Eurocopa 2020: la mecanización del ‘juego bonito' y la pérdida del arte en el fútbol

El atletismo y el rigor táctico están empeorando el fútbol

Era una relación tan inversa como la de Dorian Gray con su retrato, la cual condujo al joven bonito a una vida hedonista en la novela de Oscar Wilde. Durante décadas, Italia jugó un fútbol frío y defensivo que iba en contra del esplendor de su propia nación. El equipo ahora se encuentra entre los que juegan de forma más atractiva. Además del obvio reparo -¿está Italia a punto de convertirse en basura?- me aferro a tales misericordias en una época blanda para el juego.

La Eurocopa 2020 es el primer gran torneo que no me ha llamado la atención desde 1986, cuando yo tenía cuatro años y no había televisión en casa. Si no corriera el riesgo de provocar carcajadas, yo afirmaría que he tenido demasiado trabajo.

El verdadero problema se ha estado formando durante la mayor parte de una década. Comenzó con el culto de "presionar" (correr para recuperar la pelota). Continuó con el ensayo de jugadas de ataque al estilo de la National Football League (NFL). Pep Guardiola una vez envió a Thierry Henry a la banca por moverse fuera de lugar en una secuencia de pases. El hecho de que esto lo había ayudado a anotar un gol no mitigó la ofensa.

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Agrega a esta microgestión nuevos niveles de acondicionamiento físico basados en el modelo en entrenamiento de los astronautas, y el resultado es la mecanización de un juego cuyo punto central es la expresión anárquica. Cuando no está dividido en jugadas orquestadas, canchas o fases, el fútbol en su máxima expresión es tan diverso como una gran ciudad. El juego moderno se parece en cierta manera a Canberra, la capital completamente planificada de Australia.

Una medida indirecta del cambio es la condición física de los jugadores. Alguna vez fueron tan delgados como un Rolling Stone, excelentes para poder girar en un céntimo y lograr sinuosos pases. Ahora, incluso los jugadores en posiciones más móviles -defensores, mediocampistas, extremos- tienen una apariencia inflada de gimnasio de un cierto tipo de banquero del City en una noche de fiesta.

En general he acogido los aportes estadounidenses al fútbol: los datos, el análisis granular, la amabilidad hacia el consumidor. La única cosa que cuestiono es la idea de que el atletismo es intrínsecamente necesario. El lugar para ello es el atletismo.

Un aspecto positivo del nuevo juego es que me ha enseñado a tener paciencia con la idea de que el desarrollo no necesariamente es progreso. En la mayoría de las cosas, soy el perfecto ejemplo del tipo de personaje que el escritor canadiense John Ralston Saul señala en su libro "Los bastardos de Voltaire: la dictadura de la razón en Occidente". 

Considero que la modernista ciudad de Los Ángeles es más hermosa que Praga. Veo con sospecha el blanqueo histórico de lo que ya no debemos llamar la Edad Media. Tengo que hacer un gran esfuerzo para mantener mi cena en mi estómago cuando algún tonto declara que los confinamientos de Covid-19 son el camino hacia una vida más lenta y con más alma. Sin embargo, aquí estoy, abatido por la pérdida del arte del fútbol mientras una nueva generación de máquinas de hilar funciona a su alrededor.

Los lectores más jóvenes diagnosticarán aquí mi mediana edad de inicio temprano y la nostalgia que la acompaña. Los mayores podrían consolarme de que las tendencias deportivas son cíclicas. Hubo un pánico moral en el tenis cuando Pete Sampras y otros servidores balísticos surgieron. Lo que les siguió fue una constelación de genios que todavía nos acompañan.

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Los brotes verdes de un renacimiento estilístico se han abierto paso en este torneo. Está el español Pedri, el jugador más joven del torneo. El holandés Frenkie de Jong es otro que lleva el sello revelador de la vieja escuela: parece correr más rápido con el balón que sin él.

Sin embargo, al final, siento que su promesa diáfana se verá afectada. Éste es un deporte que ahora prioriza las estadísticas degradantes, entre éstas la distancia recorrida.

Un comentarista dijo una vez del deslumbrante erudito Jeremy Wolfenden que "escribía como si todo estuviera por debajo de él; escribía como si todo fuera una pérdida de tiempo". Desde George Best hasta Ronaldinho, naciones grandes y pequeñas han tenido futbolistas con la misma languidez majestuosa. Italia en su peor momento todavía acomodó a Roberto Baggio, incluso cuando una lesión de rodilla lo dejó casi inmóvil.

El punto no es que la habilidad y el ingenio hayan desaparecido. Dada la velocidad del juego, los jugadores deben ser mejores que nunca para controlar el balón y detectar oportunidades. Inglaterra por sí sola tiene un par de jóvenes maestros.

Es sólo que todo este estilo está encajado en un corsé de deberes defensivos, patrones de pases mecánicos y -lo más vulgar de todo- la importancia de correr. A nivel de clubes, Kevin De Bruyne, sin duda uno de los talentos más grandes del torneo, es un buen ejemplo. Sólo hay que verlo recuperar la pelota, encontrar su posición y lanzar un pase veloz, ad infinitum. Es hermoso, pero también lo es un pájaro enjaulado.

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