

Haga un esfuerzo de concentración y sitúese, nuevamente, en el segundo gol de Boca. Palacio ya desparramó a su marcador, y la pelota viaja en ese centro-remate que superará el vuelo de Villar. Usted todavía no lo vio a Palermo. Ahora, recién en este instante, aparece el Loco Martín en escena. Es cara llena de beso y gol. Espere un momento. Repita la escena en su mente, junto con la cámara que enfoca de frente al arco. Mire, como ve Palermo. Haga foco en la dupla que integra con el Flaco Schiavi. Observe las diferencias. Cuando la pelota supera al arquero, antes de dar en el palo, Schiavi va deteniendo su marcha hasta quedar parado por completo. Ahora mire los gestos de Palermo. Se agacha! El tipo se agacha como para arrancar un pique corto, flexiona las rodillas y su mirada sigue el trayecto de la pelota. Por eso, cuando viene el rebote, el tipo aniquila. Schiavi es sorprendido por la “muerte , Villar hace un esfuerzo vano, la pelota yace en el fondo de la red y el Loco escribe otra página del guión de su increíble película. He allí el instinto básico que deja sin argumentos a quienes consideran a Palermo una suerte de Romario: mitad ropero-mitad armario, chicana mediante. Mañana, ante Maracaibo, en otra situación límite. ¿Habrá más letra para el guión?










