

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que el VIH era sinónimo de sentencia. Hoy es una enfermedad crónica, tratable, casi silenciosa gracias al avance de la ciencia. Una buena noticia, sin dudas. Pero trajo consigo un efecto colateral que pocos anticiparon: a medida que el miedo se fue retirando, también lo hicieron las campañas de concientización sobre las infecciones de transmisión sexual. Y en ese silencio, casi sin que nadie lo advirtiera, el preservativo empezó a desaparecer de las prácticas cotidianas.
Lo vemos todos los días en el consultorio. Hay un cambio de época que se traduce, lisa y llanamente, en el abandono progresivo del preservativo. No es un problema de acceso. Tampoco de desconocimiento teórico. Es, ante todo, una relajación de las conductas de cuidado que atraviesa generaciones enteras. Porque esta relajación no distingue edades: la vemos en adolescentes y jóvenes, pero también en personas adultas, incluso durante el climaterio, cuando desaparece el temor al embarazo y con él, inexplicablemente, también el cuidado frente a las infecciones. Y lo más inquietante de todo es que este riesgo real, cotidiano, casi nunca encuentra un lugar en lo que circula sobre sexualidad en las redes sociales.
Los números, ahí sí, no dejan lugar a dudas. Según el último Boletín Epidemiológico Nacional, en 2025 se notificaron en Argentina más de 46.000 casos de sífilis: un 75% más que en 2022. A escala global, la Organización Mundial de la Salud calcula que más de un millón de personas de entre 15 y 49 años contraen a diario una infección de transmisión sexual curable. Y sin embargo, frente a semejante magnitud, el uso sistemático del preservativo en el país apenas alcanza al 14% de la población sexualmente activa, a pesar de ser el único método capaz de prevenir, al mismo tiempo, un embarazo no planificado y una infección.
¿Por qué, entonces, un problema tan extendido genera tan poco ruido digital? La respuesta hay que buscarla en la lógica misma de la viralización. Las redes no reflejan lo que ocurre con mayor frecuencia, sino lo que provoca reacción. Es noticia el accidente aéreo, nunca los millones de vuelos que aterrizan sin sobresaltos cada día. Así también, el contenido viral sobre anticoncepción se concentra en los efectos adversos de las pastillas, en el dolor de colocarse un DIU, en los síntomas de una terapia hormonal. La prevención de infecciones, en cambio, silenciosa y sin espectáculo, casi no encuentra espacio.
Esa misma lógica ayuda a explicar una brecha que detectamos en una investigación reciente de la Asociación Médica Argentina de Anticoncepción (AMAdA), que continúa la línea del estudio Lucía (CEDES, 2024) sobre uso y preferencias de métodos anticonceptivos en mujeres de 15 a 49 años. Encuestamos a 314 profesionales de la salud y a 2.055 mujeres de todo el país. Queríamos entender, simplemente, de dónde obtienen hoy su información sobre salud reproductiva.
Según el último Boletín Epidemiológico, en 2025 se notificaron más de 46.000 casos de sífilis: un 75% más que en 2022. A escala global, la OMS calcula que más de un millón de personas de entre 15 y 49 años contraen a diario una infección de transmisión sexual curable.
El 71,7% de los profesionales cree que sus pacientes buscan información sobre anticoncepción en redes sociales de manera frecuente o muy frecuente, sobre todo entre adolescentes y adultas jóvenes, y señalan a Instagram (79,9%) y TikTok (72%) como las plataformas más consultadas. Pero al preguntarles directamente a las mujeres, la cifra cae a la mitad: apenas el 33% confirmó haber usado alguna red social con ese fin. Y a la hora de decidir, el contraste se vuelve contundente: el 96,8% eligió como fuente preferida la consulta con un profesional de la salud, y el 91% calificó esa información como buena o muy buena, frente a un magro 55% cuando provenía de plataformas digitales.
Ahí está la razón, creo. Las plataformas digitales son, sin dudas, una de las principales puertas de entrada a la conversación sobre sexualidad. Pero no reemplazan, ni deberían,el rol del profesional de la salud a la hora de asesorar sobre prevención de infecciones y sobre el método anticonceptivo más adecuado para cada persona.
El desafío no es pelear contra el algoritmo sino ocupar el lugar que, por diseño, él no puede cubrir. El preservativo, bien usado, sigue siendo la única herramienta capaz de prevenir a la vez un embarazo no planificado y una infección. Y es, paradójicamente, lo menos viral de toda la conversación sobre salud sexual. Por eso insistimos, una y otra vez, en que la divulgación científica, las campañas de concientización y el acceso equitativo a los métodos no son un capricho institucional. Son, apenas, la manera de traer de vuelta al centro de la escena aquello que el algoritmo decidió que no valía la pena mostrar.
















