Teletrabajo: los nuevos desafíos y una Ley para el siglo XIX

Mucho antes de que Apple estandarizara el “mouse , incorporándolo a sus ordenadores tal y como lo conocemos ahora, sus verdaderos creadores presentaron una maqueta en el Stanford Research Institute de California con los resultados de su invención. Estos dos genios de los años 60´, Douglas Engelbart y Bill English, se preguntaron cómo posicionar un cursor en la pantalla por medio de coordenadas. No estaban solamente pensando en crear un “mouse apto para los ordenadores de su época.

El título de su investigación, “Indicador de Posición de X-Y para un Dispositivo de Pantalla sugería que entre el “ratón original y los dispositivos de realidad virtual o los videojuegos que pueden leer los movimientos del jugador, conceptualmente, no hay demasiada diferencia. No se lo imaginaron, pero lo intuyeron.

La tecnología ha incrementado la productividad humana a niveles estratosféricos. Abraham Guillén pudo intuirlo hace 34 años, cuando explicó en una visionaria nota el papel que tendría la inversión en investigación y desarrollo (I+D) para el crecimiento económico del futuro. “En Estados Unidos, por ejemplo, la inversión anual en I+D asciende al 2,5% del PIB, o sea, unos 90.000 millones de dólares: cinco veces más que 20 países latinoamericanos (Diario El País, edición impresa del 11 de agosto de 1986). Pero incluso antes, la tecnología ha ido ganando un lugar decisivo en el pensamiento económico como factor crucial para el crecimiento. Ya en los años ´50, Robert Solow planteaba la importancia de la tecnología por sobre otros factores de la producción como la tierra o el trabajo.

La capacidad de vaticinar la importancia de la tecnología e invertir en su desarrollo, les dio a países como Estados Unidos, Alemania o Japón un enorme dinamismo en el mercado laboral. La clave es la flexibilidad que permite que un trabajador pueda pasar de una rama a otra. La población capaz de pasar de una a otra rama sin requerir una nueva calificación es 12 veces mayor en estos países que en los países latinoamericanos. Eso explica por qué Estados Unidos pudo crear millones de puestos de trabajo en una semana y por qué en Argentina hemos perdido más de 400.000 empleos formales en lo que va del año.

La cuarentena ha visibilizado algunas de las nuevas tendencias del mercado laboral. Se ha puesto en discusión la necesidad de regular la relación laboral en tiempos de “homeworking o, en español, “teletrabajo . Una reciente ley sancionada en Argentina apunta a esta cuestión, pero parece más bien pensada en el siglo XIX que en la posmodernidad. La ley presenta errores conceptuales que arrastraron a los legisladores a aprobar un articulado que, lejos de conducir el teletrabajo hacia un lugar positivo para la sociedad, impone costos ocultos a las empresas y a los trabajadores.

En primer lugar, la ley pierde de vista que la virtualidad ha modificado la noción de presencia. No estar físicamente en un puesto de trabajo dentro de una oficina, no significa no estar presente. Esta confusión llevó a imponerle a las empresas que sostengan el espacio físico de trabajo de una persona mientras el trabajador esté haciendo teletrabajo. Como consecuencia, deberán sostener costos como la luz, el metro cuadrado de alquiler o el servicio de limpieza y desinfección eliminando una de las ventajas que el teletrabajo ha llevado al mundo laboral: el ahorro en los espacios físicos permite contratar nuevos trabajadores o aumentar los sueldos.

En segundo lugar, la ley piensa al mundo del trabajo bajo una lógica de lucha de clases, como lo hacían los marxistas del siglo XIX y principios del XX, cuando no existía ni el aire acondicionado. Concluyen erróneamente que los gastos del trabajador en su casa, como el servicio de internet, se convierten en un ahorro si son costeados por la empresa. Pero este ahorro será compensado en el futuro con reducciones en los bonos de fin de año o en los aumentos de sueldo anuales. Por el contrario, la forma correcta de analizarlo es que si la empresa reduce costos, puede competir pagando mejores salarios.

Un aspecto que surge de este punto de vista son las licencias de software. Según la nueva ley, el empleador debe hacerse cargo de las herramientas de trabajo, incluyendo hardware y software. Nadie puede controlar si en una computadora personal tenemos una licencia del sistema operativo paga o no paga; pero en una computadora regulada por la ley de teletrabajo, la licencia de software se transformaría en una nueva obligación para los empleadores. ¿Quién hubiera pensado que la tesis de Marx desembocaría en un lobby a favor de las compañías multinacionales de tecnología?

Por último, la ley no hace mención ni resuelve los problemas que tienen en nuestro país los teletrabajores cuando la empresa contratante se encuentra en el exterior. Es el caso, por ejemplo, de muchos programadores que trabajan desde sus casas en el país para empresas de alta tecnología como Google o Microsoft. En estos casos, como sus honorarios son abonados en dólares pero al transferirlos a nuestro país son pesificados al tipo de cambio oficial y no al tipo de cambio real, muchos optan por mantener sus ahorros en cuentas en el exterior. Lo que configura una complicación para los trabajadores y una pérdida de ingresos para el país. Un punto que merecía tratamiento, pero no estaba en agenda.

En conclusión, el teletrabajo es una herramienta capaz de generar nuevos empleos y brindarle mayores ingresos a la población. Pero definitivamente su aprovechamiento depende de cuán capaces seamos de intuir el mundo del futuro que se aproxima (más hoy que mañana), junto a los nuevos desafíos que están transformando la realidad. La “nueva normalidad tiene que ver más con la tecnología que con el barbijo. Tal como aquellos emprendedores que hicieron de una idea un sinfín de nuevas posibilidades, no deberíamos ver un punto en una pantalla sino fantásticos juegos en 4D. No deberíamos ver al teletrabajo como una amenaza sino como un abanico de innovaciones para beneficiar nuestra productividad y mejorar las condiciones de vida.

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