El secreto mejor guardado de Brasil: las playas donde veranean los ejecutivos paulistas

El secreto mejor guardado de Brasil: las playas donde veranean los ejecutivos paulistas

Con más de 112 balnearios para recorrer, el municipio de Ubatuba, en la Costa Verde, es el destino elegido por los habitantes de San Pablo para hacer surf, nadar con tortugas marinas y pasear por el bosque tropical

La ciudad de San Pablo es el centro financiero de Brasil y una de las ciudades más pobladas del mundo. Inmensa, cosmopolita y abrumadora, es sumamente interesante para los aficionados a la arquitectura pero diametralmente opuesta a aquello que los argentinos buscan en el país vecino: playas paradisiacas y ritmo tropical. Sin embargo, 224 kilómetros al este de la vorágine citadina se llega a un municipio que tiene todo lo que cautiva de Brasil y algo más: Ubatuba, el lugar donde veranean los paulistas.  

 

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En el occidente del Estado de Río de Janeiro, muy cerca de la frontera con el de San Pablo, se levanta una de las ciudades más antiguas y cautivantes de Brasil: Paraty. Con un importante pasado colonial -fue el puerto exportador de oro más importante del país entre 1530 y 1815-, se distingue especialmente por su centro histórico muy bien mantenido y por las playas e islas circundantes.

Para los extranjeros, probablemente el encanto más particular de Ubatuba -más allá de sus paisajes exuberantes- es el predominio de turistas locales: en sus calles no se escucha el español ni tampoco el inglés todos hablan portugués. A diferencia de otros destinos de la Costa Verde, aquí sólo vacacionan los brasileros. 

La ciudad, situada en el Trópico de Capricornio, se extiende entre la inmensida azul turquesa del océano Atlántico y el valle fértil que la rodea. Al norte, se suceden las hectáreas de bosque y montañas que forman parte del Parque Estatal Serra do Mar. Hacia donde se mire, los ojos se encuentran con una única visión: la naturalez en su máxima expresión.

Días de playa

Para recorrer Ubatuba es fundamental contar con un mapa que ofrecen todas las posadas y hoteles: el de sus 112 playas. El municipio cuenta con 100 kilómetros de costa y ofrece alternativas para todos los perfiles de viajeros. Aquí ningún día es igual al anterior.

Para quienes disfrutan de las olas salvajes y de realizar deportes acuáticos, el punto más famoso es Itamambuca, una de las playas mejor preservadas de todo Brasil que, por sus características naturales, se convirtió en un paraíso surfista. A lo largo del bulevar por el que se accede a la playa se levantan las elegantes casonas donde los ejecutivos paulistas cuelgan sus trajes de oficina para calzarse los de neoprene. Otras de las playas más famosas en las afueras del área urbana son Lázaro y su vecina Domingas Días, donde las aguas calmas y translúcidas invitan a sumergirse en las profundidades y a nadar junto a las tortugas marinas que se acercan a curiosear.

En la zona más urbana –es posible ir caminando desde el centro si se está en buen estado físico– la Praia do Cedro tiene un encanto muy particular: es sumamente pequeña y aparece, inesperadamente, entre la abundante vegetación. Cedro forma parte de la Trilha 7 Praias Desertas y es una playa prácticamente virgen con un único parador donde comprar algo para comer y beber o alquilar sombrillas, reposeras y equipos de esnórquel.

Cerca de allí, la playa Vermelha do Centro es una muy buena opción para visitar con niños: arenas extensas, mar calmo y poca gente, la fórmula de la tranquilidad. Entre las alternativas céntricas, Praia Grande es una playa con la misma belleza espectacular de las ya mencionadas pero sumamente poblada. Allí van todos en familia, con sus gazebos y heladeras repletas de latas de cerveza, dispuestos a pasar un día de sol, mar y música a todo volumen. 

 

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Noches pueblerinas

Si bien Ubatuba invita a aprovechar el día al máximo, cuando cae el sol nadie se queda en casa, pero tampoco se van muy lejos de ella. Es que todos los veraneantes de la ciudad, desde los niños hasta los ancianos, sacan las sillas a la vereda para contemplar la nada, pero en comunidad. Así pasan las noches de calor intenso, tomando tragos tropicales o jugos de frutas, jugando al ajedrez o conversando, pero siempre en la calle. Es como si trasladaran parte de su intimidad de las puertas para afuera con un único objetivo: compartirla con todos.

En el centro se levantan uno tras otro los restaurantes turísticos y los lanchonetes para comprar comidas rápidas, mientras por la costa pasa el tren de la alegría con sus luces de neón, comandado por una bicicleta a motor. Niñas con helados que las doblan en tamaño, picaditos improvisados sobre las calles de arena, ferias artesanales y comidas en la vereda: la postal inconfundible de un destino familiar, pero en el país de al lado. 

 

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