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Estados Unidos y China, en la política exterior de Bolsonaro

por  Esteban Actis

Doctor en Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario (UNR). 

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Estados Unidos y China, en la política exterior de Bolsonaro

El triunfo de Jair Bolsonaro en las elecciones presidenciales de Brasil en octubre pasado representó, sin lugar a dudas, la mejor noticia para la Casa Blanca en torno a su agenda hemisférica. En un contexto de mayor injerencia de actores extra regionales en la región, principalmente de la República Popular de China, Washington observó con enorme beneplácito que el sillón del Palacio Planalto fuese ocupado por un presidente que abraza el “acoplamiento” a los EE.UU. como su eje de política exterior, algo difícil en un país que hizo de la autonomía –en múltiples variantes– una política de Estado. Para EE.UU., Brasil siempre fue la “figurita difícil” dado que, por su vocación de poder y de liderazgo regional, receló de subordinarse acríticamente a los deseos e intereses del hegemón.

Tanto en la campaña electoral, como en los primeros días del ejercicio de su cargo, Bolsonaro manifestó públicamente su cercanía política e ideológica con EE.UU., en particular a la figura de Trump, y su desconfianza sobre China como potencia global. En marzo de 2018, ya como candidato a la presidencia, el ex paracaidista visitó Taiwán, generando “indignación” en Beijing y una nota de la Embajada de China en Brasilia mostrando una enorme “preocupación”. En noviembre, a poco de asumir la presidencia, Bolsonaro declaró que “ni China ni ningún país podrán comprar a Brasil”, en clara alusión a las importantes adquisiciones e inversiones que empresas chinas vienen realizando en su país.      

La elección de Ernesto Araujo como Ministro de Relaciones Exteriores, un diplomático con escasa trayectoria pero con vinculación con el influeyente Olavo de Carvalho –gurú intelectual de Bolsonaro, quien reside en EE.UU. y está consustanciado con la visión trumpiana del mundo– evidenció la firme apuesta del nuevo gobierno de fortalecer los vínculos con Washington. Además de la “diplomacia presidencial” y la cabeza de la Cancilleria, Washington logró poder “agencial” en el gobierno en los Ministerio de Justicia y Hacienda bajo la conducción de Sergio Moro y Paulo Guedes, ambos con formación profesional en los Estados Unidos. El viaje oficial de Bolsonaro a Washington evidenció y materializó la nueva era de vinculación entre Brasil y ese país, y el deseo de Brasilia de convertirse en el principal interlocutor regional de la Casa Blanca, relegando de ese lugar a la Colombia de Iván Duque y la Argentina de Mauricio Macri.

Sin embargo, el proceso decisorio en el gobierno de Bolsonaro tiene importantes fracturas, siendo la política exterior un importante campo de disputa. La corporación militar, en cabeza del vicepresidente Hamilton Mourão, tiene contrapuntos importantes en relación a la nueva orientación de la política exterior. Mourão es un defensor de ciertos lineamientos históricos de las relaciones internacionales de Brasil y se ha convertido en un dique de contención frente a las fuertes rupturas que propone el bolsonarismo. Por ejemplo, la intención de mudar la embajada de Brasil a Jerusalén, apoyar y sumarse a una intervención militar en Venezuela y ceder soberanía para una base espacial de EE.UU. en suelo brasileño se topó con el abierto rechazo de Mourão. La discrepancia de los militares fueron claves para suavizar las posturas primigenias. El vicepresidente apuesta por la salida de Maduro pero sin la opción militar, se abrió una “oficina comercial” en Jerusalén y se negoció una cooperación técnica para el uso de los Estados Unidos de la base aeroespacial en Alcántara sin la cesión de soberanía.

En ese sentido, en los últimos días Mourão volvió a diferenciarse del presidente al señalar que “China no es una amenaza sino un aliado estratégico”. Cabe recordar que China es el principal socio comercial de Brasil y uno de los mayores inversionistas externos. Mourão, que ya se reunió con su par estadounidense Mike Pence en los primeros días de abril, viajará a finales de mayo a Beijing en visita oficial para reunirse con su contraparte chino Wang Qishan. El vicepresidente se posiciona como el principal interlocutor con el gigante asiático, dada la desconfianza de la diplomacia china con la figura del presidente y del canciller.

En definitiva, Mourão –desde una visión más pragmática que ideológica– intenta atemperar las fuerzas que buscan acoplar a Brasil con Washington, lo que implica inexorablemente un distanciamiento con Beijing en este contexto de tensión y disputa por el poder global. El vicepresidente parece comprender que la condición de Brasil como “potencia media” lo posiciona como un actor plausible de pivotear entre las potencias para lograr “poder como autonomía”, es decir evitar presiones externas.  Por su parte, para los intereses chinos lograr un diálogo fluido con un actor influyente en el proceso decisorio de la política exterior brasileña –con una “agencia” poderosa como lo es la burocracia militar– representa, sin lugar a dudas, un objetivo clave para intentar balancear la inclinación pro-norteamericana de la administración Bolsonaro.