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Argentina está acostumbrada a discutir sus déficits en términos fiscales, externos, energéticos o de infraestructura. Pero hay otro déficit, menos visible y mucho más difícil de revertir, que puede condicionar el crecimiento de las próximas décadas: el déficit de capital humano.
El diagnóstico surge del trabajo del economista David Jaume, del Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales (CEDLAS) de la Universidad Nacional de La Plata, sobre la evolución del mercado laboral y la formación de capital humano en Argentina.
El análisis adquiere especial relevancia esta semana, después de conocerse los resultados de las pruebas PISA 2025, que volvieron a mostrar el deterioro de los aprendizajes de los estudiantes argentinos. La propia OCDE informó que Argentina retrocedió en matemática, lectura y ciencias respecto de 2022.
El problema que plantea Jaume va mucho más allá de las notas de una prueba internacional. Apunta a cuántas personas egresan con un título terciario o universitario. Se trata en definitiva de qué trabajadores tendrá la Argentina dentro de diez, veinte o treinta años.

El promedio de años de educación de la población adulta argentina aumentó de 10,4 años en 2003 a 12 años en 2021, pero desde entonces prácticamente se estancó. Y el grueso de esa mejora estuvo explicado por la expansión de la educación secundaria, no por un aumento equivalente en la cantidad de personas que logra completar estudios superiores.
Ahí aparece el dato que más preocupa. Según el trabajo de Jaume, solo el 24% de los adultos argentinos completó estudios superiores, frente al 42% en los países de la OCDE. Pero la situación es todavía peor cuando se observa a las generaciones jóvenes: apenas el 19% de los argentinos de entre 25 y 34 años terminó estudios superiores, contra 48% en la OCDE. Brasil alcanza 24%, México 29%, Colombia 37% y Chile 41%. Argentina queda así en el puesto 46 entre 48 países comparables.
La tendencia, además, es negativa. Las nuevas generaciones tienen menos probabilidades de completar una carrera universitaria que las anteriores.
“Estamos generando menos egresados o proporción de cada cohorte de población que en el pasado”, señala Jaume. Y advierte sobre la magnitud de la diferencia: Argentina tiene una tasa de egresados del 20% de egresados universitarios, mientras que la OCDE se encuentra “por cerca del 40%”.
Para el economista, no se trata simplemente de un problema educativo. “Tiene impacto sobre el empleo, la productividad, la salud, la esperanza de vida”, explica. Es decir, una menor cantidad de graduados universitarios no implica solamente menos profesionales. Significa, potencialmente, una fuerza laboral con menor nivel de calificación, menor productividad y menores ingresos. Y eso termina afectando también otras dimensiones de la vida económica y social.
Una decadencia que tarda en verse
Hay una característica del déficit educativo que lo vuelve particularmente peligroso: sus consecuencias aparecen con mucho retraso. “Lo que está pasando ahora con la educación, uno lo va a ver dentro de 10, 15 años”.
Por eso, una recesión o una crisis económica pueden verse rápidamente en los indicadores de empleo, salarios o consumo. El deterioro educativo, en cambio, se acumula silenciosamente. Un chico que hoy termina la escuela con conocimientos insuficientes puede convertirse dentro de algunos años en un joven que abandona la universidad, y recién mucho después ese déficit aparecerá en las estadísticas de productividad y salarios.
“Me alarma que haya caído, mientras que todo el resto de países de América Latina que uno pueda mirar siguen incrementando su cantidad de egresados”, sostiene. Y agrega otro elemento que considera particularmente llamativo: “El ingreso a la universidad es irrestricto, por lo cual uno diría, bueno, debería ser que en Argentina ese proceso de obtener un título universitario es más fácil que en otros países”.

Sin embargo, ocurre lo contrario. De cada 100 estudiantes que comienzan estudios universitarios en Argentina, solamente 23 los completan. En Chile son 76 y en Brasil 38.
Para Jaume, además, la caída no es reciente. “Lo que vemos es una caída que se ha sostenido en el tiempo”, dice. Y destaca que el fenómeno “incluso empezó antes de quizás la recesión económica de Argentina”, por lo que parece responder a un problema estructural y no exclusivamente al ciclo económico.
El problema empieza antes de la universidad. La universidad, en este diagnóstico, es apenas la última estación de un proceso que empieza muchos años antes. “Muchos estudiantes ingresan a la educación terciaria sin las habilidades básicas necesarias para tener éxito”, sostiene el trabajo. Esas dificultades son consecuencia de problemas acumulados durante la educación primaria y secundaria.
El resultado es una paradoja: Argentina consiguió aumentar la cantidad de jóvenes que ingresan y terminan la secundaria, pero no logró garantizar que esa mayor escolarización estuviera acompañada por mejores aprendizajes.
“Creo que lo que hizo muy mal a la Argentina fue apostar por un sistema más inclusivo, pero sin pedir nada a cambio”, afirma Jaume. “Apostando solamente por más gente en el sistema sin pedir más calidad”. Y agrega un segundo problema: “A su vez, sin aumentar el financiamiento. Entonces, saturaste a un sistema educativo que ya estaba saturado”.
La discusión, entonces, no es solamente cuántos chicos están dentro de la escuela. Es qué aprenden mientras están allí. “Las estadísticas te dicen que más personas terminan la secundaria. Ahora, en el contenido, ¿qué realmente aprenden en esa secundaria?”, plantea.
Una brecha que también es social
El deterioro educativo tampoco afecta a todos de la misma manera.
La escuela argentina se fue segmentando por nivel socioeconómico. Las familias de ingresos medios y altos fueron migrando progresivamente de las escuelas públicas a las privadas, profundizando la segregación.
Eso tiene una consecuencia directa sobre las posibilidades de llegar a la universidad y terminarla. Jaume señala que investigaciones previas muestran que el abandono universitario “es mucho más alto en los deciles más bajos”. Y cuestiona una idea instalada sobre el carácter igualador del ingreso irrestricto: “El ingreso irrestricto es igualador... y al final en realidad lo termina aprovechando sobre todo los deciles más altos”.
El resultado puede ser paradójico: un sistema universitario formalmente abierto para todos termina siendo aprovechado en mayor medida por quienes llegan mejor preparados desde la escuela. “Entonces, la evidencia dice que toda la población financia la educación de los deciles más altos”, plantea.
El costo económico aparece después
El deterioro educativo tiene una característica que debería preocupar especialmente a quienes miran la economía: no se trata de un problema que termina en el aula.
“Una mayor educación te permite acceder a mejores trabajos, mejores ingresos, mejor calidad de vida, tomar mejores decisiones también”, dice Jaume.
Por eso, una generación que llega al mercado laboral con menos educación y peores habilidades queda más expuesta a empleos de menor productividad, menores salarios y menor capacidad de adaptación a los cambios tecnológicos.
El efecto tampoco termina en el individuo. “Claro que va a tener efectos en la productividad del país, en el crecimiento económico, en la adecuación, en el sistema sanitario, entre otras cosas. Y el sistema de pensiones a largo plazo”, advierte. El horizonte temporal es enorme. Los jóvenes que hoy salen de la escuela permanecerán potencialmente durante cuatro o cinco décadas en el mercado de trabajo.
“Imaginate que estas personas que salen de la escuela hoy en día van a permanecer en el mercado de trabajo de la Argentina por los próximos 40, 50 años”, señala.
Por eso, el deterioro de hoy puede convertirse en menor productividad para los próximos años

Por Gustavo Bazzan
Periodista
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