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Entrevista con Christine Lagarde: "Debería haber sido más audaz"

La presidenta del Banco Central Europeo (BCE) hace un balance de mitad de mandato y habla sobre su rol en el FMI y las repercusiones geopolíticas de la guerra de Rusia y Ucrania y el conflicto de Israel y Hamas.

Christine Lagarde me entrega una pequeña bolsa de papel blanco con algo sorprendentemente pesado en su interior tras cruzar el restaurante con su habitual elegancia.

Mientras se quita los guantes de cuero negro antes de estrechar la mano -hace un poco de frío en este día nublado en Frankfurt-, explica: "Es mermelada que he hecho con pomelos de nuestro jardín de Córcega".

El regalo me desarma. Quizá sea esa la intención de Lagarde. ¿Puedo aceptarlo? ¿Debería haber traído algo para regalarle? "Como un pomelo al día desde hace unos 45 años", afirma la presidenta del Banco Central Europeo (BCE), con una sonrisa radiante que realza su pelo plateado de corte recto, su blusa de seda blanca, su pañuelo de flores monocromático y sus aros de perlas. "Te aporta vitamina C y un poco de ánimo por las mañanas".

Lagarde justifica el aumento de los tipos de interés y realiza un duro pronóstico: "La economía..."

Hace cuatro años que Lagarde llegó a Frankfurt, convertida ya en una de las mujeres más poderosas del mundo. Dejó Washington, donde dirigía el FMI, como parte de un acuerdo franco-alemán que la trasladó al BCE al tiempo que instalaba a la ministra de Defensa de Berlín, Ursula von der Leyen, al frente de la Comisión Europea.

Dentro de unos días se cumplirá la mitad exacta de su mandato de ocho años, y se maravilla de lo que ha sido "una curva de aprendizaje pronunciada, pero en el contexto de una increíble serie de shocks, puntos de inflexión, cambios... es suficiente para ponerte un poco mareada". Parece el momento perfecto para hacer balance.

Pero antes llega la mesera para preguntar por las bebidas. Lagarde se decide rápidamente: "Ya sabe, tomaré agua con gas, lamento ser un poco aburrida... sí". Casi abstemia, sólo hace una excepción con "una copa de champagne, o si hay un Bourdeaux fantástico".

Los últimos cuatro años han deparado "una serie de sobresaltos, uno detrás de otro". Primero, la pandemia de coronavirus paralizó la economía sólo cinco meses después de la llegada de Lagarde a la jefatura de la política monetaria europea. Dos años después, la invasión de Ucrania por parte de Rusia disparó los precios de la energía y los alimentos, haciendo que la inflación de la eurozona superara en más de cinco veces el objetivo del 2% fijado por el banco central. En respuesta, el BCE ha subido las tasas de interés en 10 ocasiones hasta dejarlas en el nivel más alto de su historia, ajustando hasta tal punto la economía que el crecimiento casi se ha detenido. Así pues, ¿qué nota se pondría Lagarde a sí misma?

"Oh bueno, tengo que demostrar autoestima y confianza, así que diría que 10", bromea. "No, me quejo mucho de la falta de confianza de las mujeres, así que debería tener cuidado de no ser autocrítica. Pero diría que siete. Hubo una curva de aprendizaje muy, muy brutal y abrupta para empezar. Luego, por supuesto, si nos fijamos en los indicadores clave de rendimiento, no estamos en el 2% [de inflación]". En el momento de nuestra reunión, se sitúa en el 4,3%.

El BCE ha sido criticado por reaccionar con demasiada lentitud al repunte de la inflación del año pasado y Lagarde ha admitido no supo prever hasta qué punto la crisis energética provocada por la guerra de Rusia en Ucrania haría subir los precios al consumo. "Creo que, como tantos otros, al principio lo gestionamos como un caso de manual de una crisis de suministro", afirma. "La situación se restablecerá al final del shock y se absorberá... eso era lo que se esperaba y nada de ello ocurrió realmente".

Lagarde declaró en una ocasión que Lehman Brothers no habría quebrado si hubiera sido Lehman Sisters

"Pero de lo que me arrepiento personalmente es de haberme sentido atada por nuestra orientación futura", añade, en referencia al compromiso que había adquirido el BCE de no empezar a subir las tasas de interés hasta que hubiera dejado de comprar miles de millones de euros en su mayoría de deuda pública, algo que hizo lentamente durante los seis primeros meses de 2022. "Debería haber sido más audaz".

¿Lo hará mejor el BCE en la próxima crisis? "El tipo de shock de oferta que posiblemente podría golpearnos, dependiendo de cómo evolucione la situación en Medio Oriente y cómo se meta a Irán en esto y cuál sea la reacción global, son enormes interrogantes y preocupaciones en el horizonte", afirma. "Pero lo que deberíamos haber aprendido es que no podemos confiarnos sólo de los casos de manual y de los modelos puros. Tenemos que pensar con un horizonte más amplio".

