

En 1830, pocos años después de la guerra de Independencia, surgieron los primeros indicios de empresas en México. La economía era fundamentalmente rural y estaba marcada por la fragmentación política, la falta de infraestructura, la escasez de capital y un mercado interno pequeño y poco integrado. La industria textil marcaría la pauta y sería la precursora del ecosistema empresarial actual.
El historiador José C. Valadés documentó el nacimiento de la industria mexicana. En sus escritos, que son parte del archivo de la UNAM, detalla que Lucas Alamán –político, historiador y empresario– creó el Banco de Avío durante el gobierno de Anastasio Bustamante, a finales de 1830, para financiar maquinaria, capital y tecnología para la industria nacional. Su foco principal fue la manufactura textil.
La mayoría de los empresarios industriales eran extranjeros, de nacionalidad inglesa, francesa y española principalmente. Ellos establecieron fábricas en la Ciudad de México, Tlalnepantla, Puebla, Tlaxcala, León, Celaya y Querétaro.
Mucho antes de los grandes corporativos mexicanos, México tuvo que aprender a fabricar. Y también tuvo que aprender a financiar, transportar y vender lo que fabricaba.
Los textiles eran bienes de consumo masivo y México importaba buena parte de las telas que utilizaba. Por eso, Alamán defendía que el Estado debía estimular la existencia de fábricas modernas para reducir la dependencia de textiles extranjeros. El Banco de Avío se creó con un millón de pesos provenientes de una parte de los derechos aduanales sobre productos de algodón. Pero fue clausurado en 1842 por Antonio López de Santa Anna, cuyo argumento fue la insostenibilidad económica y la ineficiencia.
Sin embargo, el Banco de Avío ya había sentado las bases y había impulsado no sólo fábricas textiles sino de aguardiente, tabaco y carrocerías, según narra Valadés.
Durante los siguientes cuarenta años México estaba aprendiendo a hacer empresas, pero también estaba aprendiendo a financiarlas.
Según el sitio web de Banxico, en 1881 se firmó el contrato para crear el Banco Nacional Mexicano, con capital relacionado con el Banco Franco-Egipcio de París. La institución podía emitir billetes, recibir depósitos, descontar documentos y actuar como agente del gobierno.
Para 1883 ya existían siete bancos emisores con distintas concesiones. Y en 1884, el Banco Nacional Mexicano y el Banco Mercantil se fusionaron para formar el Banco Nacional de México (Banamex).
No sólo la banca fue fundamental para el desarrollo de las empresas en México, sino que también lo fue el ferrocarril, que cambió radicalmente el mercado durante la dictadura de Porfirio Díaz. La red ferroviaria pasó de alrededor de 1,074 kilómetros en 1880 a 19,280 en 1910, lo que abrió la posibilidad de expansión y que permitió a las empresas ya no producir solamente para una ciudad o una región, sino para un mercado nacional.
El historiador de la UNAM, Silvestre Villegas Revueltas, menciona que durante la pausa del Porfiriato, es decir, durante el gobierno de Manuel González (1880-1884), el Estado impulsó una política de expansión comercial y fortalecimiento de la relación con Estados Unidos.
Esto impulsó el desarrollo empresarial, sobre todo del sector extractivo. Para 1900, una fuente del archivo de la UNAM contabiliza unas 800 empresas estadounidenses frente a unas 150 empresas de propietarios mexicanos.
El nacimiento del ecosistema empresarial en Monterrey
Durante el Porfiriato, la capital de Nuevo León se convirtió en el epicentro de la empresa mexicana. No sólo porque nacían empresas, sino porque las que surgieron no funcionaban aisladamente.
En 1890 se constituyó la Fábrica de Hielo y Cerveza Cuauhtémoc, de la mano de los comerciantes y empresarios Isaac Garza, José A. Muguerza y Joseph Schnaider.
