Ni bonos ni acciones: en qué se supone que los inversores pueden confiar ahora

Los mercados de renta variable y bonos parecen implosionar al mismo tiempo.

No suelo alegrarme de no ser ya la persona joven de la sala. Este mes sí lo hago. Si usted sólo lleva 15 años en los mercados, estará viendo derrumbarse todo lo que le han dicho que es cierto y que también ha observado que es cierto sobre ellos.

Resulta que las acciones de crecimiento de calidad no siempre obtienen buenos resultados; que la Reserva Federal no siempre intervendrá para proteger su riqueza; que la inversión ESG no es un camino automático hacia la riqueza garantizada; y que los precios de las acciones de crecimiento en su cartera han dependido más de la política monetaria flexible que de la naturaleza inestimable del pensamiento innovador.

Por último, resulta que la idea de mantener una cartera a largo plazo compuesta por un 60% de acciones y un 40% de bonos no significa que todo vaya a ir siempre bien. En lo que va de año, usted habría perdido prácticamente lo mismo en el ETF de bonos del Tesoro iShares 20+ que en el S&P 500: alrededor del 18% en ambos casos. Los bonos a más corto plazo le habrían hecho perder menos, pero si busca en una lista de fondos de bonos de Reino Unido, le resultará difícil encontrar uno que pierda menos del 7%.

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Los fondos globales tampoco pintan bien. El Vanguard Global Corporate Bond Index baja más de un 12% en lo que va de año, lo que hace que su rendimiento no sea tan diferente al del MSCI World Index, que se deja un 13%. Adiós a la genialidad de la diversificación de las clases de activos.

El problema es evidente. La protección que se supone que se obtiene de los bonos implica que su rentabilidad cae (y por lo tanto los precios suben) en los malos tiempos. Eso tiene sentido. Cuando la situación parece complicada en los mercados de renta variable, sobre todo, hay una razón (o al menos los bancos centrales consiguen encontrar una) para recortar las tasas de interés y arreglar las cosas.

En el único caso en el que esto no puede ocurrir es cuando la inflación ya está obviamente fuera de control, y por mucha preocupación que exista por las caídas del mercado y las recesiones inminentes, los bancos centrales no pueden dar la mínima impresión de no estar totalmente centrados en intentar (por infructuoso que sea) volver a controlarla.

Así que henos aquí, en lo que Andrew Lapthorne, responsable de análisis cuantitativo de renta variable de Société Générale, llama la posición "inusual" de ver cómo los mercados de renta variable y de bonos implosionan al mismo tiempo: entre ambos han perdido unos u$s 23 billones de valor desde su pico el año pasado.

Eso son muchas pérdidas. ¿Y ahora qué? La respuesta está en la inflación. Algunos piensan que no está lejos de alcanzar su punto máximo en Reino Unido y en Estados Unidos. Puede que tengan razón. En Reino Unido, por ejemplo, un buen número de factores puntuales influyeron en las cifras: la suba del 54% del tope del precio de la energía, la vuelta del IVA de la hostelería al 20% y la fuerte suba del precio del combustible.

Pero aunque las cifras del índice de precios al consumidor (IPC) subiesen al 10% (desde el 9% del mes pasado) y luego empezasen a retroceder, es muy poco probable que vuelvan a los niveles objetivo del banco central (en su mayoría el 2% por razones que se pierden en las arenas del tiempo) o, para el caso, que se acerquen a ellos. Después de 30 años en los que la tasa de inflación anual de Reino Unido ha rondado el 2%, esto es algo que muy poca gente admite todavía como una posibilidad, por no decir como una probabilidad. Pero lo es, y las razones de ello no son precisamente un secreto.

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La globalización es deflacionista: los productores con menores costes abastecen a todo el mundo. La desglobalización no lo es, y con la desvinculación de China y Rusia de la economía mundial, esto es lo que tenemos. La transición energética también es cara, tanto por sus necesidades de materiales y metales como por la forma en que el entusiasmo en torno a ella ha reducido el interés en apoyar a los combustibles fósiles. Las 11 mayores petroleras de Occidente invirtieron apenas u$s 100.000 millones el año pasado, según señala Barry Norris, de Argonaut.

Puede parecer mucho dinero, pero no lo es. Hace menos de una década se invertían 250.000 millones de dólares al año. Esa falta de inversión trae consigo limitaciones de suministro que no van a desaparecer deprisa. El año pasado, las petroleras occidentales encontraron nuevas reservas de petróleo y gas equivalentes a sólo el 4% de la demanda mundial, un nuevo mínimo. Y, por supuesto, esto significa precios más altos.

Existe el argumento de que estos impulsos inflacionistas, y los enormes puntos de inflexión económicos que los provocan, no son nada frente a otra gigantesca dinámica mundial: el envejecimiento de nuestra población. A medida que la gente envejece, se nos dice, pasan de ser acumuladores a reemplazantes, y su consumo cae en consecuencia. Esto es tan profundamente deflacionista que no es posible que la inflación se instale en las economías occidentales (véase Japón).

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Nunca me lo he creído del todo. No encaja con el comportamiento de los jubilados que veo a mi alrededor, y resulta que tampoco encaja con el comportamiento del jubilado medio. Un nuevo informe del Instituto de Estudios Fiscales sugiere que, por término medio, el gasto total de los hogares de los jubilados no disminuye. Se mantiene bastante estable, aumentando, de hecho, ligeramente en todas las edades hasta los 80 años para descender ligeramente después. También cabe señalar que el envejecimiento de la población no ayuda precisamente a paliar la falta de trabajadores.

¿Es inevitable el impulso deflacionista del envejecimiento de la población que muchos asumen? Puede que no exista. Y si no existe, no hay nada que impida que la inflación se mantenga mucho más alta de lo que estamos acostumbrados durante muchos años.

Todo esto está paralizando a los inversores. No se puede confiar en los bonos (esto será así mientras las tasas suban y no bajen). No se puede confiar en el dinero en efectivo (cualquier depósito pierde un 7% o más en términos reales en este momento). Y no se puede confiar en el tipo de acciones en las que se ha confiado durante la última década: las acciones a las que Yardeni Research se refiere como MegaCap-8 (Amazon, Alphabet, Apple, Meta, Microsoft, Netflix, Nvidia y Tesla) caen una media del 28% desde enero.

La única buena noticia es que, aunque todo esto parece nuevo (y es nuevo para la mayoría de los actores del mercado), en realidad no lo es. Gran parte reproduce las condiciones de los años '70, otra época en la que todo parecía cambiar a la vez. No todo es exactamente igual, pero sí lo suficiente como para que merezca la pena comprobar las pocas cosas que entonces hicieron a la gente más rica y no más pobre.

Teniendo esto en cuenta, atesore oro. Atesore aquellas cosas que están viendo sus precios subir debido al menor suministro, como los combustibles fósiles y las materias primas. Y, sobre todo, espere volatilidad y sustos por la recesión regulares. Todo esto fue muy habitual en la década de 1970, y va a serlo durante el resto de la década de 2020.

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