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Nos reunimos mientras Lagarde se prepara para llevar al BCE a Atenas esta semana en su viaje anual fuera de Frankfurt. Se trata de una reunión histórica para el banco central, que pone fin a 15 meses de subas de tasas. Pero también es un gran momento para Grecia, que acaba de recuperar su calificación crediticia de grado de inversión una década después de que su crisis de deuda estuviera a punto de romper la eurozona. Lagarde recibió amenazas de muerte como directora gerente del FMI después de que ayudara a elaborar un brutal plan de austeridad como parte del rescate de Grecia. Habría sido "más eficiente y probablemente se habría aceptado mejor si hubiéramos tenido un periodo de tiempo más largo para ajustarnos", admite, y lamenta que en el FMI "todos los programas que teníamos fueran a corto plazo".

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¿Empieza a sentirse en Frankfurt como en casa? "Es mi segunda casa. No es mi hogar. Ese es donde está la familia y mi familia no está aquí. Es predominantemente París", señala. Los fines de semana suele ver a algunos de sus siete nietos de dos matrimonios. Pero al menos ocho veces al año está en Frankfurt preparando la próxima reunión de política monetaria del BCE. "Me convierto en un monje. Me encierro en mi apartamento con un montón de cosas para leer. Luego vengo a desayunar aquí o voy a un museo a tomar un poco el aire". Los días de trabajo empiezan a las 5:30 de la mañana con yoga, flexiones y su bicicleta estática. A menudo vuelve de la oficina después de las 8 de la tarde.

Lagarde se decepciona al saber que el gerente del restaurante Siesmayer, un extraductor que le hablaba en "un francés bastante bueno" y le recomendó pasteles al poco de llegar a Frankfurt, tiene el día libre. "Soy muy golosa", confiesa. Fabio Panetta, otro ejecutivo del BCE, llevó una tarta de frutas y un pastel de chocolate de Siesmayer a una reunión de emergencia del consejo de administración en torno a la mesa de la cocina de Lagarde, en la que acordaron un plan de compra masiva de deuda en respuesta a la pandemia.

Volviendo a su abrupta curva de aprendizaje, saco a colación uno de sus primeros errores cuando le preguntaron en una conferencia de prensa del BCE por su reacción ante la creciente alarma por las muertes provocadas por el Covid-19 en el norte de Italia, que estaba haciendo subir el "spread" entre los costos de financiación italianos y alemanes. Su respuesta fue desacertada: "No estamos aquí para cerrar los spreads".

Los mercados de renta fija se desplomaron al instante y los inversores temieron que Lagarde se alejara del famoso compromiso de su predecesor, el italiano Mario Draghi, durante una crisis de deuda una década antes, de hacer "lo que fuera necesario" para defender el euro. ¿Fue este el momento en que se dio cuenta de lo mucho que estaba en juego en su nuevo cargo?

"Es una valoración justa", afirma. "Creo que hubo dos momentos en los que me di cuenta del peligro y el poder de las palabras en esa profesión concreta". El primero fue en 2012, cuando estaba en primera fila de una conferencia en Londres escuchando a Draghi decir "lo que sea necesario". Tras reunirse con el italiano, Lagarde recuerda que un asistente le dijo sin aliento que "los mercados se están moviendo" y su fría respuesta: "Oh, de verdad".

"Creo que el segundo momento fue el 'no estamos aquí para cerrar los spreads, lo cual era técnicamente cierto. Sólo que no lo era...", dice. "Después de eso hablé con colegas y amigos", explica, mencionó a Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Janet Yellen, su predecesora y actualmente secretaria del Tesoro, y Mark Carney, exgobernador del Banco de Inglaterra, así como a Draghi. "La mayoría de ellos, no todos, pero la mayoría dijeron: 'Bienvenida al club, todos hicimos lo mismo. Todos metimos la pata'".

¿El regreso  a la política francesa es posible? "Nunca digas nunca", respondió Lagarde. "Pero lo dudo mucho", agregó.  

En un discurso pronunciado en agosto en la conferencia de la Fed en Jackson Hole, Lagarde afirmó que la fragmentación de la economía mundial en bloques geopolíticos enfrentados estaba complicando la tarea de los responsables políticos. "No sabía que avanzaría tan rápido", afirma. En cuanto al conflicto entre Israel y Hamás, advierte: "Tenemos que ser cautos. Puede que no se desarrolle de la misma manera que durante la guerra de 1973, puede que sea diferente", en referencia a la guerra del Yom Kippur entre Israel y sus vecinos árabes que provocó la primera crisis mundial del petróleo. La economía abierta de Europa depende del comercio, lo que le crea una "vulnerabilidad inherente" a este tipo de shocks, admite.