Ellos, en lugar de depender de proveedores externos, empezaron a crear empresas para abastecerse. En este contexto, en 1899 se crea una fábrica de vidrio vinculada al ecosistema cervecero.
Y en 1900 nace la extinta Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey, con empresarios como Vicente Ferrara, Eugenio Kelly, León Signoret y Antonio Basagoiti, además de decenas de accionistas. Es así como se empieza a construir un ecosistema alrededor de una empresa ancla.
Siglo XX, nacimiento de conglomerados competitivos globalmente
El siglo XX encontró a México con una base industrial que apenas comenzaba a consolidarse, pero en las siguientes décadas surgieron empresas que terminarían convirtiéndose en algunos de los mayores grupos empresariales del país.
En Monterrey, el proceso fue particularmente visible. Vidriera Monterrey, creada en 1909, nació para producir envases de vidrio para la industria cervecera y con el tiempo fue ampliando su actividad hacia el vidrio plano, automotriz y otros segmentos, hasta convertirse en Vitro.
Por otro lado, Cementos Hidalgo inició operaciones en Nuevo León en 1906 y, tras la creación de Cementos Portland Monterrey en 1920, ambas compañías se fusionaron en 1931 para formar Cementos Mexicanos, el antecedente de Cemex.
Estas empresas construyeron industrias capaces de abastecer una economía mexicana cada vez más urbana y en expansión.
A partir de las décadas de 1920 y 1940, la expansión del mercado interno dio lugar a nuevos protagonistas en industrias de consumo masivo. Grupo Modelo fue fundado en 1925 y comenzó a construir una de las mayores plataformas de producción y distribución de cerveza del país, con marcas como Corona, Modelo y Victoria.
Dos décadas después, en 1945, nació Panificación Bimbo en la Ciudad de México, inicialmente con apenas 34 trabajadores y cuatro variedades de pan. Su apuesta por industrializar el pan de caja y desarrollar una red propia de distribución terminó convirtiéndose en una de las historias empresariales más importantes del país.
Ambas compañías muestran una nueva etapa del empresariado mexicano: la construcción de marcas, redes de distribución y cadenas de suministro para llegar a un mercado nacional cada vez más amplio.
La siguiente transformación fue la aparición de los grandes conglomerados. En Monterrey, la tradición industrial acumulada desde finales del siglo XIX desembocó en grupos capaces de operar simultáneamente en distintas industrias. ALFA, por ejemplo, se organizó como sociedad controladora en 1974 para administrar empresas vinculadas al acero, empaques y minería, y posteriormente se diversificó hacia petroquímica, fibras, alimentos, electrónica y automotriz.
En otra trayectoria, Grupo Carso se constituyó en 1980 como Grupo Galas y durante esa década comenzó a adquirir empresas de sectores tan distintos como tabaco, papel, comercio, minería y productos industriales. Para 1990 adoptó el nombre de Grupo Carso y ese mismo año participó en la adquisición de Telmex.
Con ellos se consolidó una nueva figura del empresariado mexicano: el conglomerado, capaz de crecer mediante adquisiciones, integrar negocios y diversificar riesgos. Para finales del siglo XX, esa estructura sería una de las características más visibles del capitalismo mexicano.
En un siglo, México pasó de preguntarse cómo fabricar telas para dejar de importarlas a preguntarse cómo construir empresas capaces de competir globalmente.
Con el siglo XXI, estas empresas se han fortalecido y cruzado fronteras. Y en los últimos veinte años, con la democratización de internet, han surgido otras empresas mexicanas apalancadas por la tecnología y frecuentemente financiadas por capital de riesgo, como el marketplace de compraventa de autos seminuevos, Kavak; el exchange de criptomonedas, Bitso, y la fintech de terminales de pago, Clip.
De las primeras fábricas textiles a las startups tecnológicas, el reto ha cambiado de forma, pero no de fondo: México sigue construyendo el ecosistema que necesitan sus empresas para crecer.

















