El crecimiento viene teniendo subas y bajas en la era Milei. Durante los primeros 27 meses, la economía creció 3,5%, un resultado bueno que dista de ser espectacular. En su mejor momento, creció año a año 8,9%. Fue el período dorado, entre abril de 2024 y febrero de 2025, cuando reinaba el optimismo, la estabilidad cambiaria y la inflación bajaba fuertemente. Para eso, fue central salir de una economía totalmente disfuncional a otra en la que se corrigieron gran parte de los desequilibrios. Se logró bajar fuertemente la inflación, destrabar las importaciones, mejorar el tipo de cambio, pasar a una economía de mercado y empezar a implementar reformas estructurales que favorecieron el crecimiento.

Pero no todo fue una agradable cabalgata. A partir de marzo del año pasado la economía empezó estancarse. La campaña electoral generó ruido con propuestas de la oposición para aumentar el gasto público que amenazaban el principal pilar del programa: el equilibrio fiscal. A eso hay que sumarle algunos errores autoinfligidos como la eliminación de las Lefis y de la tasa de política monetaria, como así también una política de encajes bancarios excesivamente rigurosa, factores que eventualmente llevaron a un apretón monetario como pocas veces se ha visto en la Argentina. Todo para frenar la escalada del tipo de cambio.

El resultado fue un frenazo del crédito, lo que llevó a un fuerte parate de la actividad económica y del consumo, cuyas consecuencias se siguen sufriendo en la actualidad. La economía se estancó desde marzo del año pasado y se encuentra ahora apenas por debajo de los niveles de ese momento. A esta situación se suman un aumento en la inflación, un riesgo país que no acompaña las caídas que se observan en la mayor parte de los países emergentes y una fuerte caída en la confianza del consumidor.

Este deterioro empieza a generar preguntas de todo tipo, especialmente sobre qué políticas hacen falta para salir de este estancamiento. El tema no es menor porque lo que está en disputa es si la causa de este estancamiento es la filosofía del programa actual basada en políticas tales como equilibrio fiscal, baja del gasto público, desregulación y apertura económica entre otras o si, por el contrario, es el resultado del propio ajuste.

No es un tema menor: se discute si el estancamiento responde a la filosofía del programa actual basada en el equilibrio fiscal.

Mi visión es que el rumbo de largo plazo es el correcto. Pero el crecimiento sostenido es un fenómeno de largo plazo, no ocurre de un año para el otro: requiere que se acumule capital, y que se consolide la estabilidad macroeconómica. Es la consecuencia natural de políticas estructurales que tardan años en dar frutos.

El camino al crecimiento suele ser sinuoso, porque lo que muchas veces ocurre es que a largo del camino surjan obstáculos o desafíos que hay que superar. Y los problemas surgieron hacia marzo-abril del año pasado, en parte por “efectos secundarios” del programa de estabilización.

La experiencia internacional indica que bajar la inflación no es un proceso lineal, y que, aunque parezca paradójico, los programas para bajar inflaciones de tres dígitos suelen tener dos etapas: la primera es bajarla a niveles del 20 o 30 por ciento, que por lo general es rápido y que también tiene efectos expansivos, especialmente cuando se hace con un tipo de cambio estable como se hizo en Argentina.

Sin embargo, luego viene una segunda etapa que suele ser más lenta y compleja en la que la actividad se desacelera o se frena y en la que las reducciones en las tasas inflación son más difíciles. Esta segunda etapa es, aparentemente, en la que se encuentra Argentina.

Las razones por las que la economía entra en este ciclo más complejo se deben a que en la primera reducción se generan desequilibrios que en una etapa posterior se empiezan a corregir. Los desequilibrios pueden ser en algunos precios relativos, como puede haber sido el tipo de cambio o los salarios hoy o como puede haber sido la calidad de la reducción del gasto público que en algún momento hay que corregir para no afectar la infraestructura o algunos servicios básicos.

Este tipo de problemas son típicamente coyunturales y lo peor que se podría hacer es pensar en cambiar el programa de largo plazo de estabilización y reformas estructurales, que está bien orientado para que eventualmente dé frutos.

Pero ese crecimiento de largo plazo puede verse empantanado en algún momento como resultado de coyunturas como la que está viviendo la Argentina, en las que pareciera necesitar algún tipo de empuje para retomar el crecimiento. Si no lo consigue, de a poco se puede ir perdiendo confianza en el programa y popularidad en las políticas. Hoy la gran pregunta es si existen algunas políticas que el gobierno podrá implementar para salir de este pantano o si simplemente hay que seguir con las políticas de largo plazo y esperar y tener paciencia para que, eventualmente, la economía retome su camino.

El crecimiento de largo plazo es el principal objetivo y la estabilidad macroeconómica y las reformas que se vienen llevando van en el camino correcto. Pero para llegar al largo plazo, hay que atravesar el corto — y en este momento el camino está empantanado. Para atravesarlo la economía necesita un empujoncito, lo que se conoce como políticas de estímulo. En lo monetario ya se han bajado las tasas de interés para estimular el crédito. En lo fiscal no pareciera haber mucho espacio porque la recaudación está cayendo y no se quiere volver a los déficits fiscales.

Tal vez hay que pensar “fuera de la caja” en alternativas como utilizar el FGS para impulsar el crédito de largo plazo para estimular la construcción y la infraestructura o algún otro tipo de políticas activas. Esperar a que las condiciones que se crearon seduzcan la inversión y empuje la economía es una posibilidad, pero puede llegar muy tarde. Nunca mejor que ahora recordar el dicho de que “se puede llevar un caballo al agua, pero no se lo puede obligar a beber”.