Martina tiene 28 años y hace tres dejó atrás su vida en Rávena para instalarse en una casa antigua del siglo XVIII, en medio de los Apeninos de la Romaña, en Italia. Lejos de la ciudad, encontró una forma de vida distinta a la que había llevado hasta entonces, rodeada de naturaleza y con otro ritmo.
“Al entrar se nota cómo diferentes identidades conviven aquí. Está mi esencia, la esencia de la casa, la esencia de mi abuela”, cuenta la joven en una entrevista en YouTube para el canal The Pillow, mientras muestra la vivienda que ella misma está restaurando poco a poco.
La joven adquirió la antigua casa de campo a los 26 años, se mudó y empezó a transformarla. Aprendió sobre la marcha a ocuparse de una vivienda rural: los trabajos de jardinería para mantener el lugar y las tareas de restauración. Algunas partes de la casa ya están recuperadas y otras siguen en obra.
Buena parte de lo que hay dentro tiene una historia. “Aquí he recuperado un poco de todo, las mesitas, de mercados de segunda mano”, explica. Para poder sostener la hipoteca, además, abrió las puertas de la casa y ahora ofrece alojamiento a otras personas. “Aquí somos muchos, muchísimos. En realidad, yo solo soy la guardiana de la casa”, asegura.
Martina comparte ese rincón con quienes buscan un descanso de la rutina en su B&B Ballallaluna, con actividades y propuestas turísticas variadas.
El vínculo con su abuela y la casa del siglo XVIII restaurada
Uno de los hilos que atraviesan la casa, y la propia historia de Martina, es la figura de su abuela, a quien cuidó durante sus últimos meses de vida. Fue ella quien le transmitió su pasión por las plantas y la naturaleza, y quien le regaló una caja de música que, según cuenta, la transportó a “otra dimensión”.
Ese recuerdo está presente en el hogar que hoy restaura, entre los muebles recuperados y las plantas que cuida. La casa, en cierto modo, reúne varias capas de su vida y de las personas que la marcaron, algo que ella resume en esa idea de las distintas “esencias” que conviven entre sus paredes.
Las dificultades de alejarse de la ciudad para vivir en el campo
Vivir apartada de la ciudad tampoco está exento de retos, y ella lo reconoce con naturalidad. “El miedo al abandono, el hecho de estar aquí sola, un poco asocial, y pensar ‘quién sabe si conoceré a alguien’. Son las cosas típicas que aparecen cuando estás sola”, admite.
Aun así, dice haber encontrado allí una calma que antes le costaba: “Todos los días me asomo por la ventana y digo ‘madre mía’, qué sensación de gratitud inmensa”.
Su filosofía de vida, muy ligada a lo que aprendió en esos años, la resume así: “Si haces las cosas por una necesidad del alma y no por satisfacer el ego, entonces el universo te responde. Tengo fe en el proceso”.