Martes  30 de Abril de 2019

El atroz encanto de ser argentinos (cansados)

El atroz encanto de ser argentinos (cansados)

“Estamos durmiendo sobre un volcán… ¿no se dan ustedes cuenta de que la tierra tiembla de nuevo?”, manifestó a viva voz Alexis de Tocqueville, político francés, en su intervención en la Cámara de Diputados, para alertar sobre la revolución que Karl Marx y Friedrich Engels motivarían en 1848. Décadas antes, la revolución francesa, la industrial de Gran Bretaña, la guerra americana y la crisis económica de 1776 reforzaron el triunfo de la industria capitalista, de la clase media y la caída de los “ancien regimes” (antiguos regímenes).

Sencillamente se despojaron los derechos políticos y sociales a los hidalgos, la clase noble, la cual vivía de los innumerables beneficios del cargo público como la excepción de impuestos y cobro de tributos a título personal cuando los ingresos, habitualmente mal administrados y la inflación rampante, resultaban insuficientes. Con esta actitud, la nobleza no solo irritaba a la clase media sino también al campesinado. Asimismo, los problemas financieros de la época no pudieron ser solucionados a pesar de varios intentos de achicar el gasto del estado, del cual el 50% eran gastos de intereses de deuda producto del financiamiento de la revolución americana, un 30% correspondían a gastos de infraestructura, diplomacia y ordinarios.

Natalio Botana, historiador y autor de “El orden conservador”, en 2001 compartió su análisis de aquella crisis mediante el libro “Poder y Hegemonía“. La tesis principal de autor fue que la sociedad y sus representantes había roto todo vaso comunicante entre unos a otros. En sus propias palabras la sociedad argentina se intentaba mirar frente a un espejo roto.

Desde entonces, la relación entre ambos no tuvo mejoras, empeoró con vicepresidentes encarcelados, diputados y senadores con pobreza de lenguaje e ideas, pero pegados a sillas acolchonadas de privilegios, sindicalistas sospechados, pero nunca con sentencia firme. Aquella sociedad colocó sus esperanzas en “lo menos malo” del sistema como la Dra. Carrio, el Dr. Borocotó, Sra. Ocaña, entre otros, que tiempo más tarde volverían a defraudar y repetir idéntico comportamiento que la sociedad denostaba. El periodismo por caso tomó un rol paternal, arropando a esa sociedad cansada en desnudar y elegir “al menos malo” de los candidatos a conducir nuestros asuntos comunes. Tal es así que la campaña presidencial de 2015 no tuvo una agenda de debate ni ideas ni proyectos, la Argentina votó “para salir del paso”. Desde entonces y quizás mucho antes persistimos en colocar (y festejar) parches, remiendos suaves a hemorragias intestinas.

La Argentina actual encuentra, a pesar de los siglos de distancia, similitudes con aquella Francia e Inglaterra en ebullición: una sociedad cansada, hastiada y distanciada de la clase dirigente que la representa, incluidos jueces y sindicalistas, y ansiosa por un take off de su economía sostenible y predecible, como las reglas de juego, de cara al futuro. Esta sociedad cansada vive, nuevamente, ciclos económicos muy cortos pero cada vez más profundos y a tener que elegir “al menos malo” de la oferta de panfletos de candidatos. Demanda proyectos, reglas de largo plazo y claras para poder proyectar un estilo de vida pero la política hace oídos sordos y evita consensos en problemas y soluciones.

A nivel internacional, en los últimos años, también hemos asistido a la perdida de buenos estadistas y falta de comunión entre representantes y representados (véase España, Francia o Italia y la difícil elección que se llevó a cabo en Chile, Australia y las constantes fricciones en Inglaterra). Muchas otras sociedades se miran frente a espejos rotos.  

El consenso de mercado, a quien los argentinos seguimos diariamente, afirma que nos autoimpusimos el traje del default selectivo, que la credibilidad prestada por el F.M.I fue temporal, que la recesión va a durar un buen tiempo (seguimos desde hace años en estanflación) y que a pesar de que las valuaciones y tasas de descuento a cualquier flujo de fondo son atractivas y altamente riesgosas pocos deciden tomarlas. Por último, el consenso piensa, de que si continúa una ideología y actitud como la del gobierno liderado por el Sr. Macri se harán las otras reformas necesarias generando una ganancia de capital tanto en bonos como en renta variable (el premio).

Si listásemos qué lecciones hemos aprendido como sociedad en los últimos tiempos, una de ellas sería que nunca hemos demandado políticas de consenso ni largo plazo a nuestros representantes. Hemos aceptado, mansos, lo poco que ellos han querido dar en términos de logros, ideas e interpretación del mundo y la realidad con el costo de que varias generaciones no sepan trabajar en ámbitos con mayor certidumbre en lo económico y en posibilidades de autodesarrollo (emprender, tener una familia, contar con un sistema educativo y de salud aceptables, etc.) 

En tal sentido, los debates del mundo se están alejando lentamente de los nuestros. Mientras el mundo debate sobre robótica, genética, impulso de la industria aeroespacial y el conocimiento, y cual guerra fría hay que elegir un bando en la tecnología: China o Estados Unidos. Por su lado, Argentina persiste en debatir las causas de la inflación (lamentablemente necesita de persistencia, disciplina y tiempo), el rol de su banco central (con -otra- nueva carta orgánica en puerta), modelo de negocios (agroexportador, fabricante de vehículos o exportadores de servicios o turismo) o si nuestra dirigencia sindical cumplió treinta o veinte años en el mismo sillón, entre otras. 

Sin ir muy lejos, Australia y Chile han mantenido duros debates sobre cómo insertar su proyecto de país hacia donde el mundo se dirige. En campaña Piñera convenció a los divididos chilenos en que Chile debe ser protagonista en el desarrollo espacial, la genética y el desarrollo del conocimiento. Disminuyendo el rol de las materias primas. Australia hace siete años concluyó que las materias primas no traerían los recursos suficientes para el proyecto de país propuesto, así hicieron una reforma fiscal y monetaria intensa (cambios en inmigración, en tributos, en incentivos a determinadas industrias de servicios, etc.), este debate fue resumido en un brillante discurso público del último presidente del Banco Central (R.B.A, Royal Bank of Australia).

Las crisis, según los proverbios chinos, son oportunidades en tanto y cuanto trabajemos para hacerlas realidad. (Rezar y tener pensamientos positivos ayuda, pero mejor que la suerte nos encuentre trabajando). Así entonces, sería beneficioso que presionemos a la clase dirigente a mostrar un plan consensuado entre “oposición” y “oficialismo”, ya que cualquier medida necesitará obligadamente de los votos de la otra y que entre ambos lleven a la sociedad cansada a un puerto -sin discursos publicitarios ni chicanas-. A modo de salir del pensamiento de corto plazo, podríamos preguntarnos y responder entre políticos y sociedad:

(1)¿Qué proyecto de país queremos?, ¿Qué queremos venderle al mundo y cómo lo imaginamos?

(2)¿Qué nivel de presión tributaria queremos? ¿Cómo sería posible una rebaja de impuestos sin financiamiento exterior?

(3)¿Qué queremos hacer con nuestro fondo de jubilación (FGS)?, ¿Queremos que asista a los gobiernos de turno o adopte otra filosofía?, ¿Cómo pagaremos el déficit y perdidas actuales?

(4)¿Qué deseamos hacer con los argentinos invalidados por las sucesivas crisis económicas y falta de educación? Debemos aceptar, que una parte de nuestra población no es empleable y que necesitarán un subsidio casi de por vida.

(5)¿Qué mercado de capitales queremos? ¿Queremos que se desarrolle o preferimos penalizarlo con impuestos y regulaciones eternas y cambiantes?

(6)¿Qué sistema de salud queremos? ¿Queremos que los privados hagan el rol de salud pública?

(7)¿Qué estilo de vida queremos los argentinos?, ¿Viajar por el mundo, consumir con cuotas sin interés, el techo propio, asado, una casa de fin de semana y departamento en capital con auto propio?

(8)¿Qué sistema educativo queremos y con qué clase de dirigentes y profesores?

(9)¿Qué dirigencia sindical y de ministros?

(10)¿Qué modelo de emprendedores y empresarios queremos motivar y promover?

(11)¿Estamos dispuestos a sufrir temporalmente desempleo hasta llegar al “destino o estabilidad buscada”? 

(12)¿Qué calidad de periodismo queremos escuchar, leer y mirar?

La generación de 1980 es quien hoy paga el efecto de la dos últimas crisis (2001 y 2018), además de los ocho años en los que Argentina vivió en una burbuja letal. Como sociedad deberíamos preguntarnos si realmente estamos dispuestos a hacer una revisión a fondo y contestarnos las preguntas más duras para delimitar un plan de vuelo y un destino.

En Francia o en Inglaterra las revoluciones no se dieron porque “las clases” (concepto que perece en el mundo) eran educadas, los números de alfabetismo eran un horror como los de Argentina en 1990 donde los alumnos de séptimo grado obtenían menos de la mitad del puntaje requerido por exámenes internacionales, a duras penas podían interpretar un texto o hacer cuentas simples. Estaban cansados, agotados. Ojalá podamos pasar del exitismo al ser exitosos. 

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