El petróleo del Golfo tarda hasta 45 días en llegar a destino. Eso significa que los últimos buques cisterna que zarparon antes de que Estados Unidos lanzara su guerra contra Irán hace 45 días están llegando ahora a puerto, con muy poco detrás de ellos. Con la escasez prevista convirtiéndose en faltantes reales, gobiernos, empresas e individuos deben empezar a imaginar qué significa concretamente “quedarse sin petróleo”.
Por ahora, el riesgo de desabastecimiento depende en gran medida de dónde se encuentre cada país. Los que dependían especialmente del Golfo para su suministro de crudo y productos refinados —principalmente en Asia— son los primeros en sufrir las consecuencias.
Entre ellos se cuentan Corea del Sur, India, Malasia y Singapur. Las reservas estratégicas pueden amortiguar el golpe hasta cierto punto, pero en promedio apenas cubren un mes de demanda, según un análisis de Goldman Sachs sobre datos de varios países asiáticos, excluida China.
Gran parte de Asia ha comenzado a ensayar medidas de contención de la demanda: teletrabajo para empleados públicos, restricciones al aire acondicionado y fomento del transporte público. Australia ocupa un lugar destacado entre los países expuestos a efectos indirectos: importa la mayor parte de sus productos refinados desde centros de distribución asiáticos y, ante las restricciones a la exportación impuestas por China y Corea del Sur, también enfrenta la amenaza de escasez y compras de pánico en las estaciones de servicio.
Sin embargo, si el estrecho permanece cerrado durante un período prolongado, es posible que quienes más sufran no sean los afectados en esta primera etapa. Con el tiempo, los flujos se reorganizarán y el mercado petrolero volverá a funcionar como un mercado global y líquido —aunque con un déficit de unos 10 millones de barriles diarios, según estimaciones de Wood Mackenzie—. Una cifra que coincide, aproximadamente, con la caída del consumo registrada durante el primer año de la pandemia de Covid-19.
En ese escenario, el factor determinante de la escasez dejará de ser la ubicación geográfica para pasar a ser la capacidad de pago. Algunos países asiáticos están en desventaja en ambos frentes. Australia, en cambio, probablemente tenga el músculo financiero para atraer cargamentos de otros proveedores, incluido Estados Unidos.
Ahí es donde las cosas se complican: los ricos de un país pobre pueden superar en puja a los pobres de un país rico. Y los gobiernos, incluso en naciones más prósperas, podrían verse obligados a inclinar la balanza para garantizar el suministro a usuarios estratégicos —el NHS británico, por ejemplo.
La tentación de subsidiar a los consumidores también es grande: las protestas que han estallado en Irlanda demuestran que el alza en los combustibles se convierte rápidamente en un problema político. En Estados Unidos, la nafta ha superado los cuatro dólares por galón —casi un tercio más que hace un año— en un momento en que se aproximan las elecciones de medio término en noviembre. Pero cuando el instrumento elegido son los subsidios o las rebajas impositivas, el resultado es que los precios deben subir aún más para equilibrar la demanda global con la oferta disponible.
Los precios del petróleo tienden a sobrepasar el nivel de equilibrio durante las alzas, porque la adaptación lleva tiempo y la búsqueda de alternativas —como la expansión de las energías renovables— no es inmediata. Esto también significa que cuanto más tiempo permanezcan los combustibles muy caros, mayor será la probabilidad de que parte de esa demanda no regrese jamás.
Si el mundo sufre escasez de petróleo el tiempo suficiente, terminará descubriendo que tiene demasiado. Consuelo escaso, sin embargo, para los gobiernos que deben tomar decisiones difíciles en el camino.
