La inflación es entendida en todo el mundo como un fenómeno monetario. Pero la Argentina, ya sabemos, se empeña en desairar a la academia. Hay precios que parecen tener una dinámica propia, ya que se mueven por factores los hacen más resistentes a la baja. Son inercias que hasta tienen distinta intensidad y que muchas veces impiden ver las tendencias con más nitidez.
El Gobierno tiene una fe ciega en la teoría. Por eso persiste y se aferra a los fundamentales que traducen una macroeconomía ordenada. Quiere dar las señales correctas a los inversores y por eso defiende el superávit fiscal a capa y espada.

Tampoco está dispuesto a relajar la oferta de pesos si no encuentra una demanda legítima. Mira el sendero de la inflación y se repite que en algún mes del año lograrán perforar el piso de 1%. El Presidente volvió a hablar de agosto, y Luis Caputo, más contemplativo, no tiene problema en apostar por septiembre u octubre.
Sus proyecciones tienen un dato a favor: en ningún país serio que haya conseguido bajar la inflación a niveles de un dígito, el proceso no se completó rápido. En todos los casos demandó prudencia y paciencia.
En esta ocasión, el Ejecutivo cuenta con un dato que, internamente, juega como viento de cola en el partido de las expectativas: la caída del dólar. Siempre que el tipo de cambio subió, los precios tomaron nota. Pero hoy, con la tendencia contraria, el efecto inverso no sucede.
Los analistas no se ponen de acuerdo en los diagnósticos. Hablamos de inercia, de dudas en la política monetaria. También de la corrección de precios relativos, que son aquellos que el propio gobierno ajustó para defender su equilibrio fiscal. Y está claro que el shock externo que crea una guerra empieza a tener incidencia por el impacto en los precios de la energía.
Con todo, nadie se anima a proyectar números muy firmes. Y acá se suma, como dilema, el de las propias empresas formadoras de precios. Con el dólar bajo, los impuestos altos y la competencia externa pisando fuerte, sus ventas están planas y la rentabilidad también. Por eso algunos sectores se juegan a tocar un poco sus precios, con la esperanza de que les permitan compensar la caída en volumen y conseguir que sus márgenes no desaparezcan.
El número más sensible de todos los que reflejó el IPC de febrero, fue el 3,1% que anotó la inflación núcleo, bastante mayor al 2,6% de enero. Sin contar las tarifas y la volatilidad de los estacionales, hubo reacomodamientos difíciles de interpretar en un mercado que tiene el consumo sin reactivar.
Caputo no quiere arriesgar dejando pesos sueltos en la plaza, aunque necesita que la tasa afloje para que reaparezca el crédito y baje la mora. No hay otro combustible a la vista. El problema es que definir la estrategia semana a semana no facilita la vida a los que tienen que imaginarse un horizonte. Las expectativas no se construyen solo con reservas y superávit fiscal.
¡Queremos conocerte!
Registrate sin cargo en El Cronista para una experiencia a tu medida.

















