Opinión

¿Caro o barato? Cómo varió el precio del dólar a lo largo de la historia

Analizar este precio a lo largo del tiempo permitirá entender dónde estamos parados en la actualidad y, más importante aún, pensar qué puede pasar a futuro.

La inflación genera muchos problemas en nuestra economía. Incertidumbre sobre el set de precios relativos y pérdida de referencias nominales, por ejemplo. A priori, es difícil saber si algo está caro o barato o si un proyecto de inversión será rentable o no el día de mañana. En respuesta, se truncan nuestras posibilidades de crecimiento, tanto actuales como potenciales.

En este escenario de inflación crónica, los argentinos no solemos saber cuánto cuestan los bienes y servicios que habitualmente compramos. No obstante, hay un valor que sí solemos tener en nuestra cabeza: el del dólar. Ahora bien, un tipo de cambio en 100 pesos, ¿es caro o barato? ¿y otro de 170 o 190 pesos? Analizar este precio a lo largo del tiempo nos permitirá entender dónde estamos parados en la actualidad y, más importante aún, pensar qué puede pasar a futuro con esta variable tan relevante.

En 2002, a la crisis de la salida de la Convertibilidad, el tipo de cambio llegó a 180 pesos de hoy. A la vez, entre 2003 y 2007, durante el gobierno de Néstor Kirchner y cuando el dólar caro era fundamental para explicar el superávit de cuenta corriente -contracara de un poder adquisitivo deprimido después de muchos años de recesión y desocupación récord-, pilar del crecimiento de esta etapa, el tipo de cambio promedió 130 pesos de hoy. En consecuencia, los valores del mercado paralelo no parecieran estar en sintonía con las necesidades de la economía real, en tanto los del mercado oficial no mostrarían grandes señales de atraso ni demandas de corrección.

Entre 2008 y 2011, durante el primer gobierno de Cristina Fernández, el tipo de cambio promedió poco menos de 90 pesos de hoy. No obstante, vale destacar que durante esa etapa registró un atraso relevante: pasó de 105 pesos actuales a comienzos de 2008 a menos de 70 al cierre de 2011, marcando una caída del 33%.

Esta dinámica, además de otros factores, provocó la pérdida del superávit de cuenta corriente y la insostenibilidad del esquema de abaratamiento constante del dólar: ya no había divisas para que el tipo de cambio siguiera corriendo por debajo de la inflación. En respuesta, se impuso el cepo a comienzos de 2012, aprovechando las restricciones a la demanda para atrasar al dólar y llevarlo a fines de 2015 hasta la zona de los 60 pesos de hoy. Otra vez, lejos de los valores de 2021.

Entre 2016 y 2019 hubo dos etapas bien diferenciadas. Una primera mitad, de crecimiento y baja de la inflación, en donde el tipo de cambio estaba calmo y promedió los 70 pesos de hoy, y otra segunda, de sucesivas devaluaciones e inestabilidad, donde el dólar promedió los 90 pesos actuales, llegando al pico de 110 pesos en septiembre de 2018.

Aunque estos números se parecen más a los de este año, no alcanzan para sugerir que una devaluación sea necesaria: un salto del tipo de cambio aceleraría la inflación y golpearía al salario real, cortando con cualquier recuperación incipiente del nivel de actividad. Dicho de otra forma, la mejora de la competitividad que podría traer una devaluación está lejos de compensar los problemas inmediatos que acarrearía en materia de precios y economía real.

Ahora bien, si los precios del dólar oficial y paralelo no exigen recomposiciones, ¿por qué hay tantas presiones y restricciones? Porque las variables "objetivas" no son los únicos factores que determinan un precio y su curso esperado. La incertidumbre e inestabilidad de la economía argentina, los vencimientos de deuda con el FMI y nuestra sistemática preferencia por el dólar como mecanismo de ahorro, algo lógico considerando los bajos rendimientos de las opciones en pesos, generan una demanda de divisas siempre latente, que mantiene a las expectativas de devaluación a la orden del día. 

Si la confianza en el peso no se revitaliza, los valores históricos del dólar poco servirán de referencia para precisar la trayectoria esperada. Una devaluación agravaría todos nuestros problemas. No dar certidumbres, más.

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