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Carl Öhman es profesor de ciencias políticas en la Universidad de Uppsala y autor de El más allá de los datos, elegido entre los diez mejores libros de 2024 por The Economist, The Guardian y Nature, que acaba de publicar Editorial Godot en la Argentina.
Su tesis no es un lamento por la intimidad perdida: es una advertencia política sobre quién va a controlar el pasado digital de la humanidad.
“Una de las primeras cosas que encontré cuando empecé a investigar fue que la gran mayoría de los perfiles de muertos que va a haber en Facebook a lo largo del siglo 21 probablemente van a ser africanos o del sur de Asia”, dice.
Tendemos a pensar que estos temas están confinados a entornos tecnológicos de Silicon Valley. Para Öhman el problema es otro: ahora mismo un puñado de empresas estadounidenses controlan el patrimonio digital (privado y colectivo) de todo el planeta, y el día que alguien muere sus derechos de protección de datos se evaporan.
El GDPR (el reglamento europeo de protección de datos) lo establece explícitamente: Facebook o X pueden albergar cientos de millones de perfiles de personas fallecidas sin que esas personas tengan ningún derecho a objetar nada. Si una plataforma quiebra, entran los administradores y venden los activos al mejor postor. El comprador puede ser cualquiera, hoy no se sabe.
“Un usuario norteamericano vale diez veces más lo que vale un usuario africano o del sur de Asia”
Facebook y Meta pueden vender los datos de los fallecidos sin restricciones legales
Para quienes piensan que el problema no les incumbe en vida, Öhman tiene un argumento adicional. “Si yo tengo los restos digitales de tus padres, tus hermanos, tu familia extendida, no necesito datos tuyos para rastrearte. Puedo hacerlo por proxy”. Los datos, apunta, son algo así como un ADN social.
El modelo de negocios de las plataformas supone que la gente hace clic en publicidad. Los muertos no hacen clic, pero ocupan espacio en los servidores. Cuando en 2070 los fallecidos sean mayoría, las plataformas van a tener que decidir a quién borran primero. La lógica de mercado da una respuesta directa: “Un usuario norteamericano vale más de diez veces lo que vale un usuario africano o del sur de Asia.”
La hipótesis de Öhman es que el legado digital de África y del sur de Asia se va a borrar mientras el de Europa y Norteamérica se preserva. “Tenemos por primera vez en la historia de nuestra especie la oportunidad de construir una historia realmente democrática. Y la vamos a desperdiciar repitiendo los mismos errores, solo que esta vez de manera activa.”
Los datos de los muertos no tienen dueño legal en ningún país del mundo
Ninguna legislación vigente trata los datos de los muertos como lo que Öhman llama un cadáver informacional. “No heredás el cadáver de tus padres: sigue siendo un paciente ético con derechos propios. No podés desmembrarlo, no podés transportarlo a otro país, no podés venderlo.”
En el ámbito digital no existe nada equivalente. La razón, dice sin rodeos, es que “los muertos no tienen grupos de lobby muy fuertes en Bruselas”. Los políticos piensan en la próxima elección; la industria, en la próxima tecnología. Nadie tiene incentivos para resolver un problema cuyas consecuencias se van a sentir en treinta años.
El libro que viene, Gods of Data, amplía el argumento hacia la inteligencia artificial. Öhman propone que los modelos de lenguaje son dioses en sentido antropológico: la personificación de la fuerza colectiva de una sociedad.
“Si tengo los restos digitales de tus padres y tus hermanos, no necesito datos tuyos para rastrearte”
“Cuando chateas con ChatGPT estás chateando con una personificación de la internet misma.” Es exactamente, afirma, cómo los sociólogos describen el surgimiento de los dioses: el poder del colectivo sobre el individuo y el poder del pasado sobre el presente.
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