¿Golpe de Estado o no? La crisis de Perú pone de relieve la polarización latinoamericana

El conflicto diplomático en torno al expresidente Pedro Castillo pone de manifiesto la división política en América latina.

¿Cuándo un golpe de Estado no es un golpe? La respuesta en la América latina actual depende de su política.

Un golpe de Estado solía ser sencillo. En un guión que se hizo tristemente familiar en el siglo pasado, un general o una junta militar se hacía con el poder, respaldado por tropas y tanques, y a veces por la CIA.

Hoy, la situación es mucho más complicada. Los golpes militares casi han desaparecido en América latina, pero en su lugar la región ha engendrado todo un género de etiquetas alternativas para la destitución de un presidente electo o la subversión de la democracia: el 'golpe blando', el 'autogolpe', el 'golpe judicial' e incluso, en palabras del expresidente boliviano Evo Morales, "la guerra híbrida de la derecha internacional".

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La actual crisis en Perú por la destitución y detención del expresidente Pedro Castillo y el abismo diplomático sobre cómo interpretarla ilustran vívidamente lo polarizada que se ha vuelto la definición de golpe de Estado.

Castillo, un exprofesor de primaria del altiplano andino que ganó las elecciones en 2021 con una candidatura marxista, anunció el 7 de diciembre que cerraba el Congreso, asumía poderes de emergencia y se hacía cargo del Poder Judicial para reescribir la Constitución. Esperaba adelantarse al Congreso, que debía votar una moción para destituirlo por presunta corrupción.

La toma de poder fracasó estrepitosamente cuando el Congreso peruano votó abrumadoramente a favor de su destitución y nombró sucesora a la vicepresidenta Dina Boluarte. La policía detuvo entonces al expresidente acusado de rebelión, lo que desencadenó las protestas de miles de sus partidarios y la imposición del estado de emergencia por parte de Boluarte.

¿Intentó Castillo un golpe de Estado? Boluarte no tardó en calificarlo como tal, junto con la mayoría de las instituciones peruanas. Human Rights Watch calificó la maniobra de Castillo de "autogolpe". Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Europea reconocieron a Boluarte como líder legítimo del país y subrayaron la necesidad de apoyar la democracia y promover el diálogo pacífico.

Sin embargo, algunos presidentes de izquierda de la región consideraron a Castillo víctima de un golpe de Estado y no su autor. Los líderes de México, Argentina, Colombia y Bolivia emitieron un comunicado en el que declaraban a Castillo "víctima de un hostigamiento antidemocrático" y pedían a las instituciones peruanas "abstenerse de revertir la voluntad popular expresada con el libre sufragio".

El mexicano Andrés Manuel López Obrador, que calificó los acontecimientos en Perú de "golpe blando", se negó a reconocer a Boluarte y ofreció a Castillo y a su familia asilo político en México, a pesar de que algunos de ellos están siendo investigados por cargos de corrupción. Perú expulsó al embajador de México en señal de protesta.

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Carlos Malamud, experto en América latina del Real Instituto Elcano de Madrid, dijo que la indignación de la izquierda por Castillo formaba parte de "una historia de victimización contada por los progresistas en la última década sobre cómo gobiernos elegidos popularmente pueden ser desalojados del poder por golpes procedentes de protestas callejeras, del Parlamento o del Poder Judicial".

Algunos ejemplos son la expresidenta brasileña Dilma Rousseff, destituida en 2016, Morales, que renunció tras masivas protestas callejeras en 2019, y la vicepresidenta y expresidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner, declarada culpable de corrupción este año.

Esta vez, la postura de López Obrador sobre Perú se acercó a la adoptada por los países de izquierda dura como Cuba, Venezuela, Nicaragua, Bolivia y parte del Caribe, que emitieron una declaración como el bloque del ALBA en la que denunciaban "entramado político creado por las fuerzas de derecha de [Perú] en contra el presidente constitucional Pedro Castillo, obligándolo a tomar medidas que fueron luego aprovechadas por sus adversarios en el Parlamento para destituirlo".

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Michael Shifter, expresidente del Diálogo Interamericano con sede en Washington, criticó "la falta de firmeza y acero a la hora de adoptar una postura sobre lo que fue sin duda un autogolpe [de Castillo]". "Critican a la justicia cuando persigue a un izquierdista que es de su club, pero no la critican cuando persigue a alguien como Pedro Pablo Kuczynski, considerado un neoliberal", dijo. "Hay mucha hipocresía".

Es poco probable que desaparezca el polarizado debate sobre lo que constituye un golpe de Estado. En palabras de Malamud: "En América latina, cuando se quiere llamar a algo por un nombre determinado se hace, independientemente de los hechos. El realismo mágico siempre se impone y todo se vuelve posible".

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