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Menem salió del incendio inicial pero dejó que el fuego atrapara a su herencia

Le tocará a la historia tratar de hacer un balance algo más desapasionado de la década que le tocó a gobernar a Carlos Menem. No será una tarea fácil, y a juzgar por las discusiones que aún hoy provoca, es probable que su gestión siga enterrada en la grieta que recorre el pasado argentino desde los días de unitarios y federales.

Porque Menem alumbró cambios institucionales que marcaron el la vida posterior del país, como la adopción del régimen de convertibilidad en 1991 y la reforma de la Constitución Nacional en 1994. Pero fue a la vez el presidente de los indultos a los militares juzgados por Raúl Alfonsín, el que abrió las puertas a sonados casos de corrupción y el que dejó impunes los dos atentados terroristas más grandes que padeció la Argentina.

A los presidentes se los juzga por el cumplimiento de sus promesas y por sus resultados. Pero una de las lecciones que dejó su gestión de diez años es que la cualidad que más se necesita de un mandatario es su capacidad para tomar decisiones y liderar en situaciones cambiantes, con sus aciertos y errores.

La sociedad suele juzgar a la política como un recorrido estático, comparando siempre la respuesta de los dirigentes con el punto de inicio de ese camino. Pero cuando mira hacia atrás, le presta menos atención a los golpes y desvíos recibidos en esa trayectoria. Veamos.

Menem compitió en una elección que debió ser adelantada seis meses cuando al BCRA de Raúl Alfonsín se le acabaron las reservas y no pudo defender más el austral. Su triunfo y sus promesas de salariazo aceleraron la desconfianza, que terminó de hundir a una economía sin moneda y sin crédito. En mayo, tras el resultado del comicio, la inflación superó 700%. La híper trajo olas de saqueos y revivió el temor a un nuevo protagonismo militar.

Para dejar atrás esa convulsión, Menem resolvió sellar una alianza con el principal grupo económico del país, Bunge & Born. Ese fue su primer salto, pero no alcanzó. 

El segundo pico inflacionario activó una segunda audacia: adoptar el régimen de convertibilidad que le propuso Domingo Cavallo. Su equipo discutió y evaluó un cambio de 1,40 por dólar, para obtener una mejora de competitividad que podría haber alterado la historia. Pero Menem lo simplificó y así nació el 1 a 1. La bonanza duró tres años. Las privatizaciones aportaron dólares y modernidad a una sociedad que ya no soportaba el calamitoso estado del Estado. Y el efecto tequila y las crisis asiáticas (ocurridas entre 1994 y 1998) alertaron sobre la necesidad de hacer cambios. Pero la reelección, conseguida en el Pacto de Olivos sellado con Alfonsín, puso otros objetivos: perdurar a cualquier costo.

Menem supo salir del incendio inicial y creyó que estaba en condiciones de evitar el suyo. Ese error le costó caro: su herencia también se quemó. El precio que pagó es que sus aciertos también quedaron en el lado oscuro de la historia.

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