Todas las crisis, la crisis: para Joe Biden, el conflicto entre Rusia y Ucrania no es el único frente abierto

(Madrid)  No hay una sino unas cuantas crisis, ahí apiladas en este presente de la humanidad, cada día más complicado. Aparecen mal estibadas y necesitan ser tratadas con sumo cuidado, ya que el contexto no parece ayudar demasiado.

Por estos días la que acapara más la atención es la crisis en Ucrania. Allí podrían sucumbir ciertos liderazgos o, al menos, lo que quede de ellos. También en Taiwán y en Oriente Medio, Joe Biden, enfrenta otros desafíos en materia de política exterior, en un momento más que complejo; no sólo para su presidencia, sino para el mundo. 

El presidente estadounidense avanzó en su acercamiento a Taipéi, sumando a esa causa a Corea del Sur y Japón, con una sola intención: ponerle coto a China, que no para de avanzar en todos los frentes y, de paso, le devolvió la jugada cerrando un acuerdo de cooperación con Cuba.

Oriente Medio aparece en la larga lista de promesas electorales, hasta ahora incumplidas, que carga Biden, según lo demuestran las últimas encuestas al cumplir un año en el gobierno. Aún no ha logrado revivir con Irán el acuerdo nuclear que Barack Obama firmó en 2015 y que Donald Trump se lo pasó por el saco, poco tiempo más tarde.

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Por allí transitan las urgencias en materia exterior de Biden. Pero son muchos más (y tan urgentes) los pendientes que tiene fronteras adentro, como los efectos devastadores del COVID-19 y la inflación, que le hacen perder los estribos al presidente -ha llegado, incluso, a insultar a la prensa-; son muestras de otras crisis, que se suman a la pérdida de influencia de Estados Unidos y a la crisis global que se cierne desde hace varios años -con el cambio climático y la pandemia por delante- y que no parece tener control. Al menos político.

Si se observan las reacciones de Estados Unidos y Reino Unido, guiando al resto de la OTAN para escalar la tensión en Ucrania, podrá detectarse la diferencia de intereses entre Washington y la Unión Europea (UE). El gendarme global busca ratificar sus cartas credenciales mientras se debilita; está obligado a sacar músculo ante Pekín y seguir manteniendo aceitada su maquinaria militar. 

No importa que el mundo asista a la mayor escalada armamentística entre ambas potencias desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Con todo lo que tiene a su alcance, Putin, aprovechó los flancos débiles una Europa que teme ante esas amenazas, cruje por una economía en retroceso y trata de evitar que el gas y los otros suministros energéticos que llegan desde Rusia o de algunos de sus aliados en la región, no provoquen una crisis de desabastecimiento. Incluso que mantenga el imparable aumento del suministro a lo largo y ancho del viejo mundo. 

Esos temores quedaron de manifiesto el martes, cuando Francia desempolvó su viejo manual en relaciones exteriores y abrió un canal de diálogo con Moscú, en virtud de su posición histórica de "tener siempre cerca a Rusia". Emmanuel Macron y Putin, mantendrán una charla telefónica, con el fin de "abrir una desescalada militar en Ucrania", según las fuentes del Elíseo consultadas por la prensa local.

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Imágenes remasterizadas "remakes" de escasa calidad de la Guerra Fría, que de paso le servirán a Macron para mostrarse internacionalmente en medio de la campaña electoral con vistas a las elecciones del 10 de abril próximo.

A pesar del atinado gesto de la diplomacia francesa, esta sumatoria de crisis no parece, precisamente, tener control político, porque es justamente de lo que se carece: de política. Esa herramienta crucial para cualquier cambio sin traumas por la vía de la -obsoleta (¿?) para algunos analistas- democracia

Ya no se escucha el sentido común de Angela Merkel, por ejemplo. Ahora priman los gestos de Vladimir Putin -y su permanente nostalgia de los tiempos de la KGB-, o un Boris Johnson capaz de ser el primer ministro más votado de su país, para dilapidar su poder en una fiestita de entre casa. Como si necesitara demostrar que de Alberto Fernández sólo lo diferencia el idioma, una vocal en el nombre de su perro (que se llama Dilyn y no Dylan), y el PBI de las economías que están obligados a regentear cada uno.

Y ya que pasamos por la cucha de Dylan, aprovechemos para hacer un rápido paneo por los liderazgos latinoamericanos, y ratificar simplemente que el problema es más profundo. Pedro Castillo, en Perú, y Jair Bolsonaro, en Brasil, tan lejos en sus posiciones y tan cerca en sus carencias políticas, bien pueden ser dos muestras cabales de que el problema no pasa por las ideologías y menos en qué lugar se posicionan sus gobiernos

El problema es la carencia desesperante de los elementos de esa ciencia que rige, organiza y moviliza a las sociedades. Y no hay Habeas corpus que valga para la política. Por eso, en la actualidad, las decisiones cruciales se toman en otros estamentos, incluso hasta amenazar convertir eso que llamamos soberanía en un eufemismo.

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Al menos, es lo que ha demostrado, hasta ahora, estos dos años de pandemia: el poder está en otra parte mientras la democracia se devalúa junto con las monedas, y su sistema de conceptos y creencias parece haber dado una vuelta de trompo.

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Hasta llegaron, estos últimos, a apropiarse del término libertario, a sabiendas de que ni Mijail Bakunin ni los hermanos Flores Magón pueden defendernos. No en vano, Mafalda, la visionaria "hija" de Quino, ya quería bajarse de este mundo hace rato.

Para completar el cuadro, una suerte de neofascismo se va configurando paulatina y constantemente y sin dejar de gritar; catapultando esa gritería desde las redes sociales, apabullando a los usuarios con un cúmulo tal de información difícil de digerir pero muy fácil para terminar confundiendo, atomizando, hacer que el usuario termine analizando poco y discutiendo mucho sobre ideologismos, mientras las ideologías, propiamente dichas, sufren el deterioro de sus fronteras.

Así las cosas, son cada vez más las voces que en Estados Unidos -incluso desde el ala izquierda del Partido Demócrata- las que le vienen reclamando a Biden que mire más a las minorías étnicas, a los problemas económicos y a la salud, que padecen sus compatriotas. Ni más ni menos que revise la agenda que lo ayudó a ser el presidente más votado de la historia, antes que decidirse a alterar el avispero en Ucrania o Taiwán

Tarea difícil para un presidente septuagenario que estuvo siempre listo, en el Senado, para levantar la mano en cada aventura bélica que ordenaba la Casa Blanca y alistaba el Pentágono.

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Ni Putin ni Xi Jimping lo tienen más fácil que el demócrata. El líder ruso es el más consciente de que tal como está el mundo y quienes detentan en verdad el poder estamos más cerca del pasado que de ese futuro tan lejano e incierto. ¿Y el presente? "Qué le importa a la gente, si es que siempre van a hablar...", iría en su ayuda Pablo Milanés.

Y es que el aquí y ahora es más complejo de lo esperado y las herramientas para trabajar sobre esta realidad en los tiempos que corren están en otras manos y en otros laboratorios. Tal vez no la tenga su aliado XI, quien mira y espera (porque sabe por sus ancestros que el tiempo es el mejor aliado de los más de 1.4 miles de millones de chinos), pero sí Bill Gates o algunos de sus colegas, en ese club selecto de ganadores en los últimos años.

La(s) crisis hoy es (son) de tal magnitud, tan diversificada(s) y tan endeble(s), que se requiere de mucha destreza para intentar repararla(s). Y es que se corre el riesgo de intentar componer una y que las otras, tranquilamente, se desacomoden hasta derrumbarse como un vil castillo de naipes.

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