Luis “Toto” Caputo, el rockstar del Gabinete, accedía a selfies, desde el lobby hasta la puerta del Sheraton. Minutos antes, había dicho que le “toca defender los intereses de 48 millones de argentinos, no de algunos empresarios en particular”. Frase celebrada con aplausos entusiastas en el Salón Libertador, donde las juveniles sonrisas de la militancia libertaria de hoy convivía con referentes históricos del liberalismo argentino.
Desde el proclamado “Prócer máximo de la Libertad”, Alberto Benegas Lynch (h), a notorios luchadores de esa causa, como los ex banqueros Jorge E. Bustamante y Alex Reynal, el economista Miguel Ángel Broda, Oscar Vignart (ex presidente de Dow y de AmCham) y Eduarto Marty, fundador de Junior Achievement Argentina. U Horacio Tomás Liendo, ladero histórico y fiel de Domingo Cavallo y autor intelectual de la Ley de Convertibilidad.
Los anfitriones, Aldo Abram y Agustín Etchebarne, departían con sus speakers invitados. Decenas de estudiantes se mezclaban con dirigentes de La Libertad Avanza. Se veía a los diputados Alejandro Fargosi y Santiago Santurio, y a Emilio Ocampo, quien expuso sobre su idea de la dolarización.
Había académicos. También, gente del mundo empresario: Adelmo Gabbi, histórico presidente de la Bolsa porteña; Diego Rivas, CEO del Banco Galicia; y abogados de la city, como Santiago Carregal, Gabriel Matarasso (Marval), Carlos Lombardi (Bruchou & Funes de Rioja) y Diego Serrano Redonnet (Pagbam). Emilio Apud, ex secretario de Energía y asesor académico de la Fundación Libertad y Progreso, solícito para charlar con los influencers que, celular en mano, registraban la cumbre.
“Acá, estamos todos contentos”, reconocía uno de los asistentes a Vientos de Cambio, el evento organizado por la Fundación Libertad y Progreso, la Reason Foundation y el Archbridge Institute, de Washington. Si hay una feligresía devota, creyente con fervor en el milagro argentino, estaba ahí. La que cita La Petición de los Fabricantes de Velas, de Bastiat, para justificar la reconversión económica de la Argentina y sus inevitables pero necesarios costos. Como escribió Aldous Huxley: Un mundo feliz.
Fue un 2 de septiembre. Justo el 2 de septiembre, como muchas de las incontables cantidad de cosas que, día a día, hacen que la Argentina parezca un país guionado. Mientras el Presidente y el Ministro de Economía participaban de la celebración liberal, a 35 kilómetros de distancia, los industriales conmemoraban su día. Porque no están para festejos.
“Estamos manejados por un trader que no sabe lo que es un torno”, disparó Guillermo Moretti, vicepresidente de la UIA. Sobre el estrado, el titular de la entidad, Martín Rappallini, exigió “respeto; dejar atrás las descalificaciones y agresiones hacia quienes producen: La industria le está poniendo el hombro a la estabilización”.
“La foto sigue siendo mala. Pero la película es la mejor de la historia”, repitió ayer Javier Milei, en el “Closing Keynote” con el que finalizó el evento del Sheraton. Los industriales temen que la suya sea una que está ahora en cartelera: La guerra de los últimos. Por lo pronto, la sociedad argentina, ayer, pudo ver otra remake de un auténtico clásico: La guerra de los mundos.
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