En esta noticia
- <b>Frase de transición</b>
- <b>Siglo XIX y las guerras de expansión</b>
- <b>Las guerras “bananeras” y las ocupaciones tempranas</b>
- <b>Intervenciones durante la Guerra Fría</b>
- <b>Operaciones en el Caribe y Centroamérica de los 80</b>
- <b>Post-Guerra Fría y nuevos escenarios</b>
- <b>La disputa global y el lugar de América Latina</b>
La detención del presidente venezolano Nicolás Maduro por parte de fuerzas de Estados Unidos, tras una incursión militar que incluyó bombardeos sobre territorio venezolano durante la madrugada de este sábado, volvió a colocar en primer plano una práctica recurrente de la política exterior norteamericana: el uso directo de la fuerza fuera de sus fronteras para imponer objetivos estratégicos, políticos o de seguridad.
El presidente Donald Trump confirmó oficialmente el operativo y justificó la captura y el traslado de Maduro a Estados Unidos para ser juzgado por cargos de narcoterrorismo, en una acción que ya generó repercusiones regionales e interrogantes sobre su alcance jurídico y geopolítico.
Frase de transición
Sin embargo, lejos de tratarse de un episodio excepcional o aislado, la operación en Venezuela se inscribe en una larga historia de intervenciones militares estadounidenses que atraviesa más de dos siglos, con especial intensidad en América Latina y el Caribe.
Desde su fundación, los Estados Unidos desarrollaron una política exterior que combinó expansión territorial, doctrina de seguridad regional y, con el tiempo, acciones militares fuera de sus fronteras.
Una de sus primeras formulaciones ideológicas fue la Doctrina Monroe de 1823, que proclamó que cualquier intervención europea en América sería interpretada como una agresión hacia Washington, sentando las bases para la consolidación de EE. UU. como potencia hegemónica en el hemisferio occidental.
Siglo XIX y las guerras de expansión
En el siglo XIX, la expansión territorial hacia el oeste y la consolidación de la frontera incluyeron confrontaciones directas con México, que culminaron con la Guerra Mexicano-Estadounidense (1846-1848). Tras derrotar al ejército mexicano, Estados Unidos anexó amplios territorios, incluyendo Texas y los actuales estados del suroeste, en uno de los hechos que redibujaron el mapa del continente.
Las guerras “bananeras” y las ocupaciones tempranas
Al finalizar el siglo XIX y al comenzar el XX, tras la Guerra Hispano-Estadounidense de 1898, Washington emergió como potencia global y estableció bases permanentes en territorios como Puerto Rico, Guam y Filipinas. Con ese impulso, intervino repetidamente en países caribeños y centroamericanos, en episodios conocidos como las “Banana Wars” —ocupaciones, desembarcos y uso de la fuerza para proteger intereses económicos y políticos— que incluyeron acciones en Nicaragua, Honduras, Haití y la República Dominicana entre 1898 y 1934.
La presencia militar se manifestó en ocupaciones prolongadas, como la de Haití, donde marines desembarcaron en 1915 para resguardar intereses de empresas estadounidenses, manteniéndose prácticamente hasta 1934.
Intervenciones durante la Guerra Fría
Con la Segunda Guerra Mundial y luego la Guerra Fría, la política estadounidense se articuló en torno a la “contención del comunismo”. Fue también la época de los golpes de Estado encubiertos y de intervenciones directas o por proxy.
En 1961, la fallida invasión de Bahía de Cochinos en Cuba —operación apoyada por la CIA para derrocar a Fidel Castro— fue repelida por las fuerzas cubanas en pocos días, consolidando el régimen revolucionario y marcando un revés político para Washington.
Durante esos años, la CIA también dirigió programas clandestinos para desestabilizar gobiernos considerados afines a Moscú, y Estados Unidos apoyó con financiación y logística a los Contras en Nicaragua, un grupo armado que combatió al sandinismo en la década de 1980, dejando un saldo de miles de muertos y un legado de polarización y violencia.
Operaciones en el Caribe y Centroamérica de los 80
En 1983, bajo la presidencia de Ronald Reagan, unas 7.600 tropas estadounidenses invadieron Granada en la llamada Operation Urgent Fury, argumentando la necesidad de proteger ciudadanos estadounidenses y restablecer el orden tras un golpe interno.
Seis años después, en 1989, fuerzas de EE. UU. irrumpieron en Panamá con la “Operación Causa Justa” para capturar al general Manuel Noriega, buscado por narcotráfico. El Pentágono estimó más de 500 muertes panameñas en el operativo, en tanto que Naciones Unidas, la OEA y el Parlamento Europeo lo consideraron violatorio del derecho internacional.
De forma paralela, Estados Unidos mantuvo el control de la base naval de Guantánamo en Cuba a partir de un tratado de 1903, consolidando un enclave de proyección militar y geopolítica que perdura hasta hoy.

