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El domingo 4 de octubre, Flavio Bolsonaro obtuvo un resultado que las encuestas no vaticinaban, propinándole una derrota inesperada al oficialismo de Lula da Silva y agrandando una página más a la tesis de que -por detrás de todo- hay gobiernos que no pueden responder con eficacia a los reclamos ciudadanos.

La cuestión pasa por cómo los Estados quieren y no pueden dar respuesta a la economía, la inflación, la seguridad y la corrupción. Pero también, ese desencanto se traduce en otro fenómeno, el de las iglesias evangélicas que reencantan un mundo prometiendo prosperidad individual a sus fieles.

Ese combo jugó sus cartas en la primera vuelta brasileña, estableciendo una disputa por la identidad nacional. El brasil católico de Cristo y la Virgen de Aparecida pareció entrar en conflicto con el Brasil del evangelismo que le reza sólo al Señor Jesus. Lula realizó actos con la imagen de la Virgen y Bolsonaro se mostró una vez más con pastores.

Para el sociólogo e investigador Fortunato Mallimaci, uno de los principales especialistas latinoamericanos en religión y política, el fenómeno comenzó mucho antes que este domingo.

Aunque pueda parecer tentador, hay que evitar el pensamiento lineal. Por ejemplo, hace algunos años atrás, Da Silva llevó a un vicepresidente evangélico para ganar votos.

“No es que de golpe apareció la religión en la política. En América Latina siempre estuvieron profundamente vinculadas”, señaló Mallimaci.

La religión nunca se fue de la política

Durante buena parte del siglo XX, explica, la Iglesia Católica ocupó una posición casi hegemónica en América Latina. No sólo desde el punto de vista religioso, sino también institucional.

“Lo religioso estuvo siempre muy presente. La pregunta nunca fue si estaba o no, sino cómo, con quiénes y desde dónde”, señaló el sociologo en diálogo con El Cronista.

Ese equilibrio comenzó a cambiar desde mediados del siglo pasado. La crisis del catolicismo, las transformaciones internas de la Iglesia y el crecimiento del movimiento evangélico alteraron una estructura que había permanecido relativamente estable durante décadas.

Para Mallimaci, el crecimiento evangélico no puede entenderse únicamente como un fenómeno religioso. También fue una transformación social.

Las iglesias crecieron especialmente en barrios populares, con pastores mucho más cercanos a las comunidades que la estructura tradicional católica.

“Algunos llegan a decir que ese evangelismo de los años sesenta y setenta era un catolicismo popular dirigido por personas que se hicieron evangélicas”, resumió.

Con el tiempo, ese crecimiento también adquirió expresión política. Brasil fue pionero en la formación de la llamada bancada evangélica, un espacio transversal integrado por legisladores de distintos partidos unidos por una agenda religiosa común.

“Una parte de ese mundo no buscaba eliminar los privilegios históricos del catolicismo dentro del Estado. Buscaba compartirlos”, dijo.

Es decir, la discusión dejó de ser únicamente religiosa para convertirse también en una disputa por espacios de poder, representación e influencia institucional.

El voto religioso ya forma parte de las encuestas

Ese cambio también modificó la manera de estudiar la política brasileña. Durante muchos años, recuerda Mallimaci, los censos apenas distinguían entre católicos y no católicos. Hoy las propias encuestas electorales incorporan el factor religioso como una de las principales variables de análisis.

La última encuesta de AtlasIntel/Bloomberg, difundida pocos días antes de la primera vuelta, volvió a mostrar esa segmentación.

Entre los católicos, Lula conservaba una ventaja clara en intención de voto (50% contra 41,5%), mientras que entre los evangélicos ocurría exactamente lo contrario: Flávio Bolsonaro reunía 53,1% frente al 26,6% de Lula.

La misma encuesta mostraba diferencias similares al medir la aprobación presidencial según religión: Lula mantenía niveles de aprobación cercanos al 50% entre los católicos, pero apenas superaba el 27% entre los evangélicos.

Los nuevos referentes de una derecha religiosa

La elección también dejó otra señal. Los dos diputados federales más votados de la historia de Brasil pertenecen al universo bolsonarista y construyeron buena parte de su liderazgo alrededor de un discurso conservador de fuerte contenido religioso.

Nikolas Ferreira, de 30 años, obtuvo más de 3,1 millones de votos, mientras que Lucas Pavanato, de 28 años, superó los 3 millones en el estado de San Pablo.

Ambos combinan millones de seguidores en redes sociales con una agenda centrada en la defensa de la familia, la oposición a las políticas de género y un discurso que mezcla valores religiosos con propuestas económicas liberales.

A ellos se suma Michelle Bolsonaro, también evangélica, que construyó buena parte de su campaña alrededor de temas vinculados con la familia, la seguridad y los valores cristianos.

EFE

La disputa ya no es sólo religiosa

Sin embargo, Mallimaci advirtió contra una simplificación frecuente.

Los creyentes votan opciones muy diversas y también existen importantes sectores evangélicos cercanos a Lula o a otras fuerzas políticas. Para ganar una elección presidencial en Brasil, explica, ningún candidato puede depender exclusivamente del voto evangélico.

Con una población donde los protestantes representan alrededor del 26,8%, Bolsonaro necesita también una parte importante del voto católico.

Por eso, afirmó, el verdadero cambio no consiste en que una religión vote masivamente a un candidato. Lo novedoso es que la política comenzó a utilizar símbolos religiosos para construir identidades colectivas.

“Se nos había dicho que con el progreso iba a desaparecer lo religioso. No sólo no desapareció: hoy hay dioses en la izquierda, en la derecha, en el centro y en la extrema derecha.”

La “guerra de dioses” brasileños

Ese proceso desemboca en la expresión que Mallimaci utiliza para describir el momento actual. “Hoy hay guerra de dioses y hasta guerra de vírgenes.”

Para el investigador, la política dejó de disputar solamente programas económicos o modelos de desarrollo. También empezó a disputar sentidos, emociones e identidades.

“Las disputas de sentido incluyen las disputas por la identidad brasileña”, resumió.

Y advirtió que cuando la política reduce el debate a una confrontación entre el bien y el mal, pierde parte de su capacidad de representar la diversidad de la sociedad. Esa, sostiene, es la verdadera transformación que dejó esta campaña brasileña.