

Este fin de semana no pude resistirme a ver México 86 con Diego Luna. Más allá de lo costumbrista de la historia, me quedé viendo las imágenes reales de los partidos, la famosa ola de las plateas, los videos desde las gradas del estadio plagadas de personas disfrazadas, en familia, todos tricolores. Y el protagonista le explica al representante de la FIFA que llega a ‘cancelar’ el Mundial a causa del sismo del 85 “este es el pueblo, son los ciudadanos los que salvan este evento”.
Cuarenta años después, el mismo estadio vuelve a abrir sus puertas a la Copa del Mundo, por tercera vez. Pero la sola comparación de precios entre las tres ediciones, medida en lo mismo el costo de ver cada partido, es una radiografía del país y de la FIFA.
En 1970, entrar a ver a México contra la Unión Soviética costaba entre 30 y 80 pesos, que era el equivalente a un día de salario mínimo. En 1986, cada entrada salía unos 625 pesos, menos de la mitad del salario mínimo diario de ese año (siete años antes de que le quitaran tres ceros al peso mexicano).
En 2026, el boleto oficial más barato para el partido inaugural entre México y Sudáfrica cuesta 7,000 pesos, el equivalente a 22 días de salario mínimo.
La diferencia no se explica solo con la inflación ni con el crecimiento natural del futbol como negocio global. Hay una decisión específica detrás de este encarecimiento, y The Economist la documentó hace pocas semanas con un análisis que revela que este Mundial será el evento cultural más caro de la historia de la humanidad. Y la explicación tiene que ver precisamente con el precio de los boletos.
Durante décadas, las entradas se vendían deliberadamente por debajo de lo que el mercado habría podido sostener. La lógica indicaba que había que llenar los estadios, crear atmósfera y hacer diferencia financiera solo con los derechos de transmisión y los patrocinios. En esta edición 2026 es diferente porque por primera vez la FIFA tomó el control directo de la boletería, en lugar de delegarlo a los organizadores locales. Implementó precios dinámicos (donde el costo sube con la demanda) y abrió un mercado oficial de reventa del que se queda con un 15% tanto del comprador como del vendedor.
Incluso ajustando por inflación, los boletos en América, Canadá y México cuestan más del doble que en Qatar 2022 y cuatro veces más que cuando Estados Unidos fue sede en 1994.
El modelo es, como apunta The Economist, distintivamente estadounidense: los aficionados de la NFL pagan al menos 900 dólares por boletos del Super Bowl, y la gran mayoría supera los 6,000 dólares. En Europa, en cambio, el ticket más barato para la final de la Champions League de este año fue de 200 dólares.
La revista británica advierte en su reportaje que la FIFA se arriesga a dañar el producto mismo: los estadios llenos crean el ruido y la tensión que hacen los partidos irresistibles en pantalla.
Los estudios muestran que los aficionados más adinerados son más silenciosos y menos apasionados.
Pero, ¿el pueblo?
México hoy es gobernado por una administración que se define como la representante de los de abajo, la que llegó para romper con los privilegios de la élite. Sin embargo, la cuenta del Mundial 2026 es la más onerosa en la historia mundialista mexicana.
La presidenta Claudia Sheinbaum anunció una aportación federal de entre 1,500 y 2,000 millones de pesos para cada una de las tres sedes para infraestructura de transporte (como la Línea 2 del Metro en la CdMX, la Línea 5 en Jalisco, y las Líneas 4 y 6 en Nuevo León).
Solo el gobierno capitalino reportó más de 23,000 millones de pesos invertidos en unas más de dos mil obras de infraestructura, pavimentación y movilidad relacionadas con el Mundial. Las estimaciones totales para las tres ciudades son de entre 37,000 y 53,000 millones de pesos en inversión pública directa, aunque algunas proyecciones que incorporan infraestructura privada, seguridad, logística y tecnología elevan el monto por encima de los 100,000 millones de pesos.
Para poner en contexto, este monto equivale a 30 veces el presupuesto anual de la Comisión Nacional de Búsqueda (entre 1,000 y 1,200 mdp).
Otro capítulo difícil de justificar políticamente, tiene que ver con los impuestos a la millonaria a la FIFA, de hecho México es el único de los tres países anfitriones que otorgó una exención fiscal total a la Federación. Ni Estados Unidos ni Canadá cedieron.
Si bien es cierto que la FIFA exige sistemáticamente evitar impuestos como condición para conceder la sede (hubo porcentajes eliminados en las ediciones tanto en Brasil como en Rusia), lo que sí es excepcional es la magnitud de lo que cedió frente a sus propios co-anfitriones. Según el reporte de evaluación de candidatura publicado por la propia FIFA, Estados Unidos negoció sede por sede y ciudad por ciudad. Por ejemplo Santa Clara, en California, se negó directamente a exentar impuestos y en el caso de Canadá solo dió algunos beneficios aduaneros sobre importación de bienes.
En cambio México entregó todo porque “todas las personas físicas y empresas, nacionales y extranjeras, que participen en la organización del Mundial de forma directa o indirecta, no pagarán impuestos por esas actividades. ISR, IVA, todo”.
Esto constaba en un documento firmado en el último año del gobierno de Enrique Peña Nieto y ratificado por la mayoría de los legisladores de Morena el año pasado.
¿Cuánto representa eso? Ni siquiera queda claro cuánto dinero dejará de recibir México en impuestos no cobrados. La cifra no ha sido publicada por ninguna dependencia gubernamental.
La razón, al menos, es conocida. Como anfitrión, el gobierno aceptó hace 9 años la exención total porque enfrentaba desventaja frente a sus co-anfitriones en infraestructura y conectividad, y necesitaba ofrecer algo que ellos no dieran para garantizarse 13 partidos en lugar de diez. En otras palabras: pagamos con impuestos no cobrados lo que no podíamos ofrecer en estadios modernos.
En la película México 1986, un burócrata ingenioso batalló meses para traer el futbol al pueblo, y logró arrebatarle la sede a Estados Unidos porque precisamente ya teníamos un estadio construido y casi no necesitaba gastar. Y el resultado fue uno de los Mundiales más recordados de la historia: El mejor gol de la historia de los mundiales por Manuel Negrete; Maradona y la Mano de Dios más el Gol del Siglo, el Azteca rugiendo. Esa magia, la película lo recuerda y no salió de los palcos VIP sino de las gradas populares.

