¿Podría esta fragmentación del mundo amenazar el dominio del dólar estadounidense como moneda de reserva y en el comercio mundial, como sugirió Lagarde en un discurso pronunciado en abril? "Sólo hago una observación", afirma. El riesgo proviene de que aumenten las divisiones norte-sur "y de si vemos que China recupera materialmente el sur", especialmente ante el hecho de que "Brasil e India y algunos de los países de Medio Oriente están tratando de decidir las transacciones en monedas locales". Las nuevas monedas digitales, como la que está preparando el BCE, "también desempeñarán un papel", predice.

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Lagarde creció en Le Havre, en la costa de Normandía, y sus padres le inculcaron un espíritu independiente. Su madre, Nicole, se convirtió en "una gran inspiración", dice Lagarde, expresando cierta emoción. Nicole crio sola a sus cuatro hijos tras la muerte de Robert, el padre de Lagarde, cuando ella sólo tenía 16 años, al tiempo que "realizaba múltiples tareas a la vez": trabajaba como profesora de idiomas, montaba a caballo, corría en coches de rally, cantaba en un coro y cosía vestidos. "Siempre quiso ser elegante", afirma Lagarde.Temor a un conflicto más amplio en Medio Oriente ensombrece la economía mundial

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En la universidad en París, Lagarde estudió Derecho "pero por la razón equivocada, porque al principio quería luchar contra la pena de muerte". Antes de graduarse, la pena capital había sido abolida. Sin inmutarse, se incorporó al estudio estadounidense Baker McKenzie, del que llegó a ser la primera mujer presidenta en 1999.

Desde entonces, su carrera parece haberse guiado más por las llamadas a ocupar cargos públicos que por decisión propia. "Tienes toda la razón", dice, recordando que el primer ministro francés Dominique de Villepin se quedó esperando al teléfono en 2005 después de que Lagarde le pidiera tiempo para decidir si volvía a Francia para ser ministra de Comercio Exterior. "Con el FMI sucedió lo mismo, y con el BCE, igual", explica. "No tuve elección. Me llamaron. Respondí que sí, a veces por mi cuenta y riesgo. Pero también lo he disfrutado".

La prensa francesa especula ocasionalmente sobre un posible regreso a la primera línea de la política en París. Pero Lagarde fue condenada por negligencia en 2016 por un tribunal francés, que no dictó sentencia alguna y declaró que debería haber impugnado un pago del Gobierno al empresario Bernard Tapie cuando era ministra de Finanzas. ¿El regreso es posible? "Nunca digas nunca", responde. "Pero lo dudo mucho". ¿Podría abandonar el BCE antes de que termine su mandato en 2027? "Tengo una misión que cumplir y voy a hacerlo". ¿Qué hará después? "Habrá otra llamada".

Tras declarar en una ocasión que Lehman Brothers no habría quebrado si hubiera sido Lehman Sisters, dice: "Quiero hacer una aclaración, porque no quiero que me vean como una persona que menosprecia a los hombres y se decanta por las mujeres. Lo que pasa es que, a lo largo de sus vidas, han sufrido con tanta frecuencia discriminación, selecciones injustas, un retraso en el progreso de sus carreras, que tuvieron que demostrar su valor más que los hombres".

Los analistas financieros critican a menudo a Lagarde por su falta de formación económica. "Creo que algo de eso es sexismo", dice, con el rostro endurecido. "Parte de ello se debe, ya sabe, a su deseo de permanecer dentro de ese estrecho mundo de la caracterización única... Considero que mi deber es para con los europeos y no para con los expertos financieros".

Miembro del equipo francés de natación sincronizada en su juventud, esta mujer de 67 años todavía utiliza las técnicas de respiración que aprendió para lidiar con el estrés. "Cuando escucho a algunos jefes de bancos centrales, hago así", e inhala profundamente usando su abdomen. "Y luego sonríes". ¿Cómo sigue convenciendo a una sala llena de banqueros centrales, en su mayoría hombres, para que apoyen decisiones políticas difíciles? "Requiere mucha preparación. Porque si no hiciera ese esfuerzo, entonces me podrían menospreciar muy fácilmente", afirma. "Lo segundo es que durante toda mi vida... Siempre he tratado de escuchar, prestar atención y respetar a la gente".

Casi en el momento justo, la mesera trae nuestra tarta de queso, un cuchillo y un segundo plato y nos pregunta si queremos cortarla nosotros mismos. "Oh, usted lo hará mejor", dice Lagarde, mirando cómo la corta por la mitad. "Así está bien. Muy bien. Muchas gracias". Mientras saboreamos el cremoso postre, dice: "Ese es un ejemplo: podría haberle dicho: 'No, no, lo hacemos nosotros'. Pero se tomó la molestia. Trajo el cuchillo. Por eso hay que respetar lo que sabe hacer. Lo mismo se aplica a las personas con las que tengo que trabajar. A veces simplemente hay que dar espacio".

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