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Las demoras con el FMI también tienen un costo para la economía

La aparición del Covid obligó a los países a crear una nueva cultura sanitaria. Y detrás de ella, como era de esperar, aparecieron también nuevas modalidades educativas, laborales y sociales. Todas las actividades debieron adaptar sus rutinas, y para cada una de ellas aparecieron protocolos. Lo que no tiene reglas, lamentablemente para los argentinos, es la negociación con el FMI. Se respeta la virtualidad de los diálogos y la formalidad de los intercambios. Pero para pasar del dicho al hecho, de la promesa al acuerdo, no hay tiempos preestablecidos. Las partes entienden, tanto el staff como los funcionarios de los países que acuden a ellos, que hay un ajedrez político y económico que puede extenderse a discreción. Lo que queda claro es que ese letargo, ese cono de incertidumbre que se extiende sobre el sector productivo y financiero, no es gratuito.

Para llevar adelante una reestructuración de deuda soberana, hay por lo menos un "protocolo" que impone cierto orden. Eso ocurre porque hay que ajustarse a las cláusulas legales de los bonos, y porque el hecho de que los títulos coticen en mercados bursátiles obliga a mantener informados a los inversores sobre qué propone el país a cambio de los bonos defaulteados o refinanciados, respetando cláusulas de confidencialidad.

Con el FMI el único plazo es el calendario de pago de la deuda contraída por el país que solicitó el préstamo. Eso significa que si el BCRA tuviera reservas para ir cancelando capital e intereses, el proceso podría extenderse hasta que se agoten los dólares.

Pero la realidad es que esas reservas no están, y por culpa de la sequía es probable que ingresen menos de las previstas, con lo cual el alargamiento de todo este proceso solo refuerza el estrés financiero que viven los privados.

El Gobierno sigue apostando a resolver una negociación política. Consideran preferible agotar todas las instancias que hay en el camino, antes que firmar un acuerdo "temprano" que puede tener alguna desventaja. En este nudo se juega hoy la partida. El Ejecutivo siempre pensó que acelerar la discusión podía ser contraproducente, y por eso no hubo avances relevantes en los últimos meses. Pero a diferencia de los analistas y del sector privado, lo que no contempla (o no le asigna valor real) es el deterioro que va generando el retraso de este acuerdo, ya sea en términos objetivos o de oportunidades.

La Argentina podría tener más cubiertas sus necesidades de financiamiento de 2022 (que hoy tienen un gran signo de interrogación) y recibir un caudal de inversiones que la ayudarían a tener una recuperación más sólida. En lugar de eso, los inversores se empiezan a preguntar, cada vez con más ansiedad, si tienen que tener algún plan B o C para este año.

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