que se respetarán el principio de superávit fiscal y de no emisión monetaria permitirá aumentar la demanda de dinero y abortar entonces la dañina inercia.















