Hay una vieja regla de la política: cuando una conversación no te conviene, intentá cambiarla. Javier Milei parece haberla aplicado con bastante éxito.
Durante varias semanas, el Gobierno venía jugando a la defensiva. No necesariamente porque todos los números de la economía fueran malos -de hecho, tiene unos cuantos buenos resultados para mostrar-. El problema era que la discusión había empezado a abandonar los grandes agregados macroeconómicos para meterse en lugares menos confortables: salarios, consumo, morosidad, empleo informal, actividad industrial, comercio, crédito.
Es decir, la economía real. La que no aparece necesariamente en los informes de los funcionarios, pero sí en la vida de las familias y comerciantes.
Entonces, Milei habló de Malvinas. Y consiguió algo que parecía difícil: volver a poner al Gobierno en control de la conversación. No es un detalle menor. Malvinas tiene una ventaja política extraordinaria. Es una causa nacional. No necesita demasiada introducción. No requiere explicar una fórmula monetaria, una regla fiscal o una curva de rendimiento. Tiene territorio, historia, soberanía, identidad.
Tiene, sobre todo, un “nosotros”. La economía no. La economía tiene ganadores y perdedores. Malvinas une. La economía divide. Ahí está la clave de la maniobra política. Milei habló de Malvinas en términos de soberanía y un reclamo concreto sobre la cercana explotación de recursos energéticos. Pero, ¿puede Milei llevar esa discusión a otra área?
La pregunta no es si Milei inventó Malvinas para esconder la economía. Eso sería demasiado fácil y, probablemente, incorrecto. La cuestión más interesante es otra: ¿Puede una causa nacional desplazar durante un tiempo suficiente una discusión económica que empezaba a serle incómoda? ¿Puede Milei malvinizar la economía?
La economía tiene ganadores y perdedores. Malvinas une. La economía divide.
El Cronista se lo planteó al analista Rosendo Fraga, quien se mostró escéptico.
-Trayendo a la mesa la cuestión Malvinas, Milei está apuntando a algo emocional. Pero eso no me lleva a pensar que el Presidente vaya a cambiar su doctrina económica. La economía va por otro lado.
-Y si gracias a Malvinas mejora su imágen y, aunque sea marginalmente y de rebote, le incrementa sus chances de reelección. ¿Eso no sería una mejora a los ojos de los mercados, con impacto en el riesgo país, por caso?
-Hoy Milei necesita la bandera argentina flameando en las islas antes de octubre de 2027. Y eso no lo veo imposible, si Trump avanza con su idea de una base militar en Malvinas para controlar el Atlántico Sur. En ese caso hay una chance de que la bandera argentina se sume a la de Gran Bretaña y Estados Unidos.
-Si eso llegara a ocurrir, ¿se garantiza la reelección?
-Obviamente que sí.
Ignacio Labaqui, más cauteloso, prefiere remitirse a un viejo eslogan de campaña: “Es la economía, ¡estúpido!”. Labaqui dice que Malvinas le permitió a Milei retomar algo de control de la agenda y cambiar por unos días el eje de la conversación pública. Pero es difícil que le pueda sacar mucho más jugo al asunto. Él ya dijo que no va a cambiar en términos económicos, que hizo pequeños ajustes, como el uso de los fondos del FGS para financiar líneas de créditos hipotecarios, o dejar que el dólar cruce los 1.500 pesos. Pero no se ve mucha voluntad de hacer algo distinto. La apuesta es que la inflación baje y que el salario recupere. No hay más que eso.
Más allá de la mirada de los analistas, lo cierto es que la cadena nacional le permitió a Milei hacer algo que los gobiernos necesitan desesperadamente cuando las cosas se complican: recuperar la iniciativa.
Hasta hacía poco, las preguntas eran otras. ¿Por qué el consumo no termina de despegar? ¿Cuándo se va a sentir de manera más generalizada la recuperación de los salarios? ¿Qué pasa con los sectores industriales que todavía no encuentran su piso? ¿Por qué la informalidad sigue siendo tan elevada? ¿Qué está pasando con la morosidad de las familias? ¿Cuándo volverá el crédito a ser una herramienta relevante para los hogares y las empresas?
Son preguntas antipáticas. No porque necesariamente tengan una respuesta negativa, sino porque obligan a explicar. Malvinas no necesita explicación.
Durante los primeros meses de gestión, la inflación fue el gran ordenador de la conversación. Después apareció el ajuste. Luego la recuperación. Y, en las últimas semanas, empezaron a ganar espacio cuestiones mucho más concretas vinculadas con el costo de vivir y trabajar en la Argentina.
El Gobierno necesita que esa discusión no termine consolidándose como la fotografía definitiva de su gestión, porque su apuesta económica es de largo plazo.
Milei necesita tiempo para que la estabilización se transforme en crecimiento. Para que el crecimiento se transforme en inversión. Para que la inversión se transforme en empleo. Y para que el empleo y los salarios terminen convirtiéndose en una mejora perceptible para una porción mucho mayor de la sociedad.
El problema es que la política nunca concede demasiado tiempo. Por eso Malvinas puede ser una herramienta formidable.

Permite hablar de soberanía cuando la oposición quiere hablar de salarios. Permite discutir petróleo cuando otros quieren discutir consumo. Permite hablar de Gran Bretaña cuando la conversación estaba girando hacia la morosidad de los hogares. Pero hay un límite. La heladera.
Se puede cambiar la agenda durante una semana. Incluso durante varias semanas. Se puede conseguir que políticos, medios y las redes sociales discutan otra cosa. Lo que no se puede hacer es cambiar la realidad económica mediante una cadena nacional.
La política puede cambiar de tema. Pero la economía vuelve. Es el famoso metro cuadrado de la gente. Y ese es, probablemente, el principal desafío que tiene Milei por delante.
Por eso Malvinas puede darle oxígeno político, pero habrá que ver si puede darle una respuesta económica.
Una economía que crece genera empleo, mejora salarios y permite volver a planificar no necesita demasiada propaganda. Se convierte en experiencia. Se siente. Malvinas puede haberle permitido a Milei recuperar el centro de la escena. Ahora falta saber si la economía le permitirá conservarlo.

Por Gustavo Bazzan
Periodista
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