Lunes  05 de Junio de 2017

Volvió Madoff: trabaja en la cocina de la prisión y dice que ya no tiene miedo

Volvió Madoff: trabaja en la cocina de la prisión y dice que ya no tiene miedo

Faltaban todavía dos años para que todo colapsara estruendosamente. Citado para declarar ante los reguladores, Bernard Madoff llegó solo, desprovisto de abogados, envuelto apenas por esa aura de prestigio casi mítico que había sabido construir. Intocable. Esquivó sin titubeos un campo minado de preguntas. Se demoró en detallar, según las transcripciones judiciales, un intrincado modelo de inversiones que luego se supo nunca existió. Y juró con vehemencia atenerse a todas las reglas de la SEC. Los reguladores casi ni repreguntaron. Estaban encandilados.

Con ocho años ya en la prisión de Carolina del Norte donde cumple una condena de 150 años, poco queda de ese Madoff entre temido e insondable, el hombre que pergeñó la mayor estafa de la historia de Wall Street con pérdidas por u$s 65.000 millones y que hoy vuelve a estar en la agenda por el estreno de "The wizard of lies", una película de HBO que se estrenará en la Argentina el próximo lunes 12, con Robert De Niro y Michelle Pfeiffer. (ABC ya hizo su miniserie protagonizada por Richard Dreyfuss, se escribieron decenas de libros, entre ellos uno incluso de su ex amante, y varias obras de teatro se montaron en Broadway).

Según el abogado que lo representó en el juicio, Ira Lee Sorkin, el mismo de Jordan Belfort (que inspiró "El lobo de Wall Street"), su mujer Ruth ya no lo visita. Apenas algunos periodistas cada tanto. Y trabaja en la cocina de la cárcel. Un podcast producido por Amazon del periodista Steve Fishman reveló no hace mucho que había monopolizado el comercio del chocolate en polvo en la prisión, comprando todas las existencias y revendiéndolas a cambio de una ganancia. Pero poco perdura de la excitación que había provocado su arribo en un primer momento, cuando los reclusos no le creían. "¿Dónde la guardaste?", le preguntaban. "Se fue como el agua", respondía Madoff, quien según una anécdota que recoge un artículo de The New York Times accedió a autografiar un retrato que llevaba como leyenda en el cuello de la camisa "Me cago en mis víctimas".

Pero pasada la novedad y con la marea del escándalo en retirada, hoy Madoff suena mucho más sombrío aunque aliviado. Como un hombre que se liberó de una carga pesada. En una entrevista con ABC en 2011, que no pudo ser televisada, dijo: "Me siento más seguro aquí que afuera. He vivido los últimos 20 años de mi vida en el miedo, ahora no tengo miedo, nada en lo que pensar porque ya no tengo el control de mi propia vida". Se dice que a sus compañeros de prisión les confesó alguna vez que hubiera preferido que lo descubrieran seis u ocho años antes. La verdadera pesadilla, quizás, era sostener el simulacro.

Poco de esto le importará, claro está, a las víctimas que cayeron en manos de este hombre de Queens que vio cómo su padre se fundía y que se abrió camino colocando rociadores de agua hasta que en 1960, con 5000 dólares que le prestó su suegro, arrancó su sociedad de bolsa. Irving Picard, encargado de la liquidación de firma, ya devolvió desde 2009 u$s 11000 millones a unos 2500 afectados. Pero el Madoff Victim Fund, que ya cobró del Departamento de Justicia de EE.UU. u$s 40 millones, aún no repartió un centavo de los u$s 4.000 millones recuperados. Sólo en 2016 se detectaron 60 nuevos esquemas Ponzi o estafas piramidales en EE.UU. con pérdidas por u$s 2400 millones.

Compulsión y derrumbe

Su obsesión por el control y el detalle era proverbial. Tenía en su armario 25 trajes azules y 25 trajes grises numerados. Cuentan que al entrar a la oficina, siempre pasaba antes por la sala del directorio para cerciorarse de que las sillas estuvieran en la posición correcta, las persianas derechas y las computadoras alineadas en el nivel adecuado. No le gustaban los papeles sobre los escritorios y mucho menos las fotos familiares. Todo era de una deprimente tonalidad monocromática.

Blanco, negro y gris. El color estaba proscripto. Las anécdotas hablan de un nivel de compulsión tal que era capaz de arrancar un pedazo de alfombra manchada o agacharse para desenredar los cables de una computadora. Pero todo empeoró después de los atentados del 11 de septiembre. Se colocaron cámaras en el piso de negociaciones y estaba vedado el uso de mails en varias áreas de la empresa. Los investigadores, de hecho, casi no pudieron recuperar correos, algo virtualmente inédito en estos crímenes de cuello blanco. Para 2008, en plena crisis, sencillamente ya no entraba suficiente dinero de jugadores nuevos como para seguir pagando a los viejos inversores y la pirámide se desmoronó.

Madoff le confesó todo a sus hijos (Mark y Andrew), quienes lo entregaron a las autoridades. Y así se precipitó la tragedia personal de esta familia, que fue mucho más allá del escarnio general y la vergüenza. Mark se suicidó en 2010 en el segundo aniversario del arresto de padre, ahorcándose con la correa de su perro.

Andrew murió en 2014 de cáncer, poco después de haber fundado "Paraguas negro", una empresa de asesoría para anticipar desastres bursátiles. La justicia nunca pudo mostrar que estuvieran implicados. Ruth intentó probar que le correspondía quedarse con parte de los u$s 823 millones en ahorros, las casas de Upper East Side, Palm Beach y los Hamptons y u$s 2,5 millones en joyas pero no tuvo suerte. Le asignaron igual u$s 2,5 millones y hoy vive en Connecticut, mejor de lo que muchos desearían, aunque aseguran que lleva una vida de "persianas bajas".

Madoff no hubiera sido Madoff de no ser por su monstruosa capacidad para tejer, alimentar y quizás hasta justificar ante sí mismo esa meticulosa red de engaños que un día cayó por su propio peso. Pero otra hubiera sido la historia si alguien hubiera hecho un llamado. Si la SEC, que redactó un informe de 450 páginas con un mea culpa por el caso y sólo aplicó medidas disciplinarias a ocho empleados, hubiera hecho un solo llamado clave en el marco de las varias denuncias que recibió a lo largo de los años.

En el juicio a los antiguos empleados de Madoff, muchos dieron testimonio de cómo la SEC tenía una relación tan estrecha con el empresario que le enviaba a sus internos para que aprendieran de él. Durante las auditorías, dejaban portafolios con información sensible durante la noche. A tal punto les parecía inconcebible un fraude. Así fue como un día un investigador le pidió a Madoff su número de cuenta en la Deposit and Trust Corporation (DTC). Si alguien efectivamente se hubiera tomado apenas el trabajo de llamar para pedir los registros de los activos en custodia hubiera descubierto que no había nada. La cuenta de Madoff estaba virtualmente vacía.

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