Pensar la economía argentina de cara a 2030 usando como única referencia lo ocurrido desde 1945 es un error de enfoque. El ciclo que se abre es de naturaleza distinta: no se trata de una nueva versión del pasado, sino de un cambio en la arquitectura productiva.
El proceso en marcha apunta a desarmar el esquema previo basado en un mercado interno débil, cerrado y subsidiado y reemplazarlo por una estructura con fuerte sesgo exportador, en la que el mundo pasa a ser el cliente central.
Entonces, de un pequeño mercado local como cliente pasaremos a un enorme mercado internacional, virtualmente sin límites, con notables impactos en la generación de empleo cuando los ingresos por exportación derramen en la dinámica de la economía local.
La transición implica dejar atrás un modelo ineficiente, sostenido por protecciones artificiales, para migrar hacia uno en el que la competitividad es la condición sobresaliente. En este sentido, el programa libertario no busca “exterminar” industrias, sino remover privilegios.
Lo que desaparecerá no es la producción, sino el margen de la renta extraordinaria generada por la protección. Las empresas seguirán operando, pero con márgenes normales. Puede no ser una buena noticia para los pocos que disfrutaban de rentas cautivas; sí lo es, en cambio, para millones de consumidores argentinos que pagaban sobreprecios.
En este entorno, la persistencia del default como método de política pública explica, en buena medida, por qué Argentina convive desde hace décadas con uno de los costos de capital más altos del mundo. El impacto no es abstracto: destruye valor empresario, frena inversión, deteriora empleo y consolida pobreza.
En ese contexto, no sorprende que una parte importante del electorado joven haya migrado hacia propuestas de liberalización. El peronismo no perdió sólo una elección, perdió una generación. A ello se suma el pesado legado financiero que dejó la última reestructuración de deuda: hasta 2030 Argentina enfrenta un calendario exigente de vencimientos de capital e intereses.
Al momento de reestructurar, buena parte de esos compromisos se “patearon hacia adelante”, trasladando el problema a la administración siguiente. El actual gobierno enfrenta el desafío de ordenar esa herencia con el objetivo de descomprimir el flujo financiero y recuperar margen de maniobra.

La discusión sobre el rumbo productivo tampoco es nueva, aunque hoy parece adquirir mayor intensidad. El modelo agroexportador de principios del siglo anterior posicionó a la Argentina entre las economías más prósperas del planeta. El esquema de industrialización cerrada, en cambio, produjo décadas de estancamiento y empobrecimiento relativo.
La evidencia es incómoda, pero persistente. En el plano cambiario, no se espera un alivio a la industria de bienes transables vía devaluación. La mejora vendrá por otro lado: reformas laborales, reformas impositivas y un ajuste más profundo del gasto público, especialmente a nivel provincial. Es decir: el alivio para la industria no depende sólo del Ejecutivo Nacional, sino de un sistema político que decida acompañar.
Tiene sentido en especial a partir de los resultados de la última elección, esperar como escenario la continuidad del proyecto libertario al menos hasta 2031. Bajo ese supuesto, se desarma el modelo prebendario y se consolida un esquema exportador, competitivo y abierto.
Campo, energía y minería tomarán el rol de motores de crecimiento. El financiamiento externo se normalizaría, bajaría el riesgo país, caería el costo de capital y se reactivarían proyectos que antes no eran viables. La consecuencia sería obvia y contundente: inversión en alza, salto en el nivel de empleo y recomposición en las valuaciones de activos de activos locales.
Si esta dinámica se consolida, 2026 y 2027 podrían convertirse en años de crecimiento económico muy firmes para la Argentina. En paralelo, el mercado accionario argentino, que viene siendo uno de los grandes rezagados de la región, podría enfrentar una etapa de recomposición acelerada.
Todo ese proceso tiene un correlato monetario: una Argentina exportadora convive naturalmente con apreciación del peso. No sería una anomalía, sino una consecuencia lógica del ingreso de dólares genuinos, y no por deuda como en los 90.
El ajuste ya no vendrá por el tipo de cambio, sino por reformas estructurales. La baja del riesgo país cumple un rol central en esta transición. A menor tasa de descuento, mayor valor presente de los proyectos. Más industrias se vuelven rentables, la inversión repunta y el empleo sigue el mismo camino.
Es el círculo virtuoso clásico del crecimiento sostenido, todavía incipiente, pero cada vez más robusto.
El mensaje final es menos épico de lo que parece: la economía argentina está mutando de reglas. Negarlo es una opción emocional, no analítica. El país opera bajo nuevos parámetros: apertura, disciplina fiscal, desinflación y orientación exportadora. Esto no luce como un experimento de corto plazo. Todo indica que va para largo y bienvenido sea este cambio.
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