En esta noticia

Hay una frase de Aristóteles que circula hace más de dos mil años y que hoy resuena con más fuerza que nunca:

“Cualquiera puede enojarse, eso es fácil. Pero enojarse con la persona adecuada, en el grado justo, en el momento oportuno, con el propósito correcto y de la manera correcta, eso no es fácil“.

No es una cita motivacional vacía. Es el núcleo de una de las ideas más elaboradas de la filosofía occidental sobre las emociones y el autocontrol.

Qué quiso decir Aristóteles con esa frase

La frase proviene de la Ética a Nicómaco, el tratado moral más importante de Aristóteles, escrito en el siglo IV a.C.

En ese texto, el filósofo griego desarrolla el concepto de virtud como punto medio entre dos extremos.

En el caso del enojo, el exceso es la irascibilidad, la tendencia a explotar ante cualquier cosa. El defecto es la apatía moral, no reaccionar nunca ante una injusticia real.

El punto medio virtuoso, al que Aristóteles llama praotes en griego, se traduce como mansedumbre o templanza emocional.

Para Aristóteles, no enojarse nunca no es una virtud. Es un problema. Quien no siente indignación ante una injusticia carece de criterio moral.

El desafío, en este sentido, no es eliminar el enojo sino educarlo.

Por qué esta idea sigue vigente más de dos mil años después

La psicología contemporánea llegó a conclusiones similares por otro camino.

El concepto de inteligencia emocional, desarrollado por los psicólogos Peter Salovey y John Mayer en los años 90 y popularizado por Daniel Goleman, incluye exactamente lo que Aristóteles describió: la capacidad de identificar, comprender y regular las emociones propias con precisión.

Enojarse bien, en términos aristotélicos, implica tres condiciones simultáneas:

  • Con quién: dirigir el enojo a quien realmente lo provocó, no a quien está más cerca.
  • Cuánto: proporcional a la situación, sin exageración ni minimización.
  • Cuándo: en el momento en que la reacción puede tener algún efecto útil, no horas después ni en el instante de máxima impulsividad.
El enojo no es el problema. El problema es no saber cuándo, cómo y con quién usarlo.
El enojo no es el problema. El problema es no saber cuándo, cómo y con quién usarlo.Wikimedia Commons

Esa combinación, aparentemente simple, es lo que la mayoría falla en alguno de sus tres puntos.

La vigencia de la frase no es casual. En una época de redes sociales donde el enojo se expresa de forma instantánea, masiva y frecuentemente mal dirigida, la advertencia de Aristóteles funciona como un correctivo filosófico de plena actualidad.

El enojo no es el problema. El problema es no saber cuándo, cómo y con quién usarlo.