El mercado ya no teme tanto un regreso del kirchnerismo. El nuevo fantasma que empieza a circular entre analistas e inversores es otro: el riesgo libertario. O, más precisamente, el riesgo de que las propias tensiones políticas y económicas del oficialismo terminen condicionando la sustentabilidad del programa de Javier Milei y su camino a la reelección en octubre de 2027.

El ministro de Economía Luis Caputo intenta despejar esas dudas con una narrativa optimista. Habla de “brotes verdes”, promete 18 meses de bonanza y asegura que en 2027 no habrá episodios de volatilidad como los que atravesó la economía argentina en 2025. El mensaje oficial es claro: lo peor ya pasó y la economía entrará en una etapa de crecimiento sostenido.

La mesa política con funcionarios de confianza de Milei: Manuel Adorni, Martín Menem, Karina Milei, Guillermo Francos, Patricia Bullrich y Santiago Caputo
La mesa política con funcionarios de confianza de Milei: Manuel Adorni, Martín Menem, Karina Milei, Guillermo Francos, Patricia Bullrich y Santiago Caputo

Los datos del EMAE aparecidos este jueves parecen empezar a darle la razón a Caputo. Hubo un fuerte crecimiento de la actividad y los sectores identificados como “perdedores” pudieron mostrar signos positivos, sobre todo industria y construcción. Y en menor medida, el comercio.

Pero el mercado empieza a hacerse otra pregunta: ¿qué pasa si esos brotes verdes no aparecen con la intensidad y la perdurabilidad esperada esperada? ¿Y qué ocurre con la tolerancia social al ajuste si la mejora tarda demasiado?

La preocupación no surge solamente de la política. También nace de algunos límites que el propio Caputo reconoció en las últimas semanas. El ministro admitió que el margen para seguir recortando el gasto público prácticamente se agotó.

El ajuste del gasto para alcanzar y sostener el equilibrio fiscal, principal ancla del programa económico libertario, habría llegado a un techo. A partir de ahora, el Gobierno necesita que la recaudación crezca. Y para que eso suceda hace falta más actividad económica.

El dato no es menor en un contexto de nueve meses consecutivos de caída de la recaudación fiscal. El superávit financiero sigue siendo la principal bandera del oficialismo, pero la sostenibilidad de ese equilibrio depende cada vez más de que la economía empiece a expandirse de manera visible.

El Gobierno necesita mostrar que el rebote existe y que empieza a derramarse más allá de algunos sectores puntuales.

Porque, por ahora, las señales siguen siendo mixtas. Hay datos positivos, especialmente vinculados al sector externo. Las exportaciones muestran dinamismo y el superávit comercial continúa consolidándose. Pero en el consumo masivo y en buena parte de la economía doméstica el clima sigue siendo mucho más frágil. Sobre todo en los grandes centros urbanos, como el AMBA, donde hay millones de votantes.

En paralelo, el deterioro político empieza a filtrarse en la conversación económica. Las internas libertarias, las tensiones alrededor de Manuel Adorni y el desgaste natural de la gestión generan interrogantes sobre cuánto puede afectar la política al rumbo económico. La guerrita digital entre el asesor-hermano del Presidente, Santiago Caputo, y el titular de la Cámara de Diputados, Martín Menem, se convirtió en un show penoso.

Para la consultora Mora Jozami, sin embargo, el principal y casi excluyente insumo que definirá la suerte del gobierno sigue siendo la economía. “El gobierno sigue fuerte en su núcleo duro. Ningún indicador de gestión está por debajo de los 30 puntos. Lo de Adorni obviamente impacta en el humor social, pero no explica la caída que vimos en los últimos meses. La economía es la que explica los movimientos en la aprobación de gestión y por ende será la economía la que explique las chances que tenga el gobierno en las próximas elecciones”, sostiene.

La lectura coincide con la de varios encuestadores: mientras la inflación continúe relativamente controlada, Milei conserva parte importante de su capital político. Pero la gran incógnita es qué sucede si la desaceleración inflacionaria deja de alcanzar como único argumento frente a una actividad económica débil.

El politólogo Ignacio Labaqui cree que el oficialismo ya perdió uno de los activos que habían impulsado el ascenso libertario. “El gobierno tenía tres activos: el discurso anti casta, la gestión económica —particularmente la baja de la inflación— y el rechazo a lo anterior. El discurso anti casta ya no va porque lo de Adorni lo terminó de matar. Queda la economía y el rechazo a lo anterior”, explica.

Y agrega una advertencia todavía más delicada pensando en 2027: “Si se llega al 2027 con una economía como la del primer trimestre del año, solo te queda el rechazo a lo anterior”.

Ese diagnóstico conecta con otra preocupación creciente entre economistas: la vulnerabilidad financiera frente a un escenario político menos favorable. El ex ministro Hernán Lacunza sostiene que el Gobierno debería enfocarse en llegar a 2027 con más reservas en el Banco Central para enfrentar eventuales tensiones cambiarias si la economía no mejora con claridad.

Según Lacunza, en un contexto de decepción económica podrían reaparecer fenómenos clásicos de la Argentina: presión sobre el dólar, dolarización de carteras y riesgo de corrida cambiaria. Para evitarlo, cree que el Gobierno debería aceptar un tipo de cambio algo más alto que el actual con el objetivo de acumular reservas.

La economista Marina Dal Poggetto plantea una lógica similar. A su entender, si aparece una oposición competitiva habrá tensiones financieras. Y esa competitividad opositora dependerá, en buena medida, del estado de la economía real. Palabras más o menos, dijo que si la oferta electoral oficial es “nosotros o el abismo” y la opción abismo cobra fuerza, los mercados van a anticiparse. Y ya se sabe de qué se trata esa reacción.

Ahí aparece el núcleo del nuevo riesgo que empieza a observar el mercado. Ya no se trata únicamente de la posibilidad de un regreso del kirchnerismo, una hipótesis que hace algunos meses concentraba gran parte de los temores empresariales. El interrogante ahora es si el propio proyecto libertario podrá sostener su promesa económica sin crecimiento visible, sin margen para más ajuste y con una sociedad que empieza a exigir resultados concretos después del sacrificio.

Caputo intenta convencer a los inversores de que el camino hacia la estabilidad ya está asegurado. Pero el mercado sabe que, en Argentina, la política y la economía rara vez viajan por carriles separados. Y que incluso los programas más ortodoxos necesitan algo más que equilibrio fiscal: necesitan tiempo, resultados y paciencia social.