Post-Guerra Fría y nuevos escenarios
Tras la Guerra Fría, Washington lideró o participó en coaliciones militares en múltiples escenarios fuera de América Latina, incluyendo el Golfo Pérsico, los Balcanes y Medio Oriente. Estas campañas reflejaron una transición desde la contención del comunismo hacia estrategias de seguridad global.
En el Caribe y Centroamérica, la práctica de intervenciones directas cedió lugar a mecanismos multilateralistas o acciones de paz, como Operation Uphold Democracy en Haití (1994-1995), orientada a restaurar la democracia tras un golpe de Estado, aunque con presencia militar considerable en suelo haitiano.
La disputa global y el lugar de América Latina
En el plano estratégico global, analistas internacionales coinciden en que la principal disputa de poder de Estados Unidos ya no se concentra en conflictos regionales aislados, sino en la competencia estructural con China. La relación entre Washington y Beijing se configuró, en los últimos años, como un enfrentamiento de largo plazo que combina dimensiones económicas, tecnológicas, militares y diplomáticas, y que muchos comparan con una reedición de la Guerra Fría que Estados Unidos mantuvo con la Unión Soviética durante la segunda mitad del siglo XX.

En ese escenario, América Latina reapareció como una región de valor estratégico. El avance de China como principal socio comercial de varios países latinoamericanos, su presencia creciente en infraestructura, energía y financiamiento, y la profundización de vínculos políticos con gobiernos de la región reactivaron en Washington la preocupación por lo que históricamente definió como su esfera de influencia.
Para algunos analistas, ese diagnóstico explica el renovado interés de Estados Unidos por “ordenar” su entorno regional inmediato, en una lógica que remite a la Doctrina Monroe y a sus reinterpretaciones contemporáneas.
Este repliegue hacia el hemisferio también se produjo en un contexto de tensiones internas dentro de Estados Unidos. La administración de Donald Trump enfrenta protestas sociales recurrentes, conflictos vinculados a la política migratoria, cuestionamientos al accionar de las fuerzas de seguridad y episodios de violencia que derivaron en el despliegue de la Guardia Nacional en distintos estados. A esas fracturas se suman transformaciones políticas profundas, reflejadas en el ascenso electoral de figuras que, años atrás, resultaban impensadas en centros de poder tradicionales como Nueva York, tal el caso del triunfo en esa ciudad de Zohran Kwame Mamdani.
El marco global se completó con la persistencia de múltiples focos de conflicto de alta intensidad. La guerra entre Rusia y Ucrania continuó reconfigurando alianzas y tensiones en Europa, mientras que la situación en la Franja de Gaza mantiene al Medio Oriente como una de las principales zonas calientes del sistema internacional. En ese contexto de fragmentación y competencia entre potencias, la política exterior estadounidense combina acciones multilaterales con intervenciones directas, bajo el argumento de preservar su seguridad y su liderazgo global.
Argentina ocupa un lugar singular dentro de ese esquema. Desde la asunción de Javier Milei, la política exterior argentina se alineó de manera explícita con los intereses de Washington. Ese posicionamiento se expresó tanto en definiciones diplomáticas como en gestos políticos concretos, entre ellos el respaldo público que Donald Trump brindó al presidente argentino en la antesala de las elecciones legislativas del 26 de octubre. Para distintos analistas, ese apoyo —político y financiero— resultó decisivo para modificar un escenario que se proyectaba adverso para el oficialismo y reeditó, en clave contemporánea, viejas discusiones sobre autonomía, dependencia y soberanía en la relación bilateral.

Esta madrugada, el gobierno argentino estuvo entre los primeros en celebrar la detención de Maduro.
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