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La geopolítica del siglo XXI rompe todos los manuales y la Argentina de Javier Milei intenta encontrar su lugar en un tablero cuyas reglas se reconfiguran cada día. Esa fue la premisa central de una reciente intervención pública de Andrés Malamud, politólogo e investigador en la Universidad de Lisboa, quien analizó con crudeza el escenario global y cómo la gestión libertaria intenta surfear una ola de incertidumbre sin precedentes.
En el marco de una entrevista con Elena Financiera Streams, Malamud apuntó que para él, la Argentina está ejecutando un experimento audaz: ir “a contramano de la corriente”. Mientras las grandes potencias abandonan el libre mercado para abrazar el proteccionismo, Milei se aferra a un liberalismo ortodoxo.
Sin embargo, detrás de la retórica, se esconde una dependencia pragmática que Malamud define con una frase tajante: “Cuando Milei era candidato decía que con comunistas no comerciaba; ahora, sin comunistas no hay comercio”.
El fin de las reglas: por qué el mundo es hoy más peligroso
Malamud sostiene que el orden internacional nacido tras la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría ha colapsado porque “la fuerza y el derecho ya no se corresponden”. El ejemplo más claro es China, cuya economía exige un peso en organismos internacionales (como el FMI o el Banco Mundial) que las potencias tradicionales se niegan a ceder.
Pero el giro más irónico, según el analista, proviene de Washington. “Lo segundo más importante es que el que más cuestiona este orden es el que lo creó y de él se benefició: los Estados Unidos”, advierte. En este nuevo escenario, EE.UU. actúa como una “potencia revisionista” que patea el tablero de la Organización Mundial del Comercio para frenar el ascenso chino, dejando a países intermedios como la Argentina en una encrucijada de lealtades.
Milei y Trump: un matrimonio por conveniencia, no por ideología
Uno de los puntos más provocativos de Malamud es la distinción entre el líder argentino y el republicano Donald Trump. Aunque ambos se abrazan en foros internacionales, Malamud aclara que “no son lo mismo”.
“Milei es un liberal libertario, Trump es un mercantilista proteccionista”, diferencia. Según el politólogo, la conexión entre ambos es más pragmática que doctrinaria. Para el presidente argentino, el apoyo de la Casa Blanca (o de una futura administración del republicano) es vital para evitar el abismo financiero.
“El libertario argentino está colgado del Estado... de los Estados Unidos. Porque no tenemos reputación para conseguir crédito en los mercados”, sentencia Malamud, subrayando que hoy Argentina depende más de la voluntad política de Washington que de la confianza de los inversores.
El “juego del equilibrista” con China
A pesar del discurso de “hiperalineamiento” con Estados Unidos e Israel, Malamud destaca la “paciencia oriental” con la que China observa a la Argentina. El analista recuerda que incluso durante la dictadura militar de 1976, Argentina se negó a acompañar un boicot estadounidense contra la Unión Soviética por razones comerciales.

Hoy, la situación es análoga: “Argentina está muy lejos de Estados Unidos... tiene margen de autonomía, pero decidió no tenerla. Sin embargo, sigue comerciando con China”. Para Malamud, Milei ha aprendido a ser un “equilibrista”: vende retórica a Occidente mientras vende soja a Oriente. China, por su parte, solo trazará la “línea roja” en temas de infraestructura sensible como el 5G o puertos de aguas profundas. Mientras Argentina no cruce ese límite, el comercio de commodities seguirá siendo el pulmón de la economía local.
¿Por qué el ajuste de Milei es “políticamente sostenible” para Malamud?
Muchos analistas se preguntan cómo el tejido social argentino resiste un ajuste fiscal sin precedentes. Malamud introduce un concepto clave: la mutación del mercado laboral. En el pasado, un ajuste de esta magnitud hubiera detonado el sistema por el desempleo formal. Hoy, la “economía de plataformas” (aplicaciones de delivery, transporte, etc.) actúa como un amortiguador político.
“La desocupación con las aplicaciones ya no existe más. Ahora cualquier persona con un teléfono y una bicicleta es capaz de salir a trabajar y creer que está ocupado”, explica. Este fenómeno ha cambiado la “cabeza de la gente”, generando una sociedad mucho más paciente ante el ajuste, ya que la culpa no se le asigna al Estado, sino a los “que robaron antes”, una narrativa que el Gobierno ha logrado instalar con éxito.
Sobre las oportunidades de inversión, Malamud ve un cambio en la geografía económica del país. Destaca el eje vertical de la cordillera, impulsado por el gas y el petróleo en el sur, y la minería en el norte.

Menciona también una apuesta “superriesgada” del Gobierno: usar el frío de la Patagonia para refrigerar servidores de Inteligencia Artificial. Aunque reconoce que la competencia es feroz (con Texas a la cabeza), Malamud define a Milei como un “apostador de alto riesgo” que busca transformar las desventajas climáticas en activos tecnológicos.
Finalmente, Malamud advierte que los mayores peligros para la Argentina no son solo externos. Si bien el país es “una hoja al viento” que depende de las tasas de la Fed y el crecimiento chino, los “errores autoinfligidos” son los que suelen marcar el destino.
Pese a la virulencia del discurso oficial, Malamud cierra con una nota de optimismo sobre la cohesión democrática del país: “Seguimos siendo una sociedad bastante cohesionada en la que la violencia es inaceptable. Aunque Milei no se diga democrático, lo que está haciendo no deja de serlo”. En este equilibrio entre la retórica disruptiva y la práctica institucional, parece residir la única chance de Argentina para no naufragar en el nuevo orden global.















