

Por Walter E. Block
El presidente argentino Javier Milei ha sido objeto de numerosas críticas. Que si su ideal de capitalismo laissez-faire es demasiado desalmado; que si no apoya lo suficiente a los pobres. Se dice que no ha hecho lo suficiente para llevar a su país hacia la libre empresa, o bien, que ha hecho demasiado en ese sentido. Cada una de estas críticas tiene, al menos, alguna conexión con lo que podría llamarse realidad. No es este el caso con la que nos ocupa ahora.
¡El último ataque contra Javier Milei es que es un político inepto! Esto es como decir que el Monte Everest es un pequeño montículo de tierra; que Usain Bolt es una tortuga (realmente deberían darle una multa por exceso de velocidad a este poseedor del récord de sprint), que Pavarotti era un desafinado; que Muhammad Ali pegaba como una niña; que Albert Einstein era un tonto; que Wilt Chamberlain era un mal jugador de baloncesto (rara vez anotaba más de cien puntos); Que Lionel Messi es un “pecho frío” que no sabe qué hacer con la pelota (al pobre apenas le alcanza para ganar ocho Balones de Oro y una Copa del Mundo); que el león es menos agresivo que el conejo.
Javier Milei es el presidente de Argentina, un país importante. Nadie alcanza tal estatus, al menos no en un entorno democrático, si no tiene la cintura política para salir de cualquier aprieto.
Todos los niños en Estados Unidos crecen con la idea de que, algún día, ellos también podrán llegar a ser presidentes de su país. Sin duda, algo similar ocurre en Argentina y en todos los demás países del universo conocido.
Pero, ¿cuántos jóvenes logran realmente este objetivo? Decir “no muchos” sería una exageración de clase mundial. Más bien, “muchos son los llamados y pocos los elegidos”. Llegar siquiera al nivel de una intendencia es ya un logro extraordinario. (Si no, pregúntenle a Zohran Mamdani, el nuevo alcalde de Nueva York). Convertirse en gobernador, o en miembro del congreso o del senado, está más allá de los sueños de muchos, incluyendo a no pocos de los que han llegado a esos niveles políticos tan exaltados. Algunos todavía no caen en la cuenta.
Pero convertirse realmente en el líder máximo de todo un país es algo superlativo. Requiere de una enorme dosis de carisma, una inteligencia nada desdeñable, habilidad para estrechar manos y para conocer los anhelos de una parte significativa del electorado; en definitiva, estar al corriente de por dónde viene la mano en la política. O, por lo menos, poseer alguna otra característica extraordinaria que los presidentes y primeros ministros tienen en abundancia. Por lo tanto, cuando una persona alcanza la magistratura más alta de la nación, nadie debería dudar de su olfato político.
Ciertos analistas de la prensa internacional hacen precisamente eso. Según un reciente artículo publicado en Estados Unidos, “la reforma de Argentina de Milei tiene otro problema: él no es bueno para la política”.
¿¡Pero qué es lo que dicen!? ¿En qué realidad paralela viven estos comentaristas? ¿Cuántas personas en todo el planeta han sido elegidas para ocupar el cargo más alto de su país en toda la historia de la humanidad?
Según una inteligencia artificial, hay “un rango de entre 1.500 y 3.000 individuos que han sido elegidos para el cargo máximo de su país a lo largo de la historia”. El Sr. Milei es uno de esos pocos miles. Además, “las estimaciones actuales sugieren que aproximadamente 117.000 millones de personas han vivido en la Tierra, aunque las cifras varían entre 100.000 y 150.000 millones según los supuestos sobre cuándo surgieron los humanos modernos y el tamaño de las poblaciones históricas”. ¿Cuánto es, veamos, 2.000 dividido por 117.000 millones? Saque la cuenta usted mismo. Javier forma parte de un porcentaje extremadamente pequeño de toda la humanidad.
Esta afirmación de los críticos es, por tanto, un despropósito sin pies ni cabeza.
Sin embargo, sin inmutarse, ellos continúan: el presidente libertario de Argentina “ha estabilizado la economía, pero ha perdido aliados políticos, se ha topado con escándalos y está postulando a candidatos sin experiencia”.
Javier Milei no es, de ninguna manera, el primer presidente que se “topa con escándalos”. A diferencia de algunos de sus colegas presidenciales y primeros ministros, él todavía permanece en su cargo. Pregúntenle a Richard Nixon sobre eso. Ni siquiera ha pasado por un juicio político fallido; consulten ese tema con Donald Trump. Tampoco ha sido acusado personalmente por sus más acérrimos enemigos de nada indecoroso; Benjamin Netanyahu puede dar fe de lo que es esa acusación. Más bien, estos escándalos —creados en su mayoría de la nada por una prensa muy poco empática— simplemente conciernen a personas de su entorno, y ninguno de ellos ha sido aún demostrado de manera concluyente.

¿Y qué hay de los “candidatos sin experiencia”? Pues claro. “Escoba nueva barre bien”, como dice el viejo refrán. Milei está intentando limpiar unos gigantescos establos de Augías socialistas, construidos e inspirados por el peronismo. ¿Cómo podría hacer algo así? ¿Acaso con los políticos “experimentados”, muchos de los cuales son responsables del desastre económico que heredó en 2023? Por supuesto que no. Ciertamente necesitaba personas con memoria histórica, pero también requería un poco de sangre nueva. Sin embargo, los recién llegados son, por definición, personas “sin experiencia”. Bajo la tutela de este político supuestamente “inepto”, los miembros de su gabinete —tanto los antiguos como los nuevos— ya han ayudado a Milei a gestar el tipo de economía que Adam Smith imaginó en 1776: una economía libre y próspera. Nuestros autores están particularmente indignados por el hecho de que una de ellas es “una exmodelo de Playboy”. ¿Desde cuándo la gran belleza es una barrera insuperable para la competencia?

Nuestros detractores, no obstante, escribieron en vísperas de la votación: “El problema del presidente argentino Javier Milei de cara a las elecciones legislativas de este domingo no es solo el dolor causado por su radical experimento de libre mercado. Es que, a pesar de toda la fuerza de su personalidad, no ha logrado dominar el arte de la política”.
Bueno, tengo que admitir que en una cosa han acertado. Este gran líder no es ningún nene de pecho. Realmente tiene una personalidad fuerte. ¡Oh, qué horror! Qué inesperado resulta que el presidente de una nación importante posea semejante característica.
Pero, ¿a qué viene todo eso del “dolor”? Estos periodistas acaban de elogiar al presidente Milei por haber “estabilizado la economía”. ¿De dónde emana, entonces, todo ese “dolor”? Estabilizar es similar a enderezar el rumbo del barco; eso es bueno, no malo. Estos escritores se están contradiciendo flagrantemente. Bajo su gestión, el hombre de la motosierra aún no ha eliminado por completo toda la inflación, pero ciertamente la ha talado hasta el suelo. Ha librado a todo el país de esa monstruosidad económica que es el control de alquileres, fomentando así la construcción de más viviendas. Esto, a su vez —y para sorpresa de los terraplanistas económicos— ha bajado los precios de los alquileres y ha hecho que la vivienda en general sea más accesible.
Está bien, está bien, nobleza obliga. Ahora debemos elogiar a estos autores. Cuando aciertan en algo, aciertan. Milei, en efecto, ha causado cierto “dolor” en la sociedad argentina. Ha despedido a numerosos burócratas, quienes ahora deben buscar otro empleo. Esto es, ciertamente, “doloroso” ... para ellos.
Sin embargo, no se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos. Estos empleados del Estado a menudo estaban simplemente calentando la silla, sin hacer absolutamente nada. Como dicen los argentinos, eran “ñoquis.” El sufrido contribuyente argentino les pagaba precisamente para eso; de modo que el “dolor” de verse privados de sus vacaciones pagadas se vio compensado por el beneficio para el argentino promedio, que era quien estaba obligado a costearlas.
Peor aún, con demasiada frecuencia estos administradores públicos dificultaron que el ciudadano de a pie se ganara la vida honestamente debido a sus regulaciones asfixiantes. De ese modo, se perdía riqueza. Al haber sido devueltos al llano, estos exburócratas pueden finalmente beneficiar a todos, incluyéndose a sí mismos. Por primera vez en sus carreras, pueden convertirse en una influencia positiva, y no negativa, para el bienestar económico y social.
Consideremos ahora esta afirmación hecha por la prensa internacional justo antes de las elecciones: “Milei se ha enemistado con tantos aliados importantes que, aunque se prevé que su partido, La Libertad Avanza, duplique su cuota de escaños en el Congreso, es posible que no logre una coalición lo suficientemente grande como para gobernar, proteger su veto o evitar un juicio político”.
Sí, analizar el partido con el diario del lunes es más fácil que predecirlo. Sin embargo, estos autores vaticinaron que las entonces futuras elecciones legislativas serían una catástrofe para Milei. En la práctica, ocurrió exactamente lo contrario. Los resultados de la votación para su partido libertario difícilmente podrían haber sido mejores ni aunque él mismo los hubiera guionado. Necesitaban 87 diputados, y lograron 96. ¡Eso sí que es un espaldarazo! Esto es verdadera justicia para un hombre que ha mejorado tanto la situación argentina en tan poco tiempo.

Pero, aun así, parte de esa afirmación se refiere al pasado, y también tengo el derecho a criticar sus puntos de vista. Esos supuestos “aliados” a los que Milei ha alienado merecían, con toda razón, precisamente eso: ser alienados. Ellos han constantemente obstruido su plan para liberar la economía y promover la justicia. Con “aliados” de esta calaña, el presidente difícilmente necesita enemigos.
¿Es Milei perfecto? No. ¿Camina sobre el agua? No. Se pone los pantalones una pierna a la vez, igual que todos nosotros. Es un ser humano imperfecto. Seguramente a veces se equivoca. Pero difícilmente merece la condena despiadada, mordaz, vitriólica y cáustica a la que ha sido sometido con demasiada frecuencia.

















