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Durante 37 años, Alí Jameneí fue la voz, el puño de hierro y el guardián de la fe de la República Islámica de Irán. El 28 de febrero de 2026 pasará a la historia de Oriente y Occidente como el día en que un ataque conjunto de Israel y Estados Unidos terminó con su vida, su gobierno de terror, arrasó con gran parte de la cúpula del régimen teocrático del que era líder supremo y abrió un nuevo interrogante sobre el futuro del país, la región y la geopolítica internacional. en el corazón de Teherán.
Nacido en 1939 en Mashhad, ciudad santa del noreste iraní, Jameneí creció en una familia de clérigos y encontró su destino como discípulo de Ruhollah Jomeini, el arquitecto de la Revolución Islámica de Irán.
Durante la monarquía del Sha fue encarcelado y torturado por la temida policía secreta SAVAK, lo que forjó en él un espíritu que lo definió como líder. En 1981, ya en el poder, sobrevivió a un atentado con bomba que dejó su brazo derecho paralizado de por vida: una “herida de guerra” que utilizó durante décadas para cultivar su imagen de mártir viviente.
Fue presidente de Irán durante la brutal guerra contra Irak (1980-1988), período que cimentó su alianza con la feroz Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC), su principal instrumento de control.
En 1989, tras la muerte de Jomeini, fue elegido Líder Supremo. Aunque carecía del rango religioso requerido, la Constitución fue modificada para permitir su ascenso, inaugurando una era de centralización absoluta donde su palabra era ley por encima del presidente y el parlamento.

Como Líder Supremo, ejercía autoridad sobre el poder judicial, los medios estatales y todas las fuerzas de seguridad, incluida la Guardia Revolucionaria. Nada de relevancia estratégica ocurría en Irán sin su aprobación. Todos los candidatos a cargos públicos debían pasar por el Consejo de Guardianes, cuyos miembros él mismo designaba directa o indirectamente.
Su doctrina exterior se definió por un antiamericanismo visceral y el rechazo declarado al Estado de Israel.
Bajo su supervisión, Irán construyó el “Eje de la Resistencia”: Hezbolá en Líbano, Hamas en Gaza, milicias chiítas en Irak y hutíes en Yemen.
Impulsó también el desarrollo nuclear como herramienta de soberanía, llevando al país a enfrentar décadas de sanciones y aislamiento internacional.
Puertas adentro, Jameneí fue el muro contra el que chocaron todas las olas de reforma. Miles de manifestantes fueron asesinados bajo su mando durante cada levantamiento popular, y sus fuerzas aplastaron repetidamente los movimientos de reforma a lo largo de las décadas.
Desde el Movimiento Verde en 2009 hasta las protestas de “Mujer, Vida, Libertad” en 2022 (en reacción por la muerte bajo custodia de la joven iraní-kurda Mahsa Amini), la respuesta fue siempre la misma: represión implacable y despiadada.
El año 2025 marcó un punto de quiebre. La nueva ola de protestas, extendida a más de 100 ciudades, mostró un nivel de desafío a las instituciones teocráticas nunca antes visto, fracturando incluso sectores de las fuerzas de seguridad.
En enero de 2026, Jameneí admitió públicamente la muerte de “varios miles” de personas durante las manifestaciones, atribuyendo la violencia a “enemigos externos”.

Con relación a la disputa sobre su programa de armamento nuclear, las negociaciones con Washington fracasaron repetidamente: un alto funcionario estadounidense reveló que Irán no mostró “ninguna seriedad para alcanzar un acuerdo real”, incluso cuando Washington ofreció “combustible nuclear gratis para siempre”.
El 28 de febrero de 2026, el presidente Trump autorizó la Operación Furia Épica en coordinación con Israel. Al menos 30 bombas habrían caído sobre el complejo donde el líder iraní esta reunido con toda su cúpula.
Tras una larga jornada no exenta de especulaciones, Trump publicó un comunicado oficial desde su cuenta en Truth Social que disipó cualquier duda: “Jameneí, una de las personas más malvadas de la Historia, está muerto. Esto no es solo justicia para el pueblo de Irán, sino para todos los grandes americanos y personas de muchos países del mundo que han sido asesinadas o mutiladas por Jameneí y su banda de matones sedientos de sangre.”
Trump calificó el momento como “la única y más grande oportunidad para el pueblo iraní de recuperar su país”.
Sin embargo, la muerte de Jameneí desencadena una crisis de sucesión inmediata sin respuesta clara. Según la Constitución iraní, un consejo de clérigos debe elegir al nuevo líder supremo, pero los ataques también habrían eliminado a gran parte de los altos comandantes del IRGC y líderes políticos, dejando la cadena de mando en total acefalía.
Después de casi 40 años, Irán entra en un terreno absolutamente desconocido. El fin de Jameneí no marca el inicio de una transformación que podría redefinir para siempre el mapa geopolítico de Oriente Medio y del mundo.
Jameneí y su vínculo sangriento con Argentina
Para la Argentina, la muerte de Jameneí tiene una dimensión histórica particular. El atentado a la mutual judía AMIA, ocurrido el 18 de julio de 1994, es el mayor ataque terrorista sufrido en suelo argentino. Dejó 85 muertos y más de 300 heridos. La Justicia argentina determinó que fue planificado por el régimen iraní y ejecutado por Hezbolá.
Durante décadas, las investigaciones chocaron contra la impunidad. Irán nunca cooperó con la Justicia argentina ni entregó a los acusados. Jameneí gobernaba Irán en 1994 y lo siguió haciendo durante los 32 años en que el caso quedó sin resolución definitiva.

Es por eso que este sábado la Oficina del Presidente de la Nación difundió un comunicado oficial en el que Javier Milei celebró la muerte de Alí Jameneí, líder supremo de la República Islámica de Irán, tras el ataque conjunto lanzado por Estados Unidos e Israel sobre Teherán, al que calificó como “una de las personas más malvadas, violentas, y crueles que ha visto la historia de la humanidad”.
“Sus atrocidades no solo han sido sufridas por el pueblo iraní, sino que han impactado a lo largo de todo el globo. La República Argentina ha sido objetivo de tan solo uno de sus actos terroristas, el atentado contra la AMIA del 18 de julio de 1994, que resultó en 85 muertos y centenares de heridos en nuestro suelo. Según determinó la Justicia argentina, se trató de un acto de terrorismo internacional planificado desde las más altas esferas del régimen iraní de la época y ejecutado por Hezbolá, el principal grupo terrorista financiado por Irán”.















