Épica. Corazón de campeón. Los títulos para describir la remontada histórica –“faraónica”, se permitió ironizar alguno- de la Argentina contra Egipto. Un triunfo dramático, para el infarto. Incluso, hay quienes hablaron de “rally frenético”, comparando la secuencia de goles de Romero, Messi y Enzo Fernández con el imparable impulso que dispara a una acción o un bono.
El llanto de Messi. El quiebre de Scaloni. La euforia de un país. La gesta deja lecciones para la economía.
La primera: tener un plan. Como se suele decir en el fútbol, La Scaloneta sabe a lo que juega. Pelota al pie, salida prolija, tocar hasta encontrar el espacio. O meter el pelotazo sólo para sorprender. Ideas claras. Como las que hacen falta en un programa económico. No es poco cuando lo conceptual está definido.
Segunda: superar las adversidades. Tener un plan, en sí mismo, no asegura resultados. Hay que ejecutarlo. Y es en la ejecución cuando emergen las dificultades. Aquellas que pueden hacer que no necesariamente TMAP. Para eso, a veces, es necesario hacer cambios. Scaloni metió tres en la formación inicial y, durante el partido, hizo otros cinco. Algunos funcionaron; otros no. El equipo tampoco tuvo su mejor performance. Pero mantuvo el rumbo.
Tercera lección: convicción. Difícil, cuando la urgencia apremia, no tentarse con la fácil: tirar centros en el fútbol; romper fundamentals y sacrificar metas de largo plazo por resultados de corto en la economía.
Scaloni, en lo poco que pudo decir, resaltó el factor humano: “¡Qué grupo de jugadores, hermano!”. La cohesión, el tirar todos -hasta el más sobrenaturalmente talentoso- para el mismo lado. Algo lógico y que no siempre se ve en un gobierno. Esto, en cambio, pasó ayer en Atlanta. Junto con la última lección, tan válida sobre el verde césped como para un programa económico. No hay magia, sino hacer las cosas como se deben hacer. Sobre todo, si se buscan corregir décadas de estropicios. “Primero, hay que saber sufrir”, canta el tango.