Martes  12 de Mayo de 2020

Más de una década sin horizonte económico

Más de una década sin horizonte económico

Es común en estos días dramáticos en que la pandemia aún estremece a la humanidad, leer y escuchar un sinnúmero de demandas dirigidas prioritariamente a atender las múltiples necesidades emergentes del freno económico derivado de las medidas destinadas a la protección de la salud pública.

Bien se ha dicho que en Argentina el virus ha aparecido en un contexto extremadamente complicado en materia económico-social. Pero no siempre hay coincidencias en la identificación del punto de partida de la nueva situación o, lo que es lo mismo, a dónde había llegado nuestro país en materia de empleo y de ingresos. Hagamos un rápido repaso.

¿Creció el desempleo? ¿Disminuyó el empleo? ¿Empeoró su calidad? El salario, ¿cuánto perdió en capacidad de compra? ¿Declinó la riqueza promedio (el PBI per cápita)?

De la respuesta a estas preguntas podremos sacar conclusiones dispares según las miremos en relación al último año, al último gobierno o a los dos últimos periodos gubernamentales. Y también si pretendemos aislar la evolución de los indicadores en Argentina del acontecer regional.

En base a los datos oficiales se deriva que la desocupación creció durante el último gobierno, aunque su nivel no es comparable, con los datos precedentes que subestimaban el empleo a costa de la tasa de actividad. También se ve que hacia 2017 la tasa de desempleo había bajado un par de puntos porcentuales.

En cuanto al empleo de los asalariados registrados hubo una caída (en especial en 2019) particularmente en la rama industrial, no así el conjunto del empleo asalariado que creció en medio millón de puestos en los últimos cuatro años. Ese crecimiento, sin embargo, se asentó de manera casi excluyente en los asalariados desprotegidos.

Desde el punto de vista de la totalidad de las ocupaciones, el componente más dinámico en el cuatrienio fue el conjunto de no asalariados (cuentapropistas y patrones) al crecer un 10%, frente a un 5% de los puestos precarios y 1% de los asalariados registrados.

Dentro de los asalariados los registrados privados tuvieron un deterioro en sus ingresos en el último bienio de más del 10%. Eso tuvo reflejo en otro indicador; el ingreso de la ocupación principal (de 2015 a 2019) según la EPH cayó un 14%, explicado principalmente por el deterioro de 2019 ya que entre 2014 y 2018 su nivel se había mantenido relativamente estable.

Sin embargo el ingreso per cápita familiar en igual lapso perdió la mitad de esa cifra, 7%. Ello ocurrió luego de que en 2017 y 2018, había registrado valores récord en la serie.

Por último, el PBI per cápita argentino en 2019 es el más bajo en los últimos diez años superando apenas el valor de 2009: la torta igual o menor frente al modesto crecimiento poblacional alcanza cada vez menos.

Ahora bien, como resultado de esta evolución que, como es sabido se compuso de un alto dinamismo ocupacional y de ingresos en los primeros años de salida de la crisis de 2002, con un amesetamiento durante el primer gobierno de Cristina Kirchner y franco proceso de deterioro en su segundo mandato, disimulado en base a dos mecanismos negativos en el mediano plazo. La continuidad del enorme subsidio a las tarifas que eliminó el superávit energético y por ende de la balanza de pagos y una intensificación de la absorción de empleo estatal.

Pero todo ese ejercicio que procuraba tapar el cielo con las manos tocaba a su fin en el momento de la transición política al cierre de 2015.

El gobierno de Cambiemos creyó que se enfrentaba a una tarea sencilla menospreciando el efecto combinado del imprescindible ajuste tarifario con una política antiinflacionaria rigurosa que pudieron convivir mientras ingresaban capitales externos que, en lugar de ser inversiones productivas lo fueron de carácter especulativo.

De allí que en 2018, luego de un 2017 significativamente exitoso en materia de producto, de empleo y de distribución del ingreso, el cambio de la estrategia de los movimientos financieros internacionales, empujó hacia el pedido de ayuda al FMI, organismo que evitó el descalabro total pero la gestión llevada a cabo no pudo evitar ni el mayor nivel inflacionario ni la corrida contra el peso. Todo ello en el marco de una intensa puja electoral poco propicia para la formulación e implementación de políticas de estado.

Así llegamos a fines de 2019 con una fuerza laboral de 21 millones de puestos de trabajo, la mitad de los cuales corresponde a los asalariados registrados. El resto se reparte en cuantías parecidas entre los asalariados no registrados y los no asalariados. La composición es casi idéntica de la registrada en 2008.

Ese es el universo que se ha puesto en tensión con la declaración de la cuarentena que ya lleva un mes y medio y promete al menos otro tanto. La situación crítica que conjuga la inconclusa negociación por la deuda con los acreedores privados de bonos nominados en moneda extranjera con un shock de oferta quizás más intenso que en otras partes limita fuertemente los esfuerzos de contención social.

Para eso es preciso tener mejor conocimiento de la composición y las características de la fuerza laboral. Entre esos elementos se encuentra el hecho de que dentro de los asalariados registrados el 30% corresponde a los puestos de la administración pública y de la enseñanza pública y otro 20-22% lo absorben el comercio y la industria que han sufrido enormemente el impacto del detenimiento de la actividad productiva.

De igual modo, los no registrados se concentran en pocas ramas: 25% en servicio doméstico; otro tanto entre Agro y Comercio y otro 20% adicional integrado por Industria y Construcción. En total son cinco millones de puestos afectados en su casi totalidad.

Finalmente hay otros 5,5 millones de no asalariados entre los que se encuentran los titulares de las empresas sin cuya preservación el futuro del empleo y de los ingresos será poco menos que insoluble. De ellos, alrededor de un tercio corresponden al Comercio. Cuatro sectores completan el 80 % del total de ese grupo: Construcción, Industria, Agro y Actividades inmobiliarias y empresariales.

De manera que cualesquiera hayan sido los motivos y los senderos por los que llegamos hasta aquí, la puesta en marcha de medidas de protección pero que a la vez apunten a la recuperación económica imprescindible no pueden menos que reconocer la configuración presente. Y, por supuesto, la explicitación de un horizonte hacia el cual se pretenda dirigir la nave. En ese horizonte, por ahora, brilla la ausencia de una estrategia inversora luego de décadas de declinación en la materia. La tarea es inmensa.